lunes, 28 de junio de 2010

Don Quijote

 Gustave Doré

  "Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con carácteres que conocí arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua, le hallara. En fin, la suerte me deparó uno que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y leyendo un poco en él, se comenzó a reír. Preguntéle yo que de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo:
  -Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: `Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha´.
  Cuando yo oí decir `Dulcinea del Toboso´, quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio y, haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro; y salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo lo deseaba, bien se pudiera prometer y llevar de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad; pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere."
  
 Capítulo IX de la Primera Parte.

 

viernes, 18 de junio de 2010

Julio Cortázar, "La inmiscusión terrupta".


Cortázar, Julio, "La inmiscusión terrupta", Último Round (1969), Buenos Aires, Siglo XXI, 2009. 

Como no le melga nada que la contradigan, la señora Fifa se acerca a la Tota y ahí nomás le flamenca la cara de un rotundo mofo. Pero la Tota no es inane y de vuelta le arremulga tal acario en pleno tripolio que se lo ladea hasta el copo.
– ¡Asquerosa! – brama la señora Fifa, tratando de sonsonarse el ayelmado tripolio que ademenos es de satén rosa. Revoleando una mazoca más bien prolapsa, contracarga a la crimea y consigue marivorearle un suño a la Tota que se desporrona en diagonía y por un momento horadra el raire con sus abrocojantes bocinomias. Por segunda vez se le arrumba un mofo sin merma a flamencarle las mecochas, pero nadie le ha desmunido el encuadre a la Tota sin tener que alanchufarse su contragofia, y así pasa que la señora Fifa contrae una plica de miercolamas a media resma y cuatro peticuras de esas que no te dan tiempo al vocifugio, y en eso están arremulgandose de ida y de vuelta cuando se ve precivenir al doctor Feta que se inmoluye inclótumo entre las gladiofantas.
– ¡Payahás, payahás! – crona el elegantiorum, sujetirando de las desmecrenzas empebufantes. No ha terminado de halar cuando ya le están manocrujiendo el fano, las colotas, el rijo enjuto y las nalcunias, mofo que arriba y suño al medio y dos miercolanas que para qué.
– ¿Te das cuenta? – sinterrunge la señora Fifa.
– ¡El muy cornaputo! – vociflama la Tota.
Y ahí nomás se recompalmean y fraternulian como si no se hubieran estado polichantando más de cuatro cafotos en plena tetamancia; son así las tofitas y las fitotas, mejor es no terruptarlas porque te desmunen el persiglotio y se quedan tan plopas.


lunes, 14 de junio de 2010

Horacio Quiroga, "Los buques suicidantes".



Quiroga, Horacio, "Los buques suicidantes", Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917)

Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado.
Si de día el peligro es menor, de noche el buque no se ve ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.
Estos buques abandonados por a o por b navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.
No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta.
Siempre hay probabilidad de hallarlos a cada minuto. Por ventura, las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de aguas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puesto siempre está frecuentado.
El principal motivo de estos abandonos de buques son sin duda las tempestades y los incendios, que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares, entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de agosto de 1903 y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquebote, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó la María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden. Y faltaban todos. ¿Qué pasó?
La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Ibamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado.
La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del oleaje susurrante, oía estremecida.
Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la ronca voz de los marineros en proa.
Una señora muy joven y recién casada se atrevió:
-¿No serán águilas?
El capitán sonrió bondadosamente:
-¿Qué, señora? ¿Águilas que se llevan a la tripulación?
Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.
Felizmente, un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y riesgo y hablando poco.
-¡Ah! ¡Si nos contara, señor! -suplicó la joven de las águilas.
-No tengo inconveniente -asintió el discreto individuo-. En dos palabras: “En los mares del Norte, como el María Margarita del capitán, encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo -viajábamos también con velas- nos llevó casi a su lado. El singular aspecto de abandono, que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuimos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; a bordo no se halló a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no sentimos mayor impresión. Aun nos reímos un poco de las famosas desapariciones súbitas.
Ocho de nuestros hombres quedaron a bordo para el gobierno del nuevo buque.
Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente. Desprendióse de nuevo la chalupa y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas.
Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fui con ellos. Apenas a bordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda, y a la hora la mayoría cantaba ya.
Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo arrollado y se sacó la camiseta para remendarla.
Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. Él los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en ello, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al sentir el ruido los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. Enseguida se olvidaron, volviendo a la apatía común.
Al rato otro se desperezó, restregóse los ojos caminando, y se tiró al agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me tocaban el hombro.
-¿Qué hora es?
-Las cinco -respondí. El viejo marinero que me había hecho la pregunta me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí.
Miró largo rato mi pantalón, distraído. Al final se tiró al agua.
Los tres que quedaron se acercaron rápidamente y observaron el remolino. Se sentaron en la borda silbando despacio con la vista perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último (se levantó, se compuso la ropa), apartóse el pelo de la frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua.
Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos, sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo morboso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua los otros se volvían, momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse enseguida. Así habían desaparecido todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de los demás buques. Eso es todo”.
Nos quedamos mirando al raro hombre con explicable curiosidad.
-¿Y usted no sintió nada? -le preguntó mi vecino de camarote.
-Sí; un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es éste: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aun los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre que noche a la noche se ahorcaban.
Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Poco después el narrador se retiraba a su camarote. El capitán lo siguió un rato de reojo.
-¡Farsante! -murmuró.
-Al contrario -dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra-. Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso y se hubiera tirado también al agua.
  

jueves, 10 de junio de 2010

Miguel Briante, "El embudo".


Briante, Miguel, Las hamacas voladoras y otros cuentos, Buenos Aires, Página 12.

Porque todo empezó al subir al colectivo, cuando los dos hombres que habían subido detrás de mí se pararon al lado de mi asiento, y uno de ellos, el policía, dijo: haga pasar a ese hombre. Y yo obedecí. Yo, que generalmente suelo exaltarme cuando me hablan en tono autoritario, y protesto. Oscuro, un poco sombrío, el hombre se acomodó en el asiento: sus ojos ya no se apartaron de las casas que, tras la ventanilla, se deslizaban con velocidad. Y lo extraño es que el policía, en vez de sentarse, se ha quedado en el pasillo: una mano afirmándose en el asiento de adelante; la otra, en el respaldo del mío, haciendo que su brazo roce mi hombro; su cuerpo choca con mi costado en cada sacudida. Y en el momento en que yo me preguntaba qué ocurría, verdaderamente, he sentido otra vez que eso está al fondo, donde el camino cumple su misión de embudo. Al fondo y ahora aquí. Veo figuras que caminan por senderos abiertos entre los árboles, marcados en el pasto, y a mi alrededor crecen los pabellones altos, silenciosos, con techos de chapa y paredes sucias, gastadas; y entre los pinos hay un susurro tenebroso, inquietante, como una voz humana quejándose en la altura. Mientras, las figuras sombrías, lerdamente, continúan pasando, o permanecen recostadas contra las paredes, mirándome, aceptándome como si yo no fuera un extraño, repitiendo todas un solo gesto, tenazmente, un gesto terrible y a la vez simple, pero maniático, inacabable como los de un autómata descompuesto: alzando voces que se unen; gritando confusamente algo que no logro entender pero que se acerca y me envuelve, familiar, reconocible, como un llamado. Como un sueño. Un pesado sueño del que apenas logro salvarme con esfuerzo, tratando de mantener los ojos abiertos -aunque no sé, en realidad, si los he tenido cerrados-, de aferrarme con la vista a esas cosas concretas que son los asientos del colectivo, las manos de la gente, el uniforme del policía, ese rostro quieto. El conductor con la vista clavada en el camino, hacia adelante. Mientras el colectivo avanza despacio: lucha con el calor, con esa selva que inventa el sol, desparramándose sobre el asfalto, sobre los rostros que se tienden a morder la soledad, allá al fondo; en ese lugar que no conozco, entre los árboles. Nos acercamos y da risa, o rabia -al cruzar unas vías mientras un largo cerco se pierde, al costado-, ver a todos estos tipos, tambaleándose adentro, como péndulos, sobre sus asientos, tratando de que no se les caigan las valijas y los bolsones. Apretando. Da risa, también (aunque no sé cómo, por qué), y rabia, ver sus caras solemnes: llenas de importancia. Cuando uno está adentro, digo: cuando alguien está definitivamente adentro, del otro lado, ya no le importa nada esa visita semanal, ese dispersarse rutinario de camisetas limpias, de cigarrillos, de medias remendadas. Ellos están ahí, en el fondo, recostados en las paredes o tendidos en el pasto. No esperan nada. Salvo cuando uno sabe que todavía no terminó de cruzar, no está del otro lado, y entonces sí piden ayuda, gritan, ahora mismo estarán gritando, ahora mismo o dentro de un rato estarán gritando saquenmé, saquenmé, por favor, pidiendo que me salven mientras todos estos imbéciles, sordos, avanzan como un ejército de salvación, de humanidad, con ese mismo gesto de importancia dirigido hacia mí, mirándome ahora, como si yo hubiera hecho un ruido, mientras el policía me ruega que me calle. Como si hubiese gritado.
Hasta el hombre de rostro oscuro me ha mirado. Después, ha vuelto a achatarse contra la ventanilla, bajo la mirada del policía que sigue ahí, también él importante, vigilando. Los ojos prepotentes; los labios apretados, obligando al otro a mantener la vista baja, como atemorizado. El policía me mira y lo mira. Entonces, esas figuras, vuelven. Eso extraño, que comenzó al subir. No sé cómo se llama esto, pero sé que de vez en cuando sucede: que basta que dos personas se encuentren para que un secreto puente trasplante los recuerdos de uno a la mente del otro. Ese uno es él, y he descubierto la verdad: lo llevan. Mejor dicho: lo traen de vuelta. El conductor, de golpe, ha levantado la vista hacia el espejo y lo ha mirado; diciendo eso, con un grito: La Granja. Preguntando: no te bajas acá, che. Y había burla en sus palabras: una tremenda burla que se ha extendido a los pasajeros, que no ignoran nada. No te bajas acá, che, han repetido algunos, y de pronto he intuido -he recordado la verdad. Hay una escena borrosa, casi irreal: primero, están ahí otra vez los pabellones sombríos, los rostros con gestos inacabables: ahora noto las figuras enteras: las ropas también son oscuras, deshilachadas; las alpargatas tienen borroneadas manchas verdes, en la punta. Cruzan personas impecables, de delantal blanco. Todo eso se va alejando, ahora. Las sombras envuelven una figura lerda que camina torpemente, como un animal cansado, por un sendero abierto en el pasto, entre los altos pinos. Internándose en el crepúsculo con la cabeza baja, hasta llegar a un hueco, en el alambrado. Lo atraviesa. Cruza la zanja. Ahora está plantado en medio del asfalto. A dos cuadras, en la entrada, el colectivo, arranca, rumbo a La Plata. Los faros se acercan. Tiende la mano y el colectivo se detiene. Una vez, hace unos años, cuando lo traían -cuando el colectivo iba para el otro lado- él había intentado retener en la memoria el nombre de todas las palabras. Sólo recordaba dos. En La Plata, estaba ese tipo que había dicho hay que internarlo: no podía ir. Dijo: un boleto para La Granja. En el espejo inclinado del colectivo; se ve los pies, la punta de las alpargatas; ahora podrían descubrirme, piensa, y hunde la cara entre los hombros porque todos -siente- lo miran. Hasta que reconoce un edificio; lee "La Granja" en un cartel, y se baja. No sabe, por supuesto, dónde irá a parar. Lo importante es escaparse, dejar atrás los pabellones siniestros, ese infierno que es el manicomio. Ya encontrará la manera de llegar a su pueblo. El colectivo, en la última claridad del crepúsculo, seguía hacia La Plata.
Pero ahora, es La Plata la que ha quedado atrás. Y también La Granja. Mientras el policía nos sigue mirando y ellos han dicho no te bajas acá, che, para burlarse, y él no ha dicho nada. Simplemente ha hundido más el rostro, achatándolo contra la ventanilla, como asustado. El policía, moviendo la cabeza, ha dicho: no, no se baja acá. Pero me lo ha dicho a mí, como si yo hubiese hecho algún movimiento: Que hay que seguir, ha dicho: Y me mira. Lo mira. Nos vigila. Y da pena -rabia- pensar que es inútil que ese hombre, al bajarse del colectivo, queriendo huir del manicomio, haya caminado por calles polvorientas -porque las escenas han vuelto, estoy recordando-, calles laterales que no conocía, que sólo servían para alejarlo de los pabellones sucios. Hasta que es la noche -la totalidad de la noche- y ya es imposible seguir caminando. Siente hambre y ve la luz de un bar. Se acerca. Ha dado vueltas y no sabe que está nuevamente cerca del camino. Se sienta; pide algo. Entonces entró el policía y miró las alpargatas pintadas de verde en la punta y dijo: vamos que te deben andar buscando. Y se lo llevó a La Plata, anotando su hazaña en alguna seccional pródiga de ascensos. Ahora, en el mismo colectivo en que los otros van a cumplir sus visitas, lo trae. Mientras los otros preguntan y el policía también se ríe. Y vigila. Nos mira. Me mira como si temiera que ese hombre vencido, derrumbado ahí, entre el vidrio y el asiento, pudiera revelarse y atacarme. Pero siento que no debo confiar en él, aunque vigile para que no me pase nada.
Pero el nombre, de pronto, ha elevado el rostro, y lo ha vuelto hacia mí, murmurando algo indescifrable. Levantándose. Lentamente, entre miradas de burla, ha cruzado el colectivo. Este se detiene y el hombre se baja. No sé qué hace el policía. Está ahí, como atontado. Como si la frialdad con que el hombre ha decidido no llegar al final, volver a escaparse, lo hubiera dejado mudo. Incapaz de dar un paso. Y sigue como un estúpido, con la mirada clavada en mí. Me doy vuelta, la sorpresa hace que me dé vuelta, y aunque el policía se mueva casi al mismo tiempo, como para detenerme, alcanzo a ver al hombre que, tras el vidrio final, va disminuyendo. Mira el asfalto, lo mide casi, como despertando de un sueño. Después, comienza a caminar: solo, al sol y vacilante. Mientras en el colectivo alguien habla. Alguien dice: qué curda tenía, se pasó como veinte cuadras. Y yo debo otra vez hacer esfuerzos, atarme a los objetos, porque esa zona fantasmal y conocida avanza sobre mí, impidiéndome entender por qué otra voz dice: Sí, qué curda, se tendría que haber bajado donde le dijimos, en La Granja. Como explicándole a alguien que no está en el secreto. Agregando algo que tampoco puedo entender: un poco más y ése va a parar adentro, también. Adentro es el fondo, el final del embudo. Porque todo eso ha vuelto: concreto, insoportable. Vuelve el interminable alambrado, el portón. Ya se ven los altos pabellones sucios, los techos de chapa, el viento silba entre los pinos. Todo es demasiado real. Y ya es inútil frotar los pies contra el asiento, tratando de borrar la franja verde. La misma que vio el maldito policía que está ahí. Que me sigue mirando.
  

