jueves, 29 de julio de 2010

Dos poemas de Robert Desnos



A la misteriosa   (Traducción de Francisco de la Huerta)

Tanto he soñado contigo que pierdes tu realidad.
¿Habrá tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo
y besar sobre esa boca
el nacimiento de la voz que quiero?
Tanto he soñado contigo,
que mis brazos habituados a cruzarse
sobre mi pecho, abrazan tu sombra,
y tal vez ya no sepan adaptarse
al contorno de tu cuerpo.
Tanto he soñado contigo,
que seguramente ya no podré despertar.
Duermo de pie,
con mi pobre cuerpo ofrecido
a todas las apariencias
de la vida y del amor,  y tú, eres la única
que cuenta ahora para mí.
Más difícil me resultará tocar tu frente
y tus labios, que los primeros labios
y la primera frente que encuentre.
Y frente a la existencia real
de aquello que me obsesiona
desde hace días y años
seguramente me transformaré en sombra.
Tanto he soñado contigo,
tanto he hablado y caminado, que me tendí al lado
de tu sombra y de tu fantasma,
y por lo tanto,
ya no me queda sino ser fantasma
entre los fantasmas y cien veces más sombra
que la sombra que siempre pasea alegremente
por el cuadrante solar de tu vida.



 
El último poema (Traducción de Carlos Vitale)

Soñé tanto contigo,
caminé tanto, hablé tanto,
amé tanto tu sombra,
que ya nada me queda de ti.
Sólo me queda ser sombra entre las sombras,
ser cien veces más sombra que la sombra,
ser la sombra que regresará y regresará
a tu vida plena de sol.
 

domingo, 25 de julio de 2010

Massera, Videla y Agosti contra los elefantes que ocupan mucho espacio

Por Laura Lifschitz / Tiempo Argentino (25 de julio de 2010)
    
Según los militares que asumieron el gobierno en 1976, la subversión estaba agazapada en los lugares más insospechados. Por ejemplo, en libros para chicos como La torre de cubos o El pueblo que no quería ser gris.
    
El 23 de noviembre de 1976 María Celestina González Gallo fue secuestrada. Estudiante de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán –que ya por ese entonces había sido intervenida militarmente por Antonio Bussi–, “Tina”, como la llamaban, trabajaba de maestra. La señorita Tina enseñó a los chicos de la localidad de Los Pereyra, cuyos habitantes ni siquiera hoy pueden dar cuenta exacta de su trágica historia. Pero de algo están seguros: dicen que ella era “linda y buena”.
    
Seguramente Tina haya tenido el tiempo suficiente para narrar mágicas historias a sus alumnos. En lo que le quedó de vida desde el 24 de marzo de 1976, una amarga suerte pudo haberle dado alguna ventaja para seguir contando historias. El mismo día en que Tina fue secuestrada, el general Jorge Rafael Videla daba lugar a un memorándum en que hablaba de “la radicalización del accionar opositor de docentes, alumnos y no docentes en el quehacer educativo y de los elementos actuantes en el ámbito cultural y científico-técnico”. A partir de allí, se implementaron disposiciones con el fin de prohibir ciertos textos infantiles, y se instó a las autoridades escolares a denunciar a los docentes que los difundieran. La literatura para chicos también comenzaba a estar en la mira.
  
DE PUÑOS COLORADOS Y ELEFANTES QUE HACEN HUELGA. El 8 de febrero de 1977 el gobierno de facto prohibió el libro escrito en la Berlín Occidental Cinco dedos. Ocho días más tarde, sus editores, Daniel Divinsky y Kuki Miller, creadores de Ediciones de la Flor, fueron detenidos. Meses antes, en octubre del ’76, a Divinsky le habían aconsejado que abandonara el país: Osvaldo Bayer le relató una historia escalofriante. Un miembro de la SIDE le había explicado que el alcance del accionar subversivo era tal que hasta se quería adoctrinar a los chicos. Y acto seguido el agente le mostró a Bayer un ejemplar de Cinco dedos, apenas un texto en el que una mano verde persigue a los dedos de una roja que, para defenderse y vencer, se une y forma un puño colorado. Al parecer, la advertencia de peligrosidad llegó de manos de un coronel de Neuquén, quien tras ver el libro que su esposa regalaba a sus hijos, quedó petrificado ante la evidencia de que la mano derrotada fuera verde −color del uniforme de fajina−,  mientras que la vencedora resultaba ser una sospechosa mano “comunista”.
   
El 13 de octubre de 1977 el Poder Ejecutivo Nacional informó mediante un decreto que los cuentos de Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann, tenían como finalidad “un adoctrinamiento que resulta preparatorio a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo”. Las fuerzas armadas argentinas hablaban de un texto que había sido elegido para integrar la Lista de Honor del Premio Internacional Hans Christian Andersen. El cuento que da título al volumen se refiere a un elefante que, como tal, pensaba en grande: y pensaba en declarar una huelga general en un circo, pues estaba claro que vivir en esas condiciones no era vivir con libertad. Tras el secuestro de los ejemplares del libro de Bornemann, la escritora fue excluida de toda institución educativa hasta 1983.

Muchos otros textos fueron prohibidos. Entre ellos estaban El pueblo que no quería ser gris de Beatriz Doumerc, con ilustraciones de Áyax Barnes, y La ultrabomba, ambos del sello Rompan Filas. El primero narraba la rebeldía de un pueblo ante un monarca que pretendía obligar a sus habitantes a homogeneizarse en un triste gris. El segundo refería la negación de un piloto a cumplir la orden de arrojar una bomba.
   
UNA TORRE Y UNA ISLA. Las prohibiciones aplicadas a la literatura, a los intelectuales y artistas a partir de la llamada Operación Claridad, iniciada el mismo día de la desaparición de la señorita Tina, generó disparates tales como el secuestro de ejemplares cuyos títulos fueran sospechados de tendencias de izquierda y subversiva, como por ejemplo, el manual técnico La cuba electrolítica. Presumiblemente este  haya sido un motivo más para la censura de La torre de cubos, de Laura Devetach, el 23 de mayo de 1979. Entre otras razones, porque se consideraba  que el libro rechazaba “la organización del trabajo, la propiedad privada y el principio de autoridad”. Seguramente ello habrán concluido las autoridades educativas  tras la lectura de uno de sus cuentos, “La planta de Bartolo”, en que un chico  así llamado decide plantar un cuaderno en un macetón para proveer a todos los nenes de su pueblo y así garantizarles el derecho a dibujar, a escribir y a aprender. Cuando el vendedor de cuadernos del lugar insiste en comprarle a Bartolo su planta para equilibrar la merma en sus ventas, este responde: “Los cuadernos no son para vender, son para que los chicos trabajen tranquilos.” Entre las objeciones, el gobierno de facto insistía: “simbología confusa, cuestionamientos ideológicos-sociales, objetos no adecuados al hecho estético, ilimitada fantasía”.
   
En estos años, la construcción de la memoria de la última dictadura referida a la infancia se volvió un tema prioritario. Los aportes de Graciela Montes, Judith Gociol y Rossana Nofal, entre muchos otros, han sido de vital importancia. Esta última señala que “la literatura infantil (…) es uno de los espacios en el que se libran los combates entre memoria y olvido más reveladores de nuestra cultura”. Nofal es esclarecedora respecto del caso de la provincia de Tucumán: durante la gobernación de Antonio Bussi a finales de la década de 1990, en los diseños curriculares para el área de Lengua “el tema de la memoria está ausente en las propuestas de contenidos”. Habían pasado veinte años, y Tucumán seguía en idénticas condiciones de oprobio.
  
La señorita Tina fue vista con vida por última vez en febrero de 1977 en el centro clandestino de detención Arsenal Miguel de Azcuénaga,  de la 5ª Brigada de Infantería del Ejército, cuando su comandante era Antonio Bussi. Este también cumpliría funciones en la Jefatura de Policía, lugar donde se cometieron los crímenes de lesa humanidad por los cuales el último 11 de julio se condenó a prisión perpetua a Luciano Benjamín Menéndez. Triste coincidencia: más tarde, en el predio de la ex Jefatura funcionaría la secretaría de Educación de la provincia. También es preciso recordar que la Escuelita de Faimallá y la Escuela Lavalle funcionaron como campos de concentración en Tucumán. Esta última con el agravante de que nunca dejó de servir  como institución escolar mientras lo hacía como centro de torturas. El informe de la comisión bicameral creada en 1984 en Tucumán para investigar los crímenes de la dictadura refiere las dimensiones de Arsenal Miguel de Azcuénaga. En alguna de las 92 celdas de 80 cm de ancho por 1,50 m de fondo estuvo recluida María Celestina González Gallo.  ¿Qué cuento podría haber contado la señorita Tina en aquel momento? Sin dudas, el del elefante con grandes ideas que luchaba por su libertad. 

   

lunes, 19 de julio de 2010

Concurso fotográfico Leer

Eterna Cadencia y Fundación T.E.M.A.S. invitan a participar del concurso fotográfico Leer. Las obras deberán mostrar la relación entre la fotografía y la lectura en sus más variadas maneras. La participación es vía mail y se recibirá el materal en la dirección: leer@eternacadencia.com.ar desde el 1º de julio hasta el 15 de septiembre de 2010. Habrá importantes premios y la posibilidad de exponer en una muestra conjunta. 

Jurado invitado: Dani Yako, Martín Caparrós y Eduardo Villar.

Las bases del concurso pueden descargarse en el blog de Eterna Cadencia

miércoles, 14 de julio de 2010

Dr. Jekyll & Mr. Hyde

El hombre y el monstruo

(Dr. Jekyll & Mr. Hyde, EUA-1932) de Rouben Mamoulian, con Fredric March, Miriam Hopkins, Rose Hobart, Holmes Herbert. 87’.


El 31 de julio a las 22:00  
Malba 
Avenida Figueroa Alcorta 3415
Entrada general: $17
Estudiantes y jubilados: $8







"Estrenada antes de que el Código Hays entrara en plena vigencia, esta versión alude explícitamente a la represión sexual como causa principal de las investigaciones del Dr. Jekyll. Los guionistas no sólo decidieron dar forma concreta a las actividades censurables que practica Hyde (dato que la novela no aporta) y resolvieron que el Dr. Jekyll fuera joven e impetuoso, lo que acentuaba su enfrentamiento con el ambiente de la alta sociedad londinense, cargada de prejuicios. Su deseo de casarse cuanto antes con su prometida Muriel es considerado indecente por el padre de la joven y esa postergación del deseo, incrementado por el encuentro fortuito con una prostituta, es el hecho principal que precipita la transformación y libera a Hyde".

"La caracterización de Barrymore como el Sr. Hyde es razonablemente fiel a la novela, que lo describe como un individuo “pálido y diminuto”, cuya repelencia era más esencial que física. Barrymore insistió en realizar la escena de la transformación ante la cámara, sin maquillaje, dato que la vuelve singular en la larga historia de adaptaciones que tuvo la novela. Entre los agregados de esta versión, cabe mencionar una novia para el Dr. Jekyll (personaje que se prolongaría a otras versiones), un amigo cínico y un final en el que los implicados ocultan la verdad para preservar el buen nombre de Jekyll.

Se exhibirá con música en vivo, compuesta e interpretada por la National Film Chamber Orchestra, coordinada por Fernando Kabusacki".

miércoles, 7 de julio de 2010

Carlos Fuentes

| Me pregunto si un evento que no es narrado, ocurre en realidad. |

a

Fuentes, Carlos, El naranjo, o los círculos del tiempo (1993), Buenos Aires, Alfaguara, 2006.

Hernán Diez

Los cinco relatos de “El naranjo, o los círculos del tiempo” (1993), de Carlos Fuentes, abarcan distintos lugares y épocas: En “Las dos Numancias”, la celtíbera ciudad de Numancia que Publio Cornelio Escipión Emiliano sitió y arrasó en el año 133 a.C.; en “Las dos orillas”, la ciudad de Tenochtitlan, destruida en 1521 por Hernán Cortés, que había llegado a Yucatán en 1519 y regresó a España para morir en 1541; encontramos al México colonial, en “Los hijos del conquistador”, cuyos protagonistas son Martín 1 (hijo de Cortés y María de Zúñiga) y Martín 2 (hijo de Cortés y Malinche); en “Apolo y las putas”, Vicen Valera, un galán de Hollywood, muere a bordo de una embarcación llamada “Las dos Américas”, en la que viajaba con siete putas acapulqueñas; “Las dos Américas” reúne “fragmentos del diario de un marinero genovés”, en el que se entrelazan mentiras y verdades sobre el Nuevo Mundo.

