martes, 28 de diciembre de 2010

Lo inusitado de la imagen


Cortés Rocca, Paola y López, Mabel, “Lo inusitado de la imagen”, Fotografía, Buenos Aires, Ars, 1995.

El siguiente texto ha sido extractado de: Roland Barthes. La cámara lúcida. Notras sobre la fotografía. Barcelona, Paidós, 1994.


Koen Wessing, "El ejército patrullando por las calles", Nicaragua, 1979.

Decidí tomar como guía de mi análisis la atracción que sentía hacia ciertas fotos. Me parecía que la palabra más adecuada para designar (provisionalmente) la atracción que determinadas fotos ejercen sobre mí era aventura. El principio de aventura me permite hacer existir la Fotografía. Inversamente, sin aventura, no hay foto. 

Hojeaba una revista ilustrada. Una foto me detuvo. Nada de extraordinario: la trivialidad (fotográfica) de una insurrección en Nicaragua: una calle en ruinas, dos soldados con casco patrullan; en segundo plano pasan dos monjas. Comprendí rápidamente que su existencia (su “aventura”) provenía de la copresencia de dos elementos discontinuos, heterogéneos por el hecho de no pertenecer al mismo mundo (ninguna necesidad de contrastarlos): los soldados y las monjas.

Mi regla era suficientemente plausible para intentar nombrar esos dos elementos cuya copresencia establecía, según parecía, la especie de interés particular que yo tenía por esas fotos. 

El primero, visiblemente, es una extensión, tiene la extensión de un campo, que yo percibo bastante familiarmente en función de mi saber, de mi cultura; este campo puede ser más o menos estilizado, más o menos conseguido, según el arte o la suerte del fotógrafo, pero remite siempre a una información clásica: la insurrección, Nicaragua, y todos los signos de una y otra. Millares de fotos están hechas con este campo, y por estas fotos puedo sentir desde luego una especie de interés general, emocionado a veces, pero cuya emoción es impulsada racionalmente por una cultura moral y política. Por medio del studium me intereso por muchas fotografías, ya sea porque las recibo como testimonios políticos, ya sea porque las saboreo como cuadros históricos buenos. 

Reconocer el studium supone dar fatalmente con las intenciones del fotógrafo, entrar en armonía con ellas, aprobarlas, desaprobarlas, pero siempre comprenderlas, discutirlas en mí mismo, pues la cultura (de ella depende el studium) es un contrato firmado entre creadores y consumidores. Ocurre un poco como si tuviese que leer en la Fotografía los mitos del Fotógrafo, fraternizando con ellos, pero sin llegar a creerlos del todo. Estos mitos tienden a reconciliar la fotografía con la sociedad, dotándola de funciones, que son para el Fotógrafo otras tantas coartadas: informar, representar, sorprender, hacer significar, dar ganas. 

El segundo elemento viene a dividir (o escandir) el studium. Esta vez no soy yo quien va a buscarlo, es él quien sale de la escena como una flecha y viene a punzarme. Este segundo elemento lo llamaré punctum: pinchazo, agujero, pequeña marca, pequeño corte y también casualidad. El punctum de una foto es ese azar que en ella me despunta (pero también me lastima, me punza).[1]

El studium, mientras no sea atravesado, fustigado, rayado por un detalle (punctum) que me atrae o me lastima, engendra un tipo muy difundido (el más difundido del mundo) que podríamos llamar fotografía unaria. La Fotografía unaria tiene todo lo que se requiere para ser trivial, siendo la “unidad” de la composición la primera regla de la retórica vulgar. Las fotos de reportaje son muy a menudo fotografías unarias. Nada de punctum en esas imágenes: son recibidas de una sola vez; eso es todo.



James Van der Zee, "Retrato de familia", 1926.

He aquí una familia negra norteamericana, fotografiada en 1926 por James Van der Zee.[2] El studium es claro: me intereso con simpatía, como buen sujeto cultural, por lo que dice la foto: expresa la respetabilidad, el familiarismo, el conformismo, el endomingamiento, un esfuerzo de promoción social para engalanarse con los atributos del blanco (esfuerzo conmovedor de tan ingenuo). Cuando se define la foto como una imagen inmóvil, no se quiere solo decir que los personajes que aquella representa no se mueven; quiere decir que no se salen: están anestesiados y clavados, como mariposas. No obstante, desde el momento en que hay punctum, se crea (se intuye) un campo ciego: a causa de su collar redondo, la negra endomingada ha tenido para mí, una vida exterior a su retrato.

Robert Mapplethorpe: muchacho del brazo extendido

Otra foto unaria es la foto pornográfica. Es una foto siempre ingenua, sin intención y sin cálculo. Está enteramente constituida por la representación de una sola cosa, el sexo: jamás un objeto secundario, intempestivo, que aparezca tapando a medias, retrasando o distrayendo. La pornografía representa ordinariamente el sexo, hace de él un objeto móvil (un fetiche); a mi parecer, no hay punctum en la imagen pornográfica. La foto erótica, por el contrario (esta es su condición propia), no hace del sexo un ojeto central; puede perfectamente no mostrarlo; arrastra al espectador fuera de su marco, y es así como animo a la foto y ella me anima a mí. EL punctum es, entonces, una especia de sutil más-allá-del-campo. Este muchacho del brazo extendido y sonrisa radiante, aunque su belleza no sea en modo alguno académica y esté medio salido de la foto, deportado hacia el extremo, hacia un lado del marco, encarna una especia de erotismo alegre: la fotografía ha captado la mano del muchacho (del mismo Mapplethorpe, creo) en su grado óptimo de abertura, en su densidad de abandono: algunos milímetros de más o de menos y el cuerpo intuido no se hubiese ofrecido de forma tan condescendiente (el cuerpo pornográfico, compacto, no se muestra, no se da, no hay ninguna generosidad en él).

[1] Tal como piensa Lacan, es el corte (en su caso, el corte de la palabra del paciente, producido por la intervención del psicoanalista) lo que da significado a la totalidad (Mazorca = más horca, etc.). En este caso, un elemento, el punctum es aquella zona de la imagen que fractura, escande, ese todo homogéneo o codificado culturalmente, llamado studium, significando estéticamente la imagen. Ese elemento depende del azar, no porque empíricamente la casualidad se haya impuesto al fotógrafo —ya que este elemento de corte puede haber sido preparado para la toma— sino porque el espectador lo recibe como casual. Y en este sentido, sí se relaciona con el “buen ojo fotográfico”. Obviamente, el punctum no puede determinarse exactamente —no es un elemento aislable a la manera de un componente de una sustancia química— sino que se relaciona, en cierta medida, con la competencia fotográfica del receptor: cuantas más imágenes hayamos visto, mejor determinaremos lo “trivial” o lo “estereotipado” en una foto y lo podremos contrastar con el punctum. 

[2] James Van der Zee fue un fotógrafo de comienzo de siglo que retrató la vida de la raza negra combinando una fuerte crítica social con un interesante talento óptico.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Vasily Kandinsky

 
 

Watercolor (1913)

“Vasily Kandinsky nació en Moscú en 1866 y con 29 años se trasladó a Múnich donde vivió los siguientes 18 años. De 1901 a 1903 enseñó en la escuela de arte del grupo Phalanx, del que había sido cofundador, y fue allí donde realizó sus primeras xilografías. En 1911 Kandinsky publicó De lo espiritual en el arte (Über das Geistige in der Kunst) que daba a entender que se podía comunicar una existencia más moral a través del arte y, más concretamente, a través del lenguaje de la abstracción. El mismo año de la publicación de ese libro Kandinsky y el artista Franz Marc concibieron Der Blaue Reiter Almanac (Almanaque el jinete azul), una revista revolucionaria que pretendía ser una síntesis de las artes con el objetivo de revitalizar la sociedad. En tanto que emblema elegido por el grupo para representar la esperanza en la transformación dinámica, la figura del caballo -con o sin jinete-aparece en muchas de las obras de este grupo. Es el tema central de la pintura de Marc Establos (Stallungen) de 1913 y también aparece sutilmente sugerido un caballo en el cuadro de Kandinsky Pintura con borde blanco (Bild mit weissem Rand) de 1913. A finales de 1911 se celebró una exposición del grupo Blaue Reiter (El jinete azul).

