20.11.09

Talleres

Talleres de creación literaria

Grupales

  • El taller se realiza desde hace cinco años en diferentes espacios abiertos a la comunidad. Está dirigido a quienes desean descubrir y ampliar sus recursos para la lectura y escritura creativas. En los encuentros se hacen puestas en común de los trabajos realizados durante la semana, se leen textos literarios y sobre literatura.

Individuales

  • El taller individual está pensado para aquellos que hayan tenido una experiencia en talleres grupales y quieran trabajar sobre aspectos específicos de sus textos.


Talleres de redacción

  • El taller de redacción es individual y ofrece herramientas para la producción de textos no literarios (informes, cartas, artículos, notas, monografías, tesis, etc.).


Redacción y corrección de textos

Redacción

  • Documentos institucionales
  • Informes
  • Cartas
  • Artículos periodísticos
  • Contenido web, newsletter, blog

Corrección de textos

  • Corrección ortográfica y tipográfica
  • Corrección de estilo
  • Sugerencias y comentarios críticos

Nota: a la corrección de textos literarios se puede agregar un encuentro para ampliar la devolución.


Desgrabaciones
  • Clases, seminarios, etc.
  • Conferencias de prensa

15.11.09

Kay Ruane


Este dibujo es de la artista estadounidense Kay Ruane. Pueden ver sus trabajos en: http://www.kayruane.com/index.html

2.11.09

Entrevista / Alejandra Zina



Hace una semana le envié a Alejandra Zina* unas preguntas por correo electrónico. Me dijo que no había problema, que en unos días me daba las respuestas. Aquí están:


Uno podría imaginarse una situación ideal por la cual se llega a la publicación de un libro de cuentos: en un momento dado, nos encontramos ante una serie de textos que pueden reunirse en un libro de acuerdo con ciertas afinidades. ¿Cómo es que tu trabajo como escritora derivó en la publicación de Lo que se pierde?

Si existió esa situación ideal no la vi yo, sino Selva Almada, escritora prodigiosa y entonces editora de Carne Argentina. Creo que fue diciembre de 2004 o verano de 2005. Hacía calor. Estábamos en el altillo de su casa del Pasaje Vintter, Caballito, tomando cerveza y charlando sobre libros de otros, cuando me preguntó si no había pensado en publicar mis cuentos. Una pregunta que enseguida se volvió propuesta. Como ella los conocía, empezó a nombrarme aquellos relatos que tenían una atmósfera común. Como si quisiera juntar a los parientes desperdigados de una misma familia. Gente que busca gente. Cuento que busca cuento. No le costó demasiado convencerme. La primera selección se llamó Carioca (como uno de los cuentos incluidos), lo presenté al subsidio del Fondo Metropolitano y no salió. Hice cambios en la selección y en el título, porque Carioca me parecía equívoco y poco abarcativo. Lo reemplacé por Lo que se pierde y ahí, paradojicamente, gané el subsidio. El libro salió en noviembre de 2005, después de varios meses de trabajo en la corrección, edición y presentación al público. Entre las editoriales independientes, Carne Argentina se distinguía por el cuidado de sus ediciones y las presentaciones que incluían cierta puesta en escena.


En Lo que se pierde, ¿hay cuentos que se aproximan más que otros a tus trabajos más recientes? ¿Cuáles serían esos textos?

No lo hago hace tiempo, pero supongo que releer aquellos cuentos sería como ver fotos de mi infancia. Soy yo y soy otra. ¿Cuáles se acercan a lo que soy ahora y cuáles no? En algún punto, todos se acercan y todos se alejan. Hace pocos días salió en España una antología [1] que incluye “Baldío”, es el único que volví a leer para reeditar. Es un cuento que quiero especialmente porque me costó varios borradores. No sé si es mejor que los otros, pero lo que cuesta se saborea más.


Si vieras todo lo que has escrito hasta hoy como un trayecto, ¿qué cambios te parecen más significativos?

Al principio, escribir ficción fue una catarsis. Yo estudiaba Letras en la universidad y antes de terminar la carrera me di cuenta de que no conseguiría una beca para hacer un master en Princeton o Nueva York. Y que tampoco soñaba con brillar en la arena académica, yo me imaginaba escribiendo novelas. Aunque tenía varios profesores escritores que hacían muy bien ambas cosas, como Martín Kohan, Carlos Gamerro, Aníbal Jarkowsky, Miguel Vitagliano. Apenas me gradué, empecé a leer como loca lo que me daba la gana. En parte, para quitarme de encima la borra de Puán: prejuicios, imposturas, jergas intimidatorias. En la facultad conocí obras y autores que me maravillaron, estoy infinitamente agradecida por haber conocido a Stendhal, Rabelais, Juan Ele, Copi, Saer, Mansilla, los leí con pasión, pero toda esta gracia viene con yapa: la fuerza de choque del poder simbólico.