Si bien cada uno de estos relatos puede leerse de manera separada, se articulan entre sí en el universo imaginario que propone la novela, cuyo centro es un naranjo. Este árbol es introducido por los árabes en España y de ahí llega a América. El periplo del naranjo y al fin su ubicuidad se liga simbólicamente a la noción de transculturación, entendida como un proceso que ocurre en dos direcciones dentro de la relación conquistador - conquistado. Esta tensión entre ambos términos atraviesa a todos los personajes.

El fondo histórico de estos relatos es la conquista. Cambian los lugares, los nombres y las fechas pero la catástrofe es la misma. Como en Borges, aquí la historia y la literatura no se disputan la verdad de los hechos. La historia necesita ser contada. Y ese relato se crea en el mismo ámbito discursivo que la literatura. “Me pregunto si un evento que no es narrado, ocurre en realidad. Pues lo que no se inventa, sólo se consigna. Algo más: una catástrofe (y toda guerra lo es) sólo es disputada si es narrada. La narración la sobrepasa. La narración disputa el orden las cosas. El silencio lo confirma”.

domingo, 4 de julio de 2010

Silvina Ocampo

Ocampo, Silvina, “Rhadamanthos”, El pecado mortal, Buenos Aires, Eudeba, 1966.
 
 
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                                          Rhadamanthos
 
 
La envidiaba por sus pecados con una envidia que la car­comía, una envidia que no la dejaba descansar, y ahora, ahí es­taba, muerta. Nada en el mundo podría resucitarla. Ahí esta­ba, muerta como una piedra preciosa, que no sufre, con todos los honores, con todas las ceremonias. ¡Ni siquiera desfigura­da! Y si lo hubiera estado, alguien se hubiera encargado de ver en ella un encanto nuevo, el encanto de sus imperfecciones. Joven, nada le quitaría la juventud; tranquila, nada le quitaría la tranquilidad; impura, nada le quitaría su aparente pureza. Las iniciales sobre el paño negro del coche fúnebre brillaban, y sus retratos ya se repartían entre los amigos de la casa. No ha­bía modo de contener las lágrimas que vertían por ella un hijo de ocho años, un marido de treinta y esa corte ridícula de ami­gos que la admiraban, aun más que antes. En los armarios, aquellos vestidos que olían a perfume, serían sus delegados. Con ellos el recuerdo maquinaría costumbres, ritos en su me­moria. Las santas tienen altares, pero ella, que se había suicida­do, tendría en cada corazón alguien que suspiraba secretamen­te por su memoria.
 
Injusticias de la suerte, pensaba Virginia, mientras subía las escaleras. Yo que he sufrido tanto, yo que soy pura, yo que tengo a veces cara de muerta, yo que no tengo miedo de nadie. yo no me he suicidado. Nadie llora por mí.
 
Entró en el cuarto donde la velaban. Flores, las flores que le agradaban tanto, la cubrían. En la luz trémula de los cirios bri­llaban la frente, los pómulos, las mejillas, el cuello y los labios, como si estuviese viva. Ninguno de sus defectos se veía, ni los dedos de los pies, que eran tan insólitos, ni las piernas demasia­do fuertes. Se había arreglado, peinado, pintado, para torturarla.
 
­Para no verle la cara se arrodilló; para no pensar en ella, rezó. Un zumbido de voces le llenó los oídos. La gente habla­ba, ¿de qué? Sólo de ella. Era pura, decían, como la luz. Se pu­so de pie. Por suerte, nadie advierte en las miradas los íntimos sentimientos de un ser.

Virginia se dirigió al dormitorio de la muerta. Buscó el peine, para peinarse, buscó el lápiz de los labios, para pintarse, buscó el perfume, para perfumarse, y se miró en el espejo. Sa­lió de la casa apresuradamente; entró en una tienda donde compró papel de cartas (el papel que tenía en su casa era un pa­pel ordinario). Caminó por la calle mirando la punta de sus za­patos de bruja; subió por un ascensor interminable, abrió una puerta y entró en su cuarto. Se puso a escribir maravillosas car­tas de amor dirigidas a la muerta, revelando en ellas, con toda suerte de subterfugios, la vida monstruosa, impura, que le atribuía. Al pie de la carta firmaba con el nombre del supuesto amante. En una noche, mientras velaban a la muerta, escribió veinte cartas, cuyas fechas abarcaban toda una vida de amor.

A la mañana siguiente, al alba, hizo un paquete con las cartas, las ató con la cinta rosada de uno de sus camisones, las lle­vó a la casa mortuoria y las depositó en el armario de la muerta.