Kandinsky se estableció en Rusia de 1914 a 1921 y durante ese período mantuvo estrechos vínculos con los líderes artísticos de la vanguardia rusa, incluidos El Lissitzky, Kazimir Malevich y Alexander Rodchenko. Aceptó un cargo en el Comisariado del Pueblo para la Educación y fundó el Instituto de Cultura Artística (INKhUK). Como parte del programa del instituto, Kandinsky propugnaba un enfoque objetivo y analítico para los estudios de arte. En 1922 empezó a enseñar en la sede alemana de la Bauhaus en Weimar, una escuela fundada en 1919 que preconizaba teorías utópicas sobre arte y arquitectura. Al inicio de la década de 1920 Kandinsky empezó a distanciarse cada vez más de la representación e inclinándose hacia la abstracción pura, incorporando formas estrictamente geométricas como las que se pueden ver en Composición 8 (Composition 8) de 1923. Josef Albers, Paul Klee y László Moholy-Nagy formaban parte también del profesorado de la Bauhaus y aplicaban una rígida geometría similar en sus respectivas obras. Kandinsky se tasladó junto con la Bauhaus a Dessau en 1925 y se nacionalizó alemán en 1928. Las autoridades nazis clausuraron la Bauhaus en 1933 y algo más tarde ese mismo año Kandinsky se afincó en Neuilly-sur-Seine, cerca de París.

Kandinsky pensó que encontraría un mercado para sus pinturas en París, que consideraba la capital artística. Sin embargo, su obra no fue suficientemente comprendida ni aclamada por el público parisino. A pesar de ello, logró relacionarse con dos grupos distintos durante el último período de su carrera. Sin duda la geometría amorfa de los surrealistas, ejemplificada por la pintura de Jean Arp Constelación con cinco formas blancas y dos negras, variación III (Constellation aux cinq formes blanches et deux noires, variation III) de 1932, influyó en las composiciones orgánicas de Kandinsky de ese período. También le atraía el grupo Abstracción-Creación que abogaba por una estética no figurativa que demuestran las obras de Piet Mondrian y Georges Vantongerloo, pero la insistencia del grupo en la pureza del arte y el divorcio de la naturaleza no casaban bien con la filosofía de Kandinsky. El artista murió en este vibrante contexto artístico en Neuilly-sur-Seine en 1944”.

Tomado de Guggenheim Bilbao

viernes, 17 de diciembre de 2010

Mijaíl Bajtín, "Arte y responsabilidad".



Bajtín, Mijaíl, “Arte y responsabilidad”, Estética de la creación verbal, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008. Traducción a cargo de Tatiana Bubnova.

Un todo es mecánico si sus elementos están unidos solamente en el espacio y en el tiempo mediante una relación externa y no están impregnados de la unidad interior del sentido. Las partes de un todo semejante, aunque estén juntas y se toquen, en sí son ajenas una a otra.

Tres áreas de la cultura humana -la ciencia, el arte, la vida- cobran unidad sólo en una personalidad que las hace participar en su unidad. Pero su vínculo puede llegar a ser mecánico y externo. Es más, casi siempre sucede así. El artista y el hombre se unen de una manera ingenua, con frecuencia mecánica, en una sola personalidad; el hombre provisionalmente se retira de la "turbación de la vida" hacia la creación, al mundo de "la inspiración, dulces sonidos y oraciones".* ¿Qué es lo que resulta? El arte es demasiado atrevido y autosuficiente, demasiado patético, porque no tiene que responsabilizarse por la vida, la cual, por supuesto, no puede seguir a un arte semejante. "Y cómo podríamos seguirlo -dice la vida-; para eso es el arte, y nosotros nos atenemos a la prosa de la existencia."

Cuando el hombre se encuentra en el arte, no está en la vida, y al revés. Entre ambos no hay unidad y penetración mutua de lo interior en la unidad de la personalidad.

¿Qué es lo que garantiza un nexo interno entre los elementos de una personalidad? Solamente la unidad responsable. Yo debo responder con mi vida por aquello que he vivido y comprendido en el arte, para que todo lo vivido y comprendido no permaneza sin acción en la vida. Pero con la responsabilidad se relaciona la culpa. La vida y el arte no sólo deben cargar con una responsabilidad recíproca, sino también con la culpa. Un poeta debe recordar que su poesía es la culpable de la trivialidad de la vida, y el hombre en la vida ha de saber que su falta de exigencia y de seriedad en sus problemas existenciales son culpables de la esterilidad del arte. La personalidad debe ser plenamente responsable: todos sus momentos no sólo tienen que acomodarse juntos en la serie temporal de su vida, sino que también deben compenetrarse mutuamente en la unidad de culpa y responsabilidad.

Y es inútil justificar la irresponsabilidad por la "inspiración." La inspiración que menosprecia la vida y es igualmente subestimada por la vida, no es inspiración sino obsesión. Un sentido correcto y no usurpador de todas las cuestiones viejas acerca de la correlación entre el arte y la vida, acerca del arte puro, etc., su pathos verdadero, consiste solamente en el hecho de que tanto el arte como la vida quieren facilitar su tarea, deshacerse de la responsabilidad, porque es más fácil crear sin responsabilizarse por la vida y porque es más fácil vivir sin tomar en cuenta el arte. 

El arte y la vida no son lo mismo, pero deben convertirse en mí en algo unitario, dentro de la unidad de mi responsabilidad.

* Pushkin (T.)


Nota aclaratoria:

Ésta es la primera aparición conocida de M. Bajtín en la prensa. Por primera vez se publicó en la antología de Día del arte (Nevel, 1919, 13 de septiembre, pp. 3 y 4). El autor vivió y trabajó en Nevel en 1918-1920, después de graduarse en la Universidad de San Peterburgo. El artículo se reimprimió en Voprosy literatury (Nº 6, 1977, pp. 307 y 308, edición de Iu Galperin).

sábado, 4 de diciembre de 2010

Dos poemas de Olga Orozco

 


Los reflejos infieles

Me moldeó muchas caras esta sumisa piel,
adherida en secreto a la palpitación de lo invisible
lo mismo que una gasa que de pronto revela figuras
emboscadas en la vaga sustancia de los sueños.
Caras como resúmenes de nubes para expresar la intraducible travesía;
mapas insuficientes y confusos donde se hunden los cielos y emergen los abismos.
Unas fueron tan leves que se desgarraron entre los dientes de una sola noche.
Otras se abrieron paso a través de la escarcha, como proas de fuego.
Algunas perduraron talladas por el heroico amor en la memoria del espejo;
algunas se disolvieron entre rotos cristales con las primeras nieves.
Mis caras sucesivas en los escaparates veloces de una historia sin paz y sin costumbres:
un muestrario de nieblas, de terror, de intemperies.
Mis caras más inmóviles surgiendo entre las aguas de un ágata
                                                     sin fondo que presagia la muerte,
solamente la muerte, apenas el reverso de una sombra estampada en el hueco de la separación.
Ningún signo especial en estas caras que tapizan la ausencia.
Pero a través de todas, como la mancha de ácido que traspasa
                                                             en el álbum los ambiguos retratos,
se inscribió la señal de una misma condena:
mi vana tentativa por reflejar la cara que se sustrae y que me excede.
El obstinado error frente al modelo.



El obstáculo

Es angosta la puerta
y acaso la custodien negros perros hambrientos y
       guardias como perros,
por más que no se vea sino el espacio alado,
tal vez la muestra en blanco de una vertiginosa dentellada.
Es estrecha e incierta y me corta el camino que promete
       con cada bienvenida,
con cada centelleo de la anunciación.
No consigo pasar.
Dejaremos para otra vez las grandes migraciones,
el profuso equipaje del insomnio, mi denodada escolta
       de luz en las tinieblas.
Es difícil nacer al otro lado con toda la marejada
       en su favor.
Tampoco logro entrar aunque reduzca mi séquito al silencio,
a unos pocos misterios, a un memorial de amor, a mis
       peores estrellas.
No cabe ni mi sombra entre cada embestida y la pared.
Inútil insistir mientras lleve conmigo mi envoltorio de
       posesiones transparentes,
este insoluble miedo, aquel fulgor que fue un jardín
       debajo de la escarcha.
No hay lugar para un alma replegada, para un cuerpo encogido,
ni siquiera comrimiendo sus lazos hasta la más extrema ofuscación,
recortando las nubes al tamñao de aglún ínfimo sueño
       perdido en el desván.
No puedo trasponer esta abertura con lo poco que soy.
Son superfluas las manos y excesivos los pies para esta brecha esquiva.
Siempre sobra un costado como un brazo de mar o el eco
      que se prolonga porque sí,
cuando no estorba un borde igual que un ornamento
     sin brillo y sin sentido,
o sobresale, inquieta, la nostalgia de un ala.
No llegaré jamás al otro lado.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Jean-Paul Sartre

Sartre, Jean-Paul, La Náusea (1946), Buenos Aires, Losada, 1966.

Traducción de Aurora Bernárdez.

 

Lunes

“(...) No necesito hacer frases. Escribo para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura. Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras”.

Lunes

“(...) Dan las cuatro. Hace una hora que estoy aquí, en la silla, con los brazos colgando. Comienza a oscurecer. Fuera de esto nada ha cambiado en el cuarto: el papel blanco sigue en la mesa, al lado de la estilográfica y el tintero... Pero nunca más escribiré en la hoja empezada. Nunca más me dirigiré por la calle des Mutilés y el boulevar de la Redoute a la biblioteca para consultar los archivos.

Tengo ganas de dar un salto y salir, tengo ganas de hacer cualquier cosa para aturdirme. Pero bien sé lo que me sucederá si levanto un dedo, si no me estoy absolutamente tranquilo. No quiero que eso me suceda todavía. Siempre demasiado pronto. No me muevo; leo maquinalmente, en la hoja del block, el párrafo que dejé inconcluso:

‹‹Se difundieron de intento los más siniestros rumores. M. de Rollebon debió de caer en el lazo, pues escribió a su sobrino, con fecha trece de septiembre, que acababa de redactar su testamento››.

El gran asunto Rollebon ha terminado, como una gran pasión. Habrá que buscar otra cosa. Hace unos años, salí de un sueño, me desperté. Después soñé de nuevo: vivía en la corte de los zares, en viejos palacios tan fríos que en invierno se formaban estalactitas de hielo encima de las puertas. Hoy me despierto frente a un block de papel blanco. Los blandones, las fiestas glaciales, los uniformes, los bellos hombros temblorosos han desaparecido. En su lugar algo en el cuarto tibio, algo que no quiero ver.

M. de Rollebon era mi socio: él me necesitaba para ser, y yo lo necesitaba para no sentir mi ser. Yo proporcionaba la materia bruta, esa materia bruta que tenía para la reventa, con la cual no sabía qué hacer: la existencia, mi existencia. Su parte era representar. Permanecía frente a mí y se había apoderado de mi vida para representarme la suya, Yo ya no me daba cuenta de que existía, ya no existía en mí sino en él; por él comía, por él respiraba, cada uno de mis movimientos tenía sentido fuera, allí, justo frente a mí en él; ya no veía mi mano trazando las letras en el papel, ni siquiera la frase que había escrito; detrás, más allá del papel, veía al marqués que había reclamado este gesto, cuya existencia consolidaba este gesto. Yo era sólo un medio de hacerlo vivir, él era mi razón de ser, me había librado de mí. ¿Qué haré ahora?

Sobre todo no moverse, no moverse... ¡Ah!

No puedo contener ese encogimiento de hombros...

La cosa, que aguardaba, me ha dado la voz de alarma, me ha caído encima, se escurre en mí, estoy lleno de ella. La Cosa no es nada: la Cosa soy yo. La existencia liberada, desembaraada, refluye sobre mí. Existo.

Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y leve; como si se mantuviera solo en el aire. Se mueve. Por todas partes, roces que caen y se desvanecen. Muy suave, muy suave. Tengo la boca llena de agua espumosa. La trago, se desliza por mi garganta, me acaricia y renace en mi boca. Hay permanentemente en mi boca un charquito de agua blancuzca —discreta— que me roza la lengua. Y este charco también soy yo. Y la lengua. Y la garganta soy yo.

Veo mi mano que se extiende en la mesa. Vive, soy yo. Se abre, los dedos se despliegan y apuntan. Está apoyada en el dorso. Me muestra su vientre gordo. Parece un animal boca arriba. Los dedos son las patas. Me divierto haciéndolos mover muy rápidamente, como las patas de un cangrejo que ha caído de espaldas. El cangrejo está muerto, las patas se encogen, se doblan sobre el vientre de mi mano. Veo las uñas, la única cosa mía que no vive. Y de nuevo, mi mano se vuelve, se extiende boca abajo, me ofrece ahora el dorso. Un dorso plateado, un poco brillante, como un pez, si no fuera por los pelos rojos en el nacimiento de las falanges. Siento mi mano. Yo soy esos dos animales que se agitan en el extremo de mis brazos. Mi mano rasca una de sus patas con la uña de otra pata; siento su peso sobre la mesa, que no es yo. Esa impresión de peso es larga, larga, no termina nunca. No hay razón para que termine. Al final es intolerable... Retiro la mano, la meto en el bolsillo. Pero siento enseguida, a través de la tela, el calor del muslo. De seguido hago saltar la mano del bolsillo; la dejo colgando contra el respaldo de la silla. Ahora siento su peso en el extremo de mi brazo. Tira un poco, apenas, muellemente, suavemente; existe. No insisto; dondequiera que la mera continuará existiendo y yo continuaré sintiendo que existe; no puedo suprimirla ni suprimir el resto de mi cuerpo, el calor húmedo que ensucia mi camisa, no toda esta grasa cálida que gira perezosamente como si la revolvieran con la cuchara, ni todas las sensaciones que se pasean aquí dentro, que van y vienen, suben desde mi costado hasta la axila, o bien vegetan dulcemente, de la mañana a la noche, en su rincón habitual.

Me levanto sobresaltado; si por lo menos pudiera dejar de pensar, ya sería mejor. Los pensamientos son lo más insulso que hay. Más insulso aún que la carne. Son una cosa que ese estira interminablemente, y dejan un gusto raro. Y además, dentro de los pensamientos están las palabras, las palabras inconclusas, las frases esbozadas que retornan sin interrupción: ‹‹Tengo que termi... yo ex... Muerto... M. de Roll ha muerto... No soy... Yo ex... ›› Sigue, sigue, y no termina nunca. Es peor que lo otro, porque me siento responsable y cómplice. Por ejemplo, yo alimento esta especie de rumia dolorosa: existo. Yo. El cuerpo, una vez que empezado, vive solo. Pero soy yo quien continúa, quien desenvuelve el pensamiento. Existo. Pienso que existo. ¡Oh, qué larga serpentina es esa sensación de existir! Y la desenvuelvo muy despacito... ¡Si pudiera dejar de pensar! Intento, lo consigo: me parece que la cabeza se me llena de humo... y vuelve a empezar: ‹‹Humo... no pensar... No quiero pensar. No tengo que pensar que no quiero pensar. Porque es un pensamiento››. ¿Entonces no se acabará nunca?

Yo soy mi pensamiento, por eso no puedo detenerme. Existo porque pienso... y no puedo dejar de pensar. En este mismo momento —es atroz— si existo es porque me horroriza existir. Yo, yo me saco de la nada a la que aspiro; el odio, el asco de existir son otras tantas maneras de hacerme existir, de hundirme en la existencia. Los pensamientos nacen a mis espaldas, como vértigo, los siento nacer detrás de mi cabeza..., si cedo se situarán aquí delante, entre mis ojos, y sigo cediendo, y el pensamiento crece, crece, y ahora, inmenso, me llena por entero y renueva mi existencia.

Mi saliva está azucarada, mi cuerpo tibio; me siento insulso. Mi cortaplumas está sobre la mesa. Lo abro. ¿Por qué no? De todos modos, así introduciría algún cambio. Apoyo la mano izquierda en el anotador y me asesto un buen navajazo en la palma. El movimiento fue demasiado nervioso; la hoja se ha deslizado, la herida es superficial. Sangra. ¿Y qué? ¿Qué es lo que ha cambiado? Sin embargo, miro con satisfacción en la hoja blanca, a través de las líneas que tracé hace un rato, ese charquito de sangre que por fin ha cesado de ser yo. Cuatro líneas en una hoja blanca, una mancha de sangre: es un hermoso recuerdo. Tendré que escribir encima: ‹‹Ese día renuncié a escribir un libro sobre el marqués de Rollebon››.

¿Me curaré la mano? Vacilo. Miro el ligero fluir monótono de la sangre. Justamente ahora se coagula. Se acabó. Mi piel parece enmohecida alrededor del tajo. Debao de la piel sólo queda una pequeña sensación semejante a las otras, quizá más insulsa todavía.

Dan las cinco y media. Me levanto, la camisa fría se me pega a la carne. Salgo. ¿Por qué? Bueno, porque tampoco tengo razones para no hacerlo. Aunque me quede, aunque me acurruque en silencio en un rincón, no me olvidaré. Estaré allí, pasaré sobre el piso. Soy.

Compro un diario al pasar. Sensacional. ¡Fue hallado el cuerpo de la pequeña Lucienne! Olor a tinta, el papel se aja entre mis dedos. El innoble individuo ha huido. La niña fue violada. Hallaron su cuero, sus dedos crispados en el barro. Estrujo el papel con mis dedos crispados; olor a tinta. Dios mío, con qué fuerza existen hoy las cosas. La pequeña Lucienne fue violada. Estrangulada. Su cuerpo, su carne magullada, existen aún. Ella ya no existe. Sus manos. Ella ya no existe. Las casas. Camino entre las casas, estoy entre las casas, muy derecho en el pavimento; el pavimento existe bajo mis pies, las cosas vuelven a cerrarse sobre mí, como el agua se cierra sobre mí, sobre el papel arrugado, soy. Soy, existo, pienso, luego soy; soy porque pienso, ¿por qué pienso? No quiero pensar más, soy porque pienso que no quiero ser, pienso que... porque... ¡puf! Huyo, el innoble individuo ha huido, su cuerpo violado. Ella sintió esa otra carne que se deslizaba en la suya. Yo..., ahora yo. Violada. Un dulce deseo sangriento de violación me atrapa por detrás, dulcemente, por detrás de las orejas, las orejas corren tras de mí, el pelo rojo, el pelo es rojo en mi cabeza, hierba mojada, hierba rojiza, ¿también soy yo? ¿Y el diario también soy yo? Sujetar el diario, existencia junto a existencia, las cosas existen unas junto a otras, suelto el diario. La casa surge, existe frente aí; camino a lo largo de la pared; existo a lo largo de la pared, existo frente a la pared, un paso, el muro existe frente a mí, uno, dos, detrás de mí, el muro está detrás de mí, un dedo que rasca en mi calzoncillo, rasca, rasca y saca el dedo de la niña manchado de barro en mi dedo que salía del arroyo barroso y vuelve a caer despacito, despacito, se ablanda, rascaba con menos fuerzas; los dedos de la niña a la que estaban estrangulando, innoble individuo, rascaban con menos fuerza el barro, la tierra, el dedo se desliza despacito, primero cae la cabeza, caricia caliente contra mi muslo; la existencia es blanda y rueda y se zarandea, yo me zarandeo entre las casas, soy, existo, pienso, luego me zarandeo, soy, la existencia es una caída acabada, no caerá, caerá, el dedo rasca en un tragaluz, la existencia es una imperfección. El señor. El señor guapo existe. El señor siente que existe. No, el señor guapo que pasa, orgulloso y dulce como un volúbilis, no siente que existe. Expandirse; me duele la mano cortada, existe, existe, existe. El señor guapo existe. Legión de Honor existe, bigote, eso es todo; qué felicidad ser tan sólo la cinta de la Legión de Honor y un bigote, y el resto nadie lo ve, él ve los dos cuerpos puntiagudos de su bigote. No ve ni su cuerpo magro ni sus grandes pies; hurgando en el fondo del pantalón se descubriría un par de gomitas grises. Tienen la cinta de la Legión de Honor, los Cochinos tienen derecho a existir: ‹‹existo porque es mi derecho››: Yo tengo derecho a existir, luego tengo derecho a no pensar; el dedo se levanta. ¿Acaso voy...? ¿Acariciar entre las sábanas blancas desplegadas la carne desplegada que cae otra vez, dulce, tocar los trasudores florecidos de las axilas, los elixires y los licores y las fluorescencias de la carne, entrar en la existencia del otro, en las mucosas rojas, hasta el pesado, dulce olor de existencia, sentirme existir entre los dulces labios mojados, los labios rojos de sangre pálida, los labios palpitantes que bostezan todos mojados de existencia, todos mojados de un pus claro entre los labios mojados, azucarados, que lagrimeas como ojos? Mi cuerpo de carne que vive, la carne que bulle, da vueltas, vueltas, vueltas, el agua dulce y azucarada de mi carne, la sangre de mi mano, me duele mi carne magullada que da vueltas, camino, camino, huyo, soy un innoble individuo de carne magullada, magullada de existencia entre estas paredes. Tengo frío, doy un paso, tengo frío, un paso, doblo a la izquierda, doblo a la izquierda, él piensa que dobla a la izquierda, loco, ¿estoy loco? Dice que tiene miedo de estar loco, la existencia, ¿ves, pequeño, en la existencia?, se detiene, el cuerpo se detiene, piensa que se detiene, ¿de dónde viene? ¿Qué hace? Prosigue, tiene miedo, mucho miedo, innoble individuo, el deseo como bruma, el deseo, el asco, dice que está asqueado de existir, ¿está asqueado?, fatigado de estar asqueado de existir. Corre. ¿Qué espera? ¿Corre para escapar, para arrojarse en el dique? Corre, el corazón, el corazón que late es una fiesta, el corazón existe, las piernas existen, el aliento existe, existe corriendo, alentando, latiendo blanda, suavemente, él se sofoca, me sofoco, dice que se sofoca; la existencia toma mis pensamientos por detrás y dulcemente los abre por detrás; meatrapan por detrás, me obligan por detrás a pensar, luego a ser algo, detrás de mí alguien me alienta en ligeras burbujas de existencia, él es burbuja de bruma de deseo, está pálido en el espejo como un muerto, Rollebon está muerto, Antoine Roquetin no está muerto, desvanecerme: dice que quisiera desvanecerse, corre, corre al hurón (por detrás) por detrás, por detrás, la pequeña Lucienne asaltada por detrás, violada por la existencia por detrás, él pide gracias, le da vergüenza pedir gracia, piedad socorro, socorro, luego existo, entra en el Bar de la Marine, los pequeños espejos del pequeño burdel, está pálido en los pequeños espejos del pequeño burdel el alto pelirrojo blando que se deja caer en el asiento, el pick-up funciona, existe, todo gira, existe el pick-up, el corazón late; girad, girad licores de la vida, girad jaleas, jarabes de mi carne, dulzuras... el pick-u:

When the mellow moon begin to bean

Every night I dream a little dream

La voz, grave y ronca, aparece bruscamente y el mundo, el mundo de las existencias, se desvanece. Una mujer de carne ha tenido esta voz, ha cantado delante de un disco, con su mejor ropa, y su voz quedaba registrada. La mujer, ¡bah!, existía como yo, como Rollebon; no tengo ganas de conocerla. Pero hay esto. No se puede decir que exista. El disco que gira existe, el aire golpeado por la voz que vibra, existe, la voz que impresionó el disco existió. Yo que escucho, existo. Todo está lleno, existencia en todas partes, densa y pesada y dulce. Pero más llá de toda esta dulzura, inaccesible, muy cercano, tan lejos, ¡ay!, joven despiadado y sereno está ese... ese rigor.

Martes

Nada. He existido”.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Albert Camus

Camus, Albert, El extranjero, Buenos Aires, Emecé, 1964.

Traducción a cargo de Bonifacio del Carril..  

 

“Todo fue muy rápido después. La audiencia se levantó. Al salir del Palacio de Justicia para subir al coche reconocí en un breve instante el olor y el color de la noche de verano. En la oscuridad de la cárcel rodante encontré uno por uno, surgidos de lo hondo de mi fatiga, todos los ruidos familiares de una ciudad que amaba y de cierta hora en la que me ocurría sentirme feliz. El grito de los vendedores de diarios en el aire calmo de la tarde, los últimos pájaros en la plaza, el pregón de los vendedores de emparedados, la queja de los tranvías en los recodos elevados de la ciudad y el rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto, todo esto recomponía para mí un itinerario de ciego, que conocía bien antes de entrar en la cárcel. Sí, era la hora en la que, hace ya mucho tiempo, me sentía contento. Entonces me esperaba siempre un sueño ligero y sin pesadillas. Y sin embargo, había cambiado, pues a la espera del día siguiente fue la celda lo que volví a encontrar. Como si los caminos familiares trazados en los cielos de verano pudiesen conducir tanto a las cárceles como a los sueños inocentes.”
 
 

sábado, 6 de noviembre de 2010

Robert Louis Stevenson

Stevenson, Robert Louis, “Los libros que han influido en mí”, Juego de niños y otros ensayos - A propósito de Stevenson y su obra, Editorial Norma, Bogotá, 1990. Traducción de Iván Hernández.
 


Fragmento de “Los libros que han influido en mí”:
 
“El don de la lectura, como lo he llamado, no es común, ni generalmente comprendido. Consiste, primero que todo, en una vasta cualidad intelectual —una gracia, creo que debo llamarla— mediante la cual un hombre comprende que no está absolutamente en lo cierto, ni que aquellos de quienes difiere están absolutamente en el error. Puede sostener dogmas, puede defenderlos apasionadamente; puede ver que otros los defienden con frialdad, o diferentemente, o definitivamente no los defienden. Pues bien, si tiene el don de la lectura, los dogmas ajenos pueden ser sustanciosos para él. Verá el otro lado de las proposiciones, el otro lado de las virtudes; lo cual, aunque no supone abandonar sus dogmas, puede permitirle considerarlos diferentemente, incluso llegar a algunas deducciones. Una verdad humana, que es siempre en alguna medida una mentira, esconde mucho de la vida al exponérsela. Son los hombres que defienden otras verdades, o, quizás, según nuestro parecer, peligrosas mentiras, quienes pueden ampliar nuestro reducido campo de conocimiento y despertar nuestras conciencias dormidas; algo que parece completamente novedoso, insolentemente falso o muy peligroso, es la prueba de un buen lector. Si trata de comprender su significado, la verdad que lo redime, tiene el talento y debe, pues, leer. Si solo lo hiere, lo ofende, o clama contra las tonterías del autor, mejor que se ocupe de los periódicos; jamás será un lector.”
 
 

sábado, 30 de octubre de 2010

Alejandra Pizarnik


Sólo un nombre

alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra

La última inocencia (1956)

jueves, 21 de octubre de 2010

Sigmund Freud, "El malestar en la cultura".


Freud, Sigmund, “El malestar en la cultura” (1930), Obras completas (XXI), Buenos Aires, Amorrortu editores, 1992. 

Título original: Das Unbehagen in der Kultu

Traducción directa del alemán a cargo de José L. Etcheverry. 

Las anotaciones entre corchetes son de James Strachey

El ensayo de Freud se divide en ocho partes. El texto que sigue corresponde a la segunda de ellas.


En El porvenir de una ilusión (1927 c) no traté tanto de las fuentes más profundas del sentimiento religioso como de lo que el hombre común entiende por su religión; el sistema de doctrinas y promesas que por un lado le esclarece con envidiable exhaustividad los enigmas de este mundo, y por otro le asegura que una cuidadosa Providencia vela por su vida y resarcirá todas las frustraciones padecidas en el más acá. El hombre común no puede representarse esta Providencia sino en la persona de un Padre de grandiosa envergadura. Sólo un Padre así puede conocer las necesidades de la criatura, enternecerse con sus súplicas, aplacarse ante los signos de arrepentimiento. Todo esto es tan evidentemente infantil, tan ajeno a toda realidad efectiva, que quien profese un credo humanista se dolerá pensando en que la gran mayoría de los mortales nunca podrán elevarse por encima de esa concepción de la vida. Y abochorna aún más comprobar cuántos de nuestros contemporáneos, aunque ya ha inteligido lo insostenible de esa religión, se empeñan en defenderla palmo a palmo en una lamentable retirada. Uno querría mezclarse entre los creyentes para arrojar a la cara de los filósofos que creen salvar al Dios de la religión sustituyéndolo por un principio impersonal, vagarosamente abstracto, esta admonición: `¡No mencionarás el Santo Nombre de Dios en vano!´ Pues si algunos de los más excelsos espíritus del pasado hicieron lo mismo, no es lícito invocar su ejemplo: sabemos por qué se vieron obligados a ello.

Volvamos entonces al hombre común y a su religión, la única que debe llevar ese nombre. Lo primero que nos sale al paso es la famosa afirmación de uno de nuestros más grandes literatos y sabios, que se pronuncia sobre el vínculo de la religión con el arte y la ciencia. Dice:

“Quien posee ciencia y arte,

tiene también religión;

y quien no posee aquellos dos,

¡pues que tenga religión!”[1]

Por un lado, esta sentencia opone la religión a las dos realizaciones supremas del ser humano; por el otro, asevera que son compatibles o sustituibles entre sí en cuanto a su valor vital. De modo que si queremos impugnarle al hombre común [que no posee ciencia ni arte] su religión, es evidente que la autoridad del poeta no está de nuestra parte. Ensayemos un cierto camino para aproximarnos a una apreciación de su enunciado. La vida, como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla, no podemos prescindir de calmantes (`Eso no anda sin construcciones auxiliares´, nos ha dicho Theodor Fontane.[2]) Los hay, quizá, de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas, que la reduzcan, y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas. Algo de este tipo indispensable.[3] A las distracciones apunta Voltaire cuando, en su Cándido, deja resonando el consejo de cultivar cada cual su jardín; una tal distracción es también la actividad científica. Las satisfacciones sustitutivas, como las que ofrece el arte, son ilusiones respecto de la realidad, mas no por ello menos efectivas psíquicamente, merced al papel que la fantasía se ha conquistado en la vida anímica. Las sustancias embriagadoras influyen sobre nuestro cuerpo, alteran su quimismo. No es sencillo indicar el puesto de la religión dentro de esta serie. Tendremos que proseguir nuestra busca.

Innumerables veces se ha planteado la pregunta por el fin de la vida humana; todavía no ha hallado una respuesta satisfactoria, y quizá ni siquiera la consienta. Entre quienes la buscan, muchos han agregado: Si resultara que la vida no tiene fin alguno, perdería su valor. Pero esta amenaza no modifica nada. Parece, más bien, que se tiene derecho a desautorizar la pregunta misma. Su premisa parece ser esa arrogancia humana de que conocemos ya tantísimas manifestaciones. Respecto de la vida de los animales, ni se habla de un fin, a menos que su destinación consista en servir al hombre. Lástima que tampoco esto último sea sostenible, pues son muchos los animales con que el hombre no sabe qué hacer —como no sea describirlos, clasificarlos y estudiarlos—, y aun incontables especies escaparon a este uso, pues vivieron y se extinguieron antes que el hombre estuviera ahí para verlas. También aquí, sólo la religión sabe responder a la pregunta por el fin de la vida. Difícilmente se errará si se juzga que la idea misma de un fin de la vida depende por completo del sistema de la religión.

Por eso pasaremos a una pregunta menos pretenciosa: ¿Qué es lo que los seres humanos mismos dejan discernir, por su conducta, como fin y propósito de su vida? ¿Qué e lo que exigen de ella, lo que en ella quieren alcanzar? No es difícil acertar con la respuesta: quieren alcanzar la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla. Esta aspiración tiene dos costados, una meta positiva y una negativa: por una parte, quieren la ausencia de dolor y de displacer; por la otra, vivenciar intensos sentimientos de placer. En su estricto sentido literal, “dicha” se refiere sólo a lo segundo. En armonía con esta bipartición de las metas, la actividad de los seres humanos se despliega siguiendo dos direcciones, según que busque realizar, de manera predominante o aún exclusiva, una u otra de aquellas.

Es simplemente, como bien se nota, el programa del principio de placer el que fija su fin a la vida. Este principio gobierna la operación del aparato anímico desde el comienzo mismo; sobre su carácter acorde a fines no caben dudas, no obstante lo cual su programa entra en querella con el mundo entero, con el macrocosmos tanto como con el microcosmos. Es absolutamente irrealizable, las disposiciones del Todo —sin excepción— lo contrarían; se diría que el propósito de que el hombre sea “dichoso” no está contenido en el plan de la “Creación”. Lo que en sentido estricto se llama “felicidad” corresponde a la satisfacción más bien repentina de necesidades retenidas, con alto grado de éxtasis, y por su propia naturaleza sólo es posible como un fenómeno episódico. Si una situación anhelada por el principio de placer perdura, en ningún caso se obtiene más que un sentimiento de ligero bienestar; estamos organizados de tal modo que sólo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado.[4] Ya nuestra constitución, pues, limita nuestras posibilidades de dicha. Mucho menos difícil es que lleguemos a experimentar desdicha. Desde tres lados amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, que, destinado a la ruina y la disolución, no puede prescindir del dolor y la angustia como señales de alarma; desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con fuerzas hiperpotentes, despiadadas, destructoras; por fin, desde los vínculos con otros seres humanos. Al padecer que viene de esta fuente lo sentimos tal vez más doloroso que a cualquier otro; nos inclinamos a verlo como un suplemento en cierto modo superfluo, auque acaso no sea menos inevitable ni obra de un destino menos fatal que el padecer de otro origen.

No es asombroso, entonces, que bajo la presión de estas posibilidades de sufrimiento los seres humanos suelan atemperar sus exigencias de dicha, tal como el propio principio de placer se transformó, bajo el influjo del mundo exterior, en el principio de realidad, más modesto; no es asombroso que se consideren dichosos si escaparon a la desdicha, si salieron indemnes del sufrimiento, ni tampoco que dondequiera, universalmente, la tarea de evitar este relegue a un segundo plano la de la ganancia de placer. La reflexión enseña que uno puede ensayar resolver esta tarea por muy diversos caminos; todos han sido recomendados por las diversas escuelas de sabiduría de la vida, y fueron también emprendidos por los seres humanos. Una satisfacción irrestricta de todas las necesidades quiere ser admitida como la regla de vida más tentadora, pero ello significa anteponer el goce a la precaución, lo cual tras breve ejercicio recibe su castigo. Los otros métodos, aquellos cuyo principal propósito es es la evitación de displacer, se diferencian según la fuente de este último a qué dediquen mayor atención. Hay ahí procedimientos extremos y procedimientos atemperados; los hay unilaterales, y otros que atacan de manera simultánea varios frentes. Una soledad buscada, mantenerse alejado de los otros, es la protección más inmediata que uno puede procurarse contra las penas que depare la sociedad de los hombre. Bien se comprende: la dicha que puede alcanzarse por este camino es la del sosiego. Del temido mundo exterior no es posible protegerse excepto extrañándose de él de algún modo, si es que uno quiere solucionar por sí silo esta tarea. Hay por cierto otro camino, un camino mejor: como miembro de la comunidad, y con cuya ayuda de la técnica guiada por la ciencia, pasar a la ofensiva contra la naturaleza y someterla a la voluntad del hombre. Empero, los métodos más interesantes de precaver el sufrimiento son los que procuran influir sobre el propio organismo. Es que al fin todo sufrimiento es sólo sensación, no subsiste sino mientras lo sentimos, y sólo lo sentimos a consecuencia de ciertos dispositivos de nuestro organismo.

El método más tosco, pero también el más eficaz, para obtener ese influjo es el químico: la intoxicación. No creo que nadie haya penetrado su mecanismo, pero el hecho es que existen sustancias extrañas al cuerpo cuya presencia en la sangre y los tejidos nos procura sensaciones directamente placenteras, pero a la vez alteran de tal modo las condiciones de nuestra vida sensitiva que nos vuelven incapaces de recibir mociones de displacer. Ambos efectos no sólo son simultáneos; parecen ir estrechamente enlazados entre sí. Pero también dentro de nuestro quimismo propio deben de existir sustancias que provoquen parecidos efectos, pues conocemos al menos un estado patológico, el de la manía, en que se produce esa conducta como del alguien embriagado sin que se haya introducido el tóxico embriagador. Además, nuestra vida anímica normal presenta oscilaciones que van de una mayor a una menor dificultad en el desprendimiento de placer, paralelamente a las cuales sobreviene una receptividad reducida o aumentada para el displacer. Es muy de lamentar que este proceso tóxico de los procesos anímicos haya escapado hasta ahora a la investigación científica. Lo que se consigue mediante las sustancias embriagadoras en la lucha por la felicidad y por el alejamiento de la miseria es apreciado como un bien tan grande que individuos y aun pueblos enteros les han asignado una posición fija en su economía libidinal. No sólo se les debe la ganancia inmediata de placer, sino una cuota de independencia, ardientemente anhelada, respecto del mundo exterior. Bien se sabe que con la ayuda de los “quitapenas” es posible sustraerse en cualquier momento de la presión de la realidad y refugiarse en un mundo propio, que ofrece mejores condiciones de sensación. Es notorio que esa propiedad de los medios embriagadores determina justamente su carácter peligroso y dañino. En ciertas circunstancias, son culpables de la inútil dilapidación de grandes montos de energía que podrían haberse aplicado a mejorar la suerte de los seres humanos.

Ahora bien, el complejo edificio de nuestro aparato anímico permite toda una serie de modos de influjo, además del mencionado. Así como satisfacción pulsional equivale a dicha, así también es causa de grave sufrimiento cuando el mundo exterior nos deja en la indigencia, cuando nos rehúsa la saciedad de nuestras necesidades. Por tanto, interviniendo sobre estas mociones pulsionales uno puede esperar librarse de una parte del sufrimiento. Este modo de defensa frente al padecer ya no injiere en el aparato de la sensación; busca enseñorearse de las fuentes internas de las necesidades. De manera extrema, es lo que ocurre cuando se matan las pulsiones, como enseña la sabiduría oriental y lo practica el yoga. Si se lo consigue, entonces se ha resignado toda otra actividad (se ha sacrificado la vida), para recuperar, por otro camino, sólo la dicha del sosiego. Con metas más moderadas, es la misma vía que se sigue cuando uno se limita a proponerse el gobierno sobre la propia vida pulsional. Las que entonces gobiernan son las instancias psíquicas más elevadas, que se han sometido al principio de realidad. Así, en modo alguno se ha resignado el propósito de la satisfacción; no obstante, se alcanza cierta protección del sufrimiento por el hecho de que la insatisfacción de las pulsiones sometidas no se sentirá tan dolorosa como la de las no inhibidas. Pero a cambio de ello, es innegable que sobreviene una reducción de las posibilidades de goce. El sentimiento de dicha provocado por la satisfacción de una pulsión silvestre, no domeñada por el yo, es incomparablemente más intenso que el obtenido a raíz de la saciedad de una pulsión enfrenada. Aquí encuentra una explicación económica el carácter incoercible de los impulsos perversos, y acaso también el atractivo de lo prohibido como tal.

Otra técnica para la defensa contra el sufrimiento se vale de los desplazamientos libidinales que nuestro aparato anímico consiente, y por los cuales su función gana tanto en flexibilidad. He aquí la tarea a resolver: es preciso trasladar las metas pulsionales de tal suerte que no puedan ser alcanzadas por la denegación del mundo exterior. Para ello, la sublimación de las pulsiones presta su auxilio. Se lo consigue sobre todo cuando uno se las arregla para elevar suficientemente la ganancia de placer que proviene de las fuentes de un trabajo psíquico e intelectual. Pero el destino puede mostrarse adverso. Satisfacciones como la alegría del artista en el acto de crear, de corporizar los productos de su fantasía, o como la que procura al investigador la solución de problemas y el conocimiento de la verdad, posee una cualidad particular que, por cierto, algún día podremos caracterizar metapsicológicamente. Por ahora sólo podemos decir, figuradamente, que nos aparecen “más finas y superiores”, pero su intensidad está amortiguada por comparación a la que produce saciar mociones pulsionales más groseras, primarias; no conmueven nuestra corporeidad. Ahora bien, los puntos débiles de este método residen en que no es de aplicación universal, pues sólo es asequible para pocos seres humanos. Presupone particulares disposiciones y dotes, no muy frecuentes en el grado requerido. Y ni siquiera a esos pocos pueden garantizarles una protección perfecta contra el sufrimiento; no les procura una coraza impenetrable para los fardos del destino y suele fallar cuando la fuente del padecer es el cuerpo propio.[5]

Si ya en el procedimiento anterior era nítido el propósito de independizarse del mundo exterior, pues uno buscaba sus satisfacciones en procesos internos, psíquicos, esos mismos rasgos cobran todavía mayor realce en el que sigue. En él se afloja aún más el nexo con la realidad; la satisfacción se obtiene con ilusiones admitidas como tales, pero sin que esta divergencia suya respecto de la realidad efectiva arruine el goce. El ámbito del que provienen estas ilusiones es el de la vida de la fantasía; en su tiempo, cuando se consumó el desarrollo del sentido de la realidad, ella fue sustraída expresamente de las exigencias del examen de realidad y quedó destinada al cumplimiento de deseos de difícil realización. Cimero entre estas satisfacciones de la fantasía está el goce de obras de arte, accesible, por mediación del artista, aun para quienes no son creadores.[6] Las personas sensibles al influjo del arte nunca lo estimarán demasiado como fuente de placer y consuelo en la vida. Empero, la débil narcosis que el arte nos causa no puede producir más que una sustracción pasajera de los apremios de la vida; no es lo bastante intensa para hacer olvidar una miseria objetiva {real}.

Hay otro procedimiento más enérgico y radical. Discierne el único enemigo en la realidad, que es la fuente de todo padecer y con la que no se puede convivir; por eso es preciso romper todo vínculo con ella, si es que uno quiere ser dichoso en algún sentido. El eremita vuelve la espalda a este mundo, no quiere saber nada con él. Pero es posible hacer algo más: pretender recrearlo, edificar otro en su reemplazo otro donde sus rasgos más insoportables se hayan eliminado y sustituido en el sentido de los deseos propios. Por regla general, no conseguirá nada quien emprenda este camina hacia la dicha en sublevación desesperada; la realidad efectiva es demasiado fuerte para él. Se convierte en un delirante que casi nunca halla quien lo ayude a ejecutar su delirio. Empero, se afirmará que cada uno de nosotros se comporta en algún punto como el paranoico, corrige algún aspecto insoportable del mundo por una formación de deseo e introduce este delirio en lo objetivo {die Realität}. Particular significatividad reclama el caso en que un mayor número de seres humanos emprenden en común el intento de crearse un seguro de dicha y de protección contra el sufrimiento por medio de una transformación delirante de la realidad efectiva. No podemos menos que caracterizar como unos tales delirios de masas a las religiones de la humanidad. Quien comparte el delirio, naturalmente, nunca lo discierne como tal.

No creo que sea exhaustivo este recuento de los métodos mediante los cuales los seres humanos se empeñan en obtener la felicidad y mantener alejado el sufrimiento. Sé, además, que el material admitiría otros ordenamientos. Todavía no he mencionado uno de esos métodos, no por haberlo olvidado, sino porque nos ocupará en otro contexto. ¡Y cómo se podría olvidar justamente esta técnica del arte de vivir! Se distingue por la más asombrosa reunión de rasgos característicos. Desde luego, también aspira a independizarnos del “destino” —es el mejor nombre que podemos darle— y, con tal propósito, sitúa la satisfacción en procesos anímicos internos; para ello se vale de la ya mencionada desplazabilidad de la libido [cf. Pág. 79], pero no se extraña del mundo exterior, sino que, al contrario, se aferra a sus objetos y obtiene la dicha a partir de un vínculo de sentimiento con ellos. Tampoco se da por contento con la meta de evitar displacer, fruto por así decir de un resignado cansancio; más bien no hace caso de esa meta y se atiene a la aspiración originada, hacia un cumplimiento positivo de la dicha. Y quizá se la aproxime efectivamente más que cualquier otro método. Me estoy refiriendo, desde luego, a aquella orientación de la vida que sitúa al amor en el punto central, que espera toda satisfacción del hecho de amar y ser amado. Una actitud psíquica de esta índole está al alcance de todos nosotros; una de las formas de manifestación del amor, el amor sexual, nos ha procurado la experiencia más intensa de sensación placentera avasalladora, dándonos así el arquetipo para nuestra aspiración a la dicha. Nada más natural que obstinarnos en buscar la dicha por el mismo camino siguiendo el cual una vez la hallamos. El lado débil de esta técnica de vida es manifiesto; si no fuera por él, a ningún ser humano se le habría ocurrido cambiar por otro este camino hacia la dicha. Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas que cuando amamos; nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido al objeto amado o a su amor. Pero la técnica de vida fundada en el valor de felicidad del amor no se agota con esto: queda aún mucho por decir. [Cf. Pág. 99]

Aquí puede situarse el interesante caso en que la felicidad en la vida se busca sobre todo en el goce de la belleza, dondequiera que ella se muestre a nuestros sentidos y a nuestro juicio: la belleza de formas y gestos humanos, de objetos naturales y paisajes, de creaciones artísticas y aun científicas. Esta actitud estética hacia la meta vital ofrece escasa protección contra la posibilidad de sufrir, pero puede resarcir muchas cosas. El goce de la belleza se acompaña de una sensación particular, de suave efecto embriagador. Por ninguna parte se advierte la utilidad de la belleza; tampoco se alcanza a inteligir su necesidad cultural, a pesar de lo cual la cultura no podría prescindir de ella. La ciencia de la estética indaga las condiciones bajo las cuales se siente lo bello; no ha podido brindar esclarecimiento alguno acerca de la naturaleza y origen de la belleza; como es habitual, la ausencia de resultados encubre mediante un gesto de palabras altisonantes y de magro contenido. Por desdicha, también el psicoanálisis sabe decir poquísimo sobre la belleza. Al parecer, lo único seguro es que deriva del ámbito de la sensibilidad sexual; sería un ejemplo arquetípico de una moción de meta inhibida. La “belleza” y el “encanto”[7] son originariamente propiedades del objeto sexual. Digno de notarse es que los genitales mismos, cuya visión tiene siempre efecto excitador, casi nunca se aprecian como bellos; en cambio, el carácter de la belleza parece adherir a ciertos rasgos sexuales secundarios.

A pesar del carácter no exhaustivo [del recuento (cf. Pág. 81)], me atrevo a exponer ya algunas puntualizaciones como cierre de nuestra indagación. El programa que nos impone el principio de placer, el de ser felices, es irrealizable; empero, no es lícito —más bien: no es posible— resignar los empeños por acercarse de algún modo a su cumplimiento. Para esto pueden emprenderse muy diversos caminos, anteponer el contenido positivo de la meta, la ganancia de placer, o su contenido negativo, la evitación de displacer. Por ninguno de ellos podemos alcanzar todo lo que anhelamos. Discernir la dicha posible en ese sentido moderado es un problema de la economía libidinal del individuo. Sobre este punto no existe consejo válido para todos; cada quien tiene que ensayar por sí mismo la manera en que puede alcanzar la bienaventuranza.[8] Los más diversos factores intervendrán para indicarle el camino de su opción. Lo que interesa es cuánta satisfacción real pueda esperar del mundo exterior y la medida en que sea movido a independizarse de él; en último análisis, por cierto, la fuerza con que él mismo crea contar para modificarlo según sus deseos. Ya en esto, además de las circunstancias externas, pasará a ser decisiva la constitución psíquica del individuo. Si es predominantemente erótico, antepondrá los vínculos de sentimiento con otras personas; si tiende a la autosuficiencia narcisista, buscará las satisfacciones sustanciales en sus procesos anímicos internos; el hombre de acción no se apartará del mundo exterior, que le ofrece la posibilidad de probar su fuerza.[9] En el caso de que quien tenga una posición intermedia entre estos tipos, la índole de sus dotes y la medida de sublimación de pulsiones que pueda efectuar determinarán dónde haya de situar sus intereses. Toda decisión extrema sería castigada, exponiéndose el individuo a los peligros que conlleva la suficiencia de la técnica de vida elegida con exclusividad. Así como el comerciante precavido evita invertir todo su capital en un solo lugar, podría decirse que la sabiduría de la vida aconseja no esperar toda satisfacción de una aspiración única. El éxito nunca es seguro; depende de la coincidencia de muchos factores, y quizás en grado eminente la capacidad de la constitución psíquica para adecuar su función al medio circundante y aprovecharlo para la ganancia de placer. Quien nazca con una constitución pulsional particularmente desfavorable y no haya pasado de manera regular por la transformación y reordenamiento de sus componentes libidinales, indispensables para su posterior productividad, encontrará arduo obtener felicidad de su situación exterior, sobre todo si se enfrenta a tareas algo difíciles. Como última técnica de vida, que le promete al menos satisfacciones sustitutivas, se le ofrece el refugio en la neurosis, refugio que en la mayoría de los casos consuma ya en la juventud. Quien en una época posterior de su vida vea fracasados sus empeños por obtener la dicha, hallará consuelo en la ganancia de placer de la intoxicación crónica, o emprenderá el desesperado intento de rebelión de la psicosis.[10]

La religión perjudica este juego de elección y adaptación imponiendo a todos por igual su camino para conseguir dicha y protegerse del sufrimiento. Su técnica consiste en deprimir el valor de la vida y en desfigurar de manera delirante la imagen del mundo real, lo cual presupone el amedrentamiento de la inteligencia. A este precio, mediante la violenta fijación a un infantilismo psíquico y la inserción en un delirio de masas, la religión consigue ahorrar a muchos seres humanos la neurosis individual. Pero difícilmente obtenga algo más; según dijimos, son muchos los caminos que pueden llevar a la felicidad tal como es asequible al hombre, pero ninguno que lo guíe con seguridad hasta ella. Tampoco la religión puede mantener su promesa. Cuando a la postre el creyente se ve precisado a hablar de los “inescrutables designios” de Dios, no hace sino confesar que no le ha quedado otra posiblidad de consuelo ni fuente de placer en el padecimiento que la sumisión incondicional. Y toda vez que está dispuesto a ella, habría podido ahorrarse, verosímilmente, aquel rodeo.

1 Goethe, Zabmen Xenien IX (obra póstuma).

2 [En su novela Effi Briest (1895).]

3 Lo mismo dice Wilhelm Busch en Die Fromme Helene, en un nivel más bajo: `Quien tiene cuitas, también tiene licor´.

4 Goethe hasta llega a advertirnos que “nada es más difícil de soportar que una sucesión de días hermosos” [Weimar, 1810-12]. Tal vez sea una exageración.

5 Cuando no hay una disposición particular que prescriba imperiosamente la orientación de los intereses vitales, el trabajo profesional ordinario, accesible a cualquier persona, puede ocupar el sitio que le indica el sabio consejo de Voltaire [cf. Pág. 75, “cultivar cada cual su jardín”]. En el marco de un panorama sucinto no se puede apreciar de manera satisfactoria el valor del trabajo para la economía libidinal. Ninguna otra técnica de conducción de la vida liga al individuo tan firmemente a la realidad como la insistencia en el trabajo, que al menos lo inserta en forma segura en un fragmento de la realidad, a saber, la comunidad humana. La posibilidad de desplazar sobre el trabajo profesional y sobre los vínculos humanos que con él se enlazan una considerable medida componentes libidinosos, narcisistas, agresivos y hasta eróticos le confiere un valor que no le va en zaga a su carácter indispensable para afianzar y justificar la vida en sociedad. La actividad profesional brinda una satisfacción particular cuando ha sido elegida libremente, o sea, cuando permite volver utilizables mediante sublimación inclinaciones existentes, mociones pulsionales proseguidas o reforzadas constitucionalmente. No obstante, el trabajo es poco apreciado, como vía hacia la felicidad, por los seres humanos. Uno no se esfuerza hacia él como hacia otras posibilidades de satisfacción. La gran mayoría de los seres humanos sólo trabajan forzados a ello y de esta natural aversión de los hombres al trabajo derivan los más difíciles problemas sociales. 

6 Cf. “Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico” (1911b) y la 23ª de mis Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17).

7 [La palabra alemana “Reiz” significa tanto “encanto” como “estímulo”. Freud había expuesto una argumentación similar en la primera edición de los Tres ensayos de teoría sexual (1905d), AE, 7, pág. 1901, así como en una nota agregada a esa obra en 1915, ibid. Pág. 142.]

8 [Se alude aquí a una frase atribuida a Federico el Grande: “En mi dominio cada hombre puede alcanzar la bienaventuranza a su manera”. Freud ya la había citado poco antes en ¿Pueden los legos ejercer el análisis? (1926e), AE, 20, pág. 222.]

9 [Freud desarroll más sus ideas acerca de estos diferentes tipos humanos en su trabajo “Tipos libidinales” (1931a), infra, págs. 219 y sig.]

10 [Nota agregada en 1931:] Me urge indicar al menos una de las lagunas que han quedado en la exposición del texto. Una consideración de las posibilidades humanas de dicha no debiera omitir tomar en cuenta la proporción relativa del narcisismo respecto de la libido del objeto. Es preciso saber qué significa para la economía libidinal bastarse, en lo esencial, a sí mismo.

lunes, 11 de octubre de 2010

Julio Cortázar, "Estación de la mano".

Man Ray

 
Cortázar, Julio, La otra orilla (1945), Cuentos completos I, Buenos Aires, Punto de lectura, 2007. 
 
La dejaba entrar por la tarde, abriéndole un poco la hoja de mi ventana que da al jardín, y la mano descendía ligeramente por los bordes de la mesa de trabajo, apoyándose apenas en la palma, los dedos sueltos y como distraídos, hasta venir a quedar inmóvil sobre el piano o el marco de un retrato, o a veces sobre la alfombra color vino.

Amaba yo aquella mano porque nada tenía de voluntariosa y sí mucho de pájaro y hoja seca. ¿Sabía ella algo de mí? Sin titubear llegaba a la ventana por las tardes, a veces de prisa -con su pequeña sombra que de pronto se proyectaba sobre los papeles- y como urgiendo que le abriese; y otras lentamente, ascendiendo por los peldaños de la hiedra donde, a fuerza de escalarla, había calado un camino profundo. Las palomas de la casa la conocían bien; con frecuencia escuchaba yo de mañana un aullar ansioso y sostenido, y era que la mano andaba por los nidos, ahuecándose para contener los pechos de tiza de las más jóvenes, la pluma áspera de los machos celosos. Amaba las palomas y los bocales de agua fresca; cuántas veces la encontré al borde del vaso de cristal, con los dedos levemente mojados en el agua que se complacía y danzaba. Nunca la toqué; comprendía que aquello hubiera sido desatar cruelmente los hilos de un acaecer misterioso. Y muchos días anduvo la mano por mis cosas, abrió libros y cuadernos, puso su índice – con el cual sin duda leía- sobre mis más bellos poemas y los fue aprobando uno a uno.

El tiempo transcurría. Los sucesos exteriores a los cuales debía mi vida someterse con dolor, principiaron a ondularse como curvas que sólo de sesgo me alcanzaban. Descuidé la aritmética, vi cubrirse de musgo mi más prolijo traje; apenas salía ahora de mi cuarto, a la espera cadenciosa de su mano, atisbando con ansiedad el primer –y más lejano y hundido- roce en la hiedra.

Le puse nombres; me gustaba llamarla Dg, porque era un nombre sólo para pensarse. Incité su probable vanidad dejando anillos y pulseras sobre las repisas, espiando su actitud con secreta constancia. Varias veces creí que se adornaría con las joyas, pero ella las estudiaba dando vueltas en torno y sin tocarlas, a semejanza de una araña desconfiada; y aunque un día llego a ponerse un anillo de amatista fue sólo un instante y lo abandonó como si le quemara. Yo me apresuré a esconder las joyas en su ausencia y desde entonces me pareció que estaba más complacida.

Así declinaron las estaciones, unas esbeltas y otras con semanas ceñidas de luces violetas, sin que sus llamadas premiosas llegaran hasta nuestro ámbito. Todas las tardes volvía la mano, mojada con frecuencia por las lluvias otoñales y la veía ponerse de espaldas sobre la alfombra, secarse prolijamente un dedo con otro, a veces con menudos saltos de cosa satisfecha. En los atardeceres de frío su sombra se teñía de violeta. Yo colocaba entonces un brasero a mis pies y ella se acurrucaba y apenas bullía, salvo para recibir, displicente, un álbum con grabados o un ovillo de lana que le gustaba anudar y retorcer. Era incapaz, lo advertí de pronto, de estarse largo rato quieta. Un día encontró una artesa con arcilla, y se precipitó sobre la novedad; horas y horas modeló arcilla mientras yo, de espaldas, fingía no preocuparme por su tarea. Naturalmente, modeló una mano. La dejé secar y la puse sobre el escritorio para probarle que su obra me agradaba. Pero era error: como todo artista, a Dg terminó por molestarle la contemplación de esa otra mando rígida y algo convulsa. Al retirarla de la habitación, ella fingió por pudor no haberlo advertido.

Mi interés se tornó bien pronto analítico. Cansado de maravillarme, quise saber; he ahí el invariable y funesto fin de toda aventura. Surgían las preguntas acerca de mi huésped: ¿Vegeta, siente, comprende, ama? Imagine tests, tendí lazos, apronté experimentos. Había advertido que la mano, aunque capaz de leer, jamás escribía. Una tarde abrí la ventana y puse sobre la mesa un lapicero, cuartillas en blanco, y cuando entro Dg me marché para dejarla libre de toda timidez. Por la cerradura vi que hacía sus paseos habituales y luego, vacilante, iba hasta el escritorio y tomaba el lapicero. Oí l arañar de la pluma, y después de un tiempo ansioso entré en el cuarto. Sobre el papel, en diagonal y con letra perfilada, Dg había escrito: Esta resolución anula todas las anteriores hasta un nuevo orden. Jamás pude lograr que volviese a escribir.

Transcurrido el período de análisis, comencé a querer de veras a Dg. Amaba su manera de mirar las flores de los búcaros, su rotación acompasada en torno a una rosa, aproximando la yema de los dedos hasta rozar los pétalos, y de ese modo, ahuecarse para envolver un flor, sin tocarla, acaso su manera de aspirar la fragancia. Una tarde que yo cortaba las páginas de un libro recién comprado, observé que Dg parecía secretamente deseosa de imitarme. Salí entonces a buscar más libros, y pensé que tal vez le agradaría formar su propia biblioteca. Encontré curiosas obras que parecían escritas para manos, como otras para labios o cabellos, y adquirí también un puñal diminuto. Cuando puse todo sobre la alfombra –su lugar predilecto- Dg lo observó con su cautela acostumbrada. Parecía temerosa del puñal, y recién días después se decidió a tocarlo. Yo seguía cortando mis libros para infundirle confianza, y una noche (¿he dicho que sólo al alba se marchaba llevándose las sombras?) principió ella a abrir sus libros y separar las páginas. Pronto se empeñó con una destreza extraordinaria; el puñal entraba en las carnes blancas u opalinas con gracia centellante. Terminada la tarea, colocaba el cortapapel sobre una repisa –donde había acumulado objetos de su preferencia: lanas, dibujos, fósforos usados, un reloj de pulsera, montoncitos de ceniza- y descendía para acostarse de bruces en la alfombra y principiar, la lectura. Leía a gran velocidad, rozando las palabras con un dedo; cuando hallaba grabados, se echaba entera sobre la página y parecía como dormida. Noté que mi selección de libros había sido acertada; volvía una y otra vez a ciertas páginas (Étude de Mains de Gautier; un lejano poema mío que comienza:”Poder tomar tus manos…”; Le Gant du Crin de Reverdy) y colocaba hebras de lana para recordarlas. Antes de irse, cuando yo dormía ya en mi diván, encerraba sus volúmenes en un pequeño mueble que a tal propósito le destiné ; y nunca hubo nada de desorden al despertar.

De esta manera sin razones –plenamente basada en la simplicidad del misterio- convivimos un tiempo de estima y correspondencia. Toda indagación superada, toda sorpresa abolida, ¡que acaecer total de perfección nos contenía! Nuestra vida, así, era una alabanza sin destino, canto puro y jamás presupuesto. Por mi ventana entraba Dgy con ella era el ingreso de lo absolutamente mío, recatado al fin de la limitación de los parientes y las obligaciones, recíproco en mi voluntad de complacer a aquella que de tal forma me liberaba. Y vivimos así, por un tiempo que no podía contar, hasta que la sanción de lo real vino a incidir en mi flaqueza, ardida de celos por tanta plenitud fuera de sus cárceles pintadas. Una noche soñé: Dg se había enamorado de mis manos –la izquierda, sin duda, pues ella era diestra- y aprovechaba mi sueño para raptar a la amada cortándola de mi muñeca con su puñal. Me desperté aterrado, comprendiendo por primera vez la locura de dejar un arma en el poder de aquella mano.

Busqué a Dg, aún batido por las turbias aguas de la visión; estaba acurrucada en la alfombra y en verdad parecía atenta a los movimientos de mi siniestra. Me levanté y fui a guardar el puñal donde no pudiera alcanzarlo, pero después me arrepentí y se lo traje, haciéndome amargos reproches. Ella estaba como desencantada y tenía los ojos entreabiertos con una misteriosa sonrisa de tristeza.

Yo sé que no volverá más. Tan torpe conducta puso en su inocencia la altivez y el rencor. ¡Yo sé que no volverá más! ¿Por qué reprochármelo, palomas, clamando allá arriba por la mano que no retorna a acariciarlas? ¿Por qué afanarse así, rosa de Flandes, si ella no te incluirá ya nunca en sus dimensiones prolijas? Haced como yo, que he vuelto a sacar cuentas, a ponerme mi ropa, y que paseo por la ciudad el perfil de un habitante correcto.