jueves, 3 de junio de 2010

Rayuela - Clases particulares




"Rayuela" es un proyecto que reúne a un grupo de docentes dedicados a la enseñanza de diferentes materias en el nivel secundario.

Sabemos que la tarea de educar está más allá de los contenidos específicos de cada disciplina y que, con frecuencia, las dificultades que los estudiantes tienen que afrontar también están más allá de esos contenidos. Por eso, no solo prestamos atención a los programas, sino que ofrecemos orientación y apoyo en diferentes aspectos que hacen a la tarea de estudiar. 

Consideramos que una buena comunicación con los padres es imprescindible para acompañar la tarea de los estudiantes. Entendemos, además, que es el modo más apropiado de responder a la confianza que han puesto en nosotros.

En FB: Rayuela - Clases particulares

miércoles, 2 de junio de 2010

A sus plantas rendido un león

Dardo Scavino exploró en los relatos de la independencia hispanoamericana para reconstruir el “fervor contradictorio” de los criollos, tan deseosos de reclamar la herencia de los españoles como de marcar su diferencia con los otros habitantes del suelo americano. Narraciones de la independencia combina el rigor en la lectura de los documentos históricos con un ameno abordaje para un público amplio, en tiempos de reflexión bicentenaria.

Por Enrique Foffani
Página 12 - Radar libros (23/05/10)

 

En consonancia con la conmemoración del Bicentenario, el libro de Dardo Scavino ofrece, sin embargo, una disonancia: bucear en los pliegues del “fervor contradictorio” desde el interior de las narraciones de la independencia americana a comienzos del siglo XIX y su incidencia hasta el presente. La nominación entrecomillada pertenece a Octavio Paz pero tanto el uso singular del artículo indeterminado (un fervor contradictorio) como la raigambre foucaultiana del concepto “arqueología” permitirían avizorar, desde el comienzo, la fidelidad a un método de lectura crítica que no habrá de apartarse ni distraerse nunca del propósito trazado: la pesquisa de la arché de las revoluciones y las independencias, aquello que funciona como fundamento de lo que son: relatos, fábulas, es decir, narraciones que poseen sus propias reglas de narrar, que apelan o marginan a los destinatarios de esas historias, que se narran a partir de una peripecia determinada, que se aprovechan tanto de los recursos retóricos como de las posibilidades de la enunciación. Una buena traducción del subtítulo del libro podría ser: acerca de la arqueología de una identidad ambivalente como la del criollo cuyo epicentro parece radicar (y el tema de las raíces genealógicas no es aquí menor) en los intereses que lo afectan, de allí que la suya se presente como una mentalidad ambidextra, que juega a dos puntas y concreta, en esa dualidad, la hegemonía política en la historia hispanoamericana.

Es lo que Scavino, parafraseando a Freud, denomina la “novela familiar del criollo”: la historia de una minoría descendiente de los españoles conquistadores, la cual, a partir de cierto momento, ve negados sus derechos legítimos a la riqueza que merecen en calidad de herederos (ius sanguinis o derecho de sangre) y hace valer en consecuencia, al sentirse ninguneados por el poder de la metrópolis, el otro derecho (ius soli o derecho de suelo). El conflicto es, también, jurídico: fluctúa entre la identificación con los otros (indios, negros) igualados por haber nacido en suelo americano y la identificación con los españoles, de quienes los criollos obtendrán al fin por el derecho de sangre no sólo prosapia sino también la propiedad sobre los bienes y sobre todo: el poder.

La primera de estas identificaciones da lugar precisamente a la otra narración, que Scavino denomina la “epopeya popular americana”: aquella que concibe la conquista como una usurpación y violación de los derechos y fraterniza con los otros conquistados, es decir con los oprimidos y los vencidos. Tal como lo describe el autor del libro, “los criollos ocupan dos lugares a la vez (...) en una narración formaban parte de un pueblo; en otra, de un clan apenas. Aunque ambas narraciones son hispano-americanas, cada una parece privilegiar una mitad del gentilicio”. Pero la novela familiar del criollo enseguida muestra que es el relato de sus intereses que sabemos muy bien, en la era del capitalismo, cómo funcionan: como la regencia de lo político y lo económico que articulará la noción de hegemonía. Justamente cuando la Historia ofrece la abdicación del rey en el sentido del regente de la monarquía, es esta misma vacancia la que hace posible la revolución, aun cuando para muchos –como para Alberdi por ejemplo– sea un acontecer inconcluso que obtendría su completud en el futuro. El principio de la secularización está a la vista: ante una regencia vacía, otra ocupará su lugar: la hegemonía política de los criollos. No obstante el áureo instante de la revolución mientras ésta se despliega en el durante del acontecer, el litigio (Scavino lo llama antagonismo) será el núcleo de la identidad criolla, analizada en este libro como el desarrollo de sus variaciones a lo largo de dos siglos. Así, de manera magistral, el arte de narrar y los procesos de enunciación aportan saberes y estrategias bastante fructíferos a la hora de abordar críticamente las fábulas de la Revolución/Independencia: durante, antes y después son las tres temporalidades que acompasan ese gran acontecimiento que sigue repercutiendo aún hoy. Y Scavino se encarga de que el lector descubra el valor de estas fabulaciones y se percate, por su propio raciocinio, de su potencial social, ya que aquéllas están más cerca del mito que de la realidad de los hechos. A partir de una lectura inteligente de Sorel, hay que entender estas fábulas de la independencia de manera paradójica, esto es, como fábulas que generan una relación de dependencia: los sujetos no pueden vivir sin estos relatos, son sus adictos, porque se trata de convicciones amasadas en los mitos del pueblo, que poseen la fuerza de lo simbólico entendido como lo imaginario efectivizado. Partiendo de Sorel, Scavino vuelve como un arqueólogo a Marx y es muy claro cuando describe el valor de estas narraciones: “Marx tenía razón cuando comparaba a la religión con la adicción a los narcóticos. Sólo le hubiese faltado añadir que estas convicciones no se limitan a la creencia en alguna divinidad y que los sujetos humanos no pueden vivir sin ellas”.

En primer lugar, hay que decir que el libro de Scavino no adhiere al fervor de las efemérides efímeras que pasan sin pena ni gloria y dejan todo en el mismo lugar –el del altar secularizado del monumento donde viven su sobrevida inalterable los próceres patrios–, más bien descoloca las verdades instauradas y demuestra que a veces el fervor es contradictorio, fluctuante. Ahondar allí es abrir el camino a la lucidez cuando ésta ilumina un territorio que antes no era reconocido como tal. Pasión democrática que nunca se olvida para quiénes escribe lo que escribe: es raro encontrar en estos tiempos una prosa como ésta que interesa tanto al intelectual como al lector común y que es capaz de explicar con claridad lecciones hegelianas y nociones lacanianas bastante complejas. En segundo lugar, tanto el catálogo de autores analizados, imposibles de agotar en esta nota (desde Carlos de Sigüenza y Góngra, Fray Servando Teresa de Mier, Espinosa Medrano, Bolívar, Vitoria, a Sarmiento, Alberdi, Lugones, Murena) como el de los pensadores de sus apartados (que denomina “excursus” y son cuatro: Hegel, Sorel, Levi-Strauss y Vitoria) y el de los poetas (Bello, Olmedo, Torres Caicedo, González Prada, Neruda, Adoum) conforman la densa trama de fábulas de los dos siglos en los que se gestan sus variaciones seculares. En esta dirección el lector puede descubrir los múltiples vasos comunicantes, las filiaciones, las continuidades y discontinuidades que dan solidez a este cuerpo de relatos. En tercer lugar, se trata de un libro que dialoga con muchos otros que tratan el mismo tema desde otras perspectivas de análisis pero dentro de lo que podríamos llamar el ámbito del latinoamericanismo, entre los cuales citamos dos excelentes libros: el del chileno Jaime Concha, La sangre y las letras y, el de la argentina Elena Altuna, Retórica del desagravio. Estudios de cultura colonial peruana. Por último, una de las reflexiones más provocativas a nuestro juicio reside en el hecho de que estas narraciones de la independencia (no por azar dedicadas expresamente a la memoria de dos grandes pensadores de la relación entre cultura y política como lo fueron Nicolás Rosa y Oscar Terán) pueden leerse nítidamente en el texto del presente: “Doscientos años después de las revoluciones de la independencia que suprimieron el pongo, el yanoconazgo y la mita, las mismas poblaciones se encargan de limpiar las casas de los criollos, de cultivar y cosechar sus campos y de internarse en sus minas”.