Empecé a escribir ficción en un curso de guión cinematográfico y después pasé al taller de Alberto Laiseca. Por eso digo que al principio fue una catarsis. En los años que siguieron entendí que me había metido en un trabajo tremendo e interminable. LAI es una cruza de maestro zen y general prusiano. Las lecciones se aprenden a largo plazo, el famoso persevera y triunfarás. La palabra trayecto me gusta, como si escribir fuera una especie de road movie, de crecimiento por acumulación de experiencias. Trabajo para que cada historia salga mejor que la anterior, para que los personajes sean cada vez más vívidos y para decirlo en un lenguaje personal. Con el tiempo me di cuenta de que me interesan ciertos sentimientos en particular, como el miedo y aquello que lo provoca. Por eso disfruto leer y ver policiales, thriller, suspenso, terror. Lo hago para divertirme, pero también para soltar todas esas emociones no civilizadas que están bajo llave.


¿Cómo corregís tus textos?

Salvo con las historias de tranco largo que las dejo correr para no perder el ritmo de escritura, corrijo mientras lo hago y al terminar.


¿Qué lecturas pensás que han marcado tu escritura?

Conscientemente, reconozco a Puig, Carver, King, Capote, Matheson, pero debe haber otros. Me
acuerdo más de las lecturas que no me dejaban dormir o las que me hacían olvidar todo lo que pasaba alrededor.


¿Qué lugar tiene la literatura actual en tu trabajo?

De concubinato. Convivencia sin instituciones de por medio.




[1] Un nudo en la garganta. Quince cuentos canallas (Trama Editora, Madrid, 2009).


* Alejandra Zina nació en Buenos Aires en 1973. Publicó dos antologías: Erótica Argentina (Buenos Aires, Atril, 2000) y, en coautoría, En primera persona. Correspondencia argentina en dos siglos (Buenos Aires, Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, 2004). Lo que se pierde, su primer libro de cuentos, fue publicado en 2005 por la editorial “Carne Argentina”. Da talleres de escritura en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica.

10.10.09

Problemas de copyright


El denominado “Dossier Copy / South – Copia / Sur” es un trabajo de investigación que reúne una serie de artículos sobre problemas económicos, políticos e ideológicos del copyright (derecho de autor) en el Sur.

“¿Cuáles son los problemas que las leyes restrictivas ocasionan a los bibliotecarios, maestros y estudiantes del Sur global? ¿Quién se beneficia de la privatización de la cultura? ¿Acaso el Sur global, en donde habita más de dos terceras partes de la población mundial, se beneficia económicamente de la constante expansión del sistema internacional de copyright?” Estas son algunas de las preguntas en las que se encausa el análisis de este grupo de activistas y académicos.



Un extracto de la presentación del dossiere:

“(...) El copyright tiene un largo historial que surge de la legislación inglesa del Siglo XVIII. En un sentido general, se trata de un régimen legal que ofrece una forma limitada de protección monopólica a las obras escritas y creativas preparadas en un elemento tangible (material). Al poseedor del copyright se le otorga el derecho único o exclusivo de hacer una serie de cosas con esa obra como son las siguientes: a) hacer copias de la obra, por ejemplo, fotocopiándola, b) ejecutar la obra, como en una pieza de teatro, c) traducir la obra a otro idioma, d) exhibirla públicamente, como cuando se utiliza una fotografía en una revista. Violar estas restricciones semejantes a las de una propiedad es una infracción al copyright. Aunque en sus inicios el derecho de autor o copyright se enfocaba en las obras escritas, el concepto ha sido ampliado a lo largo de los años a fin de incluir mapas, ilustraciones, música, fonogramas (y posteriormente cintas de audio y ahora CD), fotografías; y más recientemente; programas informáticos y bases de datos. El copyright protege la expresión específica de una idea, no protege la idea en sí misma, y la ley – en algunos países, aunque no en todos – permite un limitado 'uso justo’ o 'trato justo’ por parte de los usuarios de obras cuyo copyrigh es propiedad o posesión de otras personas. Hoy en día, la ley protege (y restringe) una obra con copyright durante toda la vida del autor, más cincuenta años después de su muerte en algunos países, o setenta años en otros – especialmente en Europa y Estados Unidos donde se produce la mayor parte de las obras protegidas con copyright – o se protege por períodos aún más largos en ciertos países. Sin embargo, es relativamente raro que un autor mantenga los derechos de sus obras creativas; por lo general, estos derechos se transfieren (el término legal es se 'ceden') a un editor o productor de grabaciones a cambio de su publicación, de las regalías o por una tarifa fija (En el caso de los empleados que han creado obras con copyright, en la mayor parte de los casos es su patrono quien posee el derecho de copyright). Por ejemplo, en la década de los 60, los Beatles, el conocido grupo pop británico, no poseía el derecho de autor o copyright de las canciones que escribieron, ejecutaron y grabaron.

Aunque la ley de copyright se originó en la legislación europea del Siglo XVIII, esta legislación ha adquirido un alcance internacional. En muchos sentidos, el copyright siempre ha sido un problema internacional. Cuando los dueños del copyright (a diferencia de los autores) en los siglos XVIII y XIX exigían la protección para sus obras, la amenaza para el control del copyright venía a menudo de los vendedores de libros que publicaban ediciones baratas para el mercado extranjero o que importaban ediciones baratas del extranjero para competir en el mercado interno. Es de todos conocido que en el Siglo XIX, Estados Unidos fue uno de los peores 'piratas' del copyright, cuando era un país en vías de desarrollo (El gobierno estadounidense se negó a incluir la protección del copyright a las obras extranjeras, creando así un mercado interno de reimpresiones baratas de los títulos más populares). La creación y la adopción del Convenio de Berna en 1886 (http://www.wipo.int/treaties/es/ip/berne/trtdocs_wo001.html), de 'inspiración' europea, que sigue siendo el principal acuerdo internacional de copyright, ilustra aun más la importancia de la protección internacional del copyright a partir del Siglo XIX.

También es de todos conocido que la 'era de la información' ha transformado fundamentalmente el alcance y la intensidad de las batallas internacionales del derecho de autor o copyright. Aunque la historia del copyright es la historia de la expansión del copyright, la tecnología de la computación ha alterado radicalmente el equilibrio entre los poseedores del copyright y los usuarios del conocimiento. En primer lugar, la facilidad con la cual el material digital puede ser copiado y distribuido por medio de canales 'piratas' ha aumentado considerablemente. En segundo término, aunque quizás más importante, los consumidores y los usuarios cotidianos de las obras cubiertas por el copyright son considerados ahora como 'piratas' y 'ladrones' cuando ellos buscan compartir información, música, entretenimiento y otros materiales encontrados en Internet (Sin embargo, es necesario resaltar que muchas partes del Sur global – y muchos de los que viven al Norte – no están 'conectadas' a Internet por carecer de computadoras, líneas telefónicas confiables y conectividad eléctrica). Estas dos tendencias ayudan a destacar las diferencias diametralmente opuestas entre una cultura de intercambio y una cultura de monopolización y privatización. Tal como lo explicó hace cierto tiempo el activista filipino Roberto Verzola en el taller de Copia/Sur (mencionado arriba en ‘Algunas palabras iniciales…’) hay dos principales sistemas de valores que compiten en el mundo y, en la época actual, “el sistema de valores de la monopolización, corporativización y privatización está siendo impuesto sobre lo que, a mi juicio, es un mejor sistema, un sistema de intercambio”. Como la economía continúa globalizándose y nos volvemos cada vez más dependientes de la tecnología informática y necesitamos el intercambio de información de una forma cada vez más urgente, el copyright y sus premisas han pasado de un lugar marginal en lo económico y en la teoría económica y del desarrollo, a un sitial relativamente importante.

El hecho de que los poseedores del copyright, representados por las industrias del software, música, cine o editorial, hayan estado cabildeando a favor de un control más estricto del copyright no es nuevo. Sin embargo, las décadas más recientes han estado marcadas por una notable ampliación de las leyes de copyright. Entre las victorias más significativas para estos dueños del copyright se podría mencionar la exitosa negociación y establecimiento del acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC), que todos los países que desean integrarse a la Organización Mundial de Comercio eran y son obligados a firmar. Cuando los ADPIC fueron negociados y entraron en vigor en 1995, se produjo una fuerte oposición de parte del Sur global, liderada por la India y Brasil. Desde el principio, para muchos estaba claro que el Acuerdo sobre los ADPIC beneficiaría mucho más a los países ya desarrollados del Norte que a los del Sur global. De hecho, las multinacionales del Norte ya poseen un abrumador porcentaje de los derechos globales de propiedad intelectual (copyright, patentes, marcas de fábrica y otros tipos); la creación, expansión y observancia más estricta de los derechos a la propiedad, incluyendo los derechos de propiedad intelectual, beneficia de manera aplastante a aquellos que ya poseen propiedades. Además, debido a que los derechos de propiedad intelectual se extienden ampliamente en el futuro – por ejemplo, algunos obras con copyright creadas en 2006 todavía estarán sometidas al copyright en 2106 y aun estarán generando ingresos – los acuerdos como el de los ADPIC sirven para fortalecer modelos de riqueza y desigualdad que, si no creamos un movimiento contrario, serán una carga sobre los hombros de varias generaciones futuras, incluso para las del Sur.

Ya han pasado diez años desde que los ADPIC se hicieron realidad. El copyright ha venido cobrando cada vez más importancia durante los últimos diez años y sigue aumentando la presión para que se decreten y hagan cumplir leyes tan duras, o más estrictas, que las promulgadas en Estados Unidos. De hecho, EE UU no estuvo satisfecho con el nivel de protección establecido en el acuerdo sobre los ADPIC y ha proseguido las negociaciones bilaterales con muchos países en todos los otros continentes para crear lo que se ha venido denominando los tratados ‘ADPIC plus’. El nombre más común para tales acuerdos es ‘tratados de libre comercio' (TLC); estos acuerdos siguen un plan hipócrita (y contradictorio): pretenden promover un ‘comercio más libre’ sobre bienes monopolizados tales como productos farmacéuticos patentados y películas que han sido un éxito de venta en Hollywood. Nos preguntamos, en el caso de las películas nigerianas, cubanas o chinas, ¿“cuál es el 'libre comercio' que se produce dentro de EE UU o Europa?” Esto permite alegar que los ADPIC y sus elementos componentes, como el Convenio de Berna, simplemente han reproducido los tipos de desigualdades económicas asociadas con las etapas más tempranas del colonialismo e imperialismo. (...)"

Para conocer más acerca de esta iniciativa pueden consultar el sitio de "Copia Sur"

5.10.09

Banksy

Algunos trabajos del artista londinense.



http://www.banksy.co.uk

4.10.09

"Relatos de los que no se la creen", Drucaroff


Nacieron en la década del 70. La mayoría tiene varios libros publicados. En los últimos dos años,
se editaron tres antologías de relatos que ofrecen un mapa de la nueva literatura argentina.



Elsa Drucaroff - Diario Perfil - 19 de agosto de 2007

Los que nacieron alrededor de los 70 en la Argentina tienen para contar cosas demasiado diferentes de las que, por ejemplo, podemos contar quienes fuimos adolescentes o jóvenes cuando ellos nacían. ¿Las escuchamos? ¿Nos interesan? En todo caso, tenemos una nueva oportunidad de averiguarlo: ahora aparecen dos antologías más de nuevos escritores argentinos: En celo (Sudamericana) agrupa cuentos sobre sexo elegidos por Diego Grillo Trubba; Buenos Aires escala 1:1 llega en estos días: cuentos sobre barrios porteños antologados por Juan Terranova (Entropía).

Que la literatura argentina no se vende, que sólo consiguen vender unos pocos nombres y que, entre ellos, apenas alguno nació luego de 1960 es algo instalado desde hace mucho y un síntoma significativo. Se le echó la culpa al mercado, pero en todo caso el mercado juega su rol en un círculo vicioso: responde a la demanda. El interés del público también hace al mercado y ha quedado claro que sólo a veces se logra interesar a los lectores porque una gran editorial o un diario importante inviertan en concursos y promoción. Algunos se justifican diciendo que no leen argentinos nuevos porque no hay nada realmente bueno, pero cuando les señalo títulos muy valiosos, nombres que tienen ya mucha obra (a veces notable) publicada, y son invisibles o casi, deben admitir que hablan sin haber leído. En cambio mencionan a algunos autores con visibilidad, ya cerca de los 50 años, que publicaban en la vieja Biblioteca del Sur, lanzada por Planeta hace más de una década, o que promocionaba la desaparecida revista Babel a fines de los 80. De ellos algo leyeron, y a veces los mencionan como prueba de una literatura que tiende a la insensibilidad social, el acriticismo y la frivolidad, o aburre porque está escrita para el gueto de expertos en teoría literaria. Hablan en presente, como si el tiempo se hubiera congelado y eso siguiera siendo lo único que hay.

Algo ha empezado a cambiar hace unos años. Los suplementos culturales ya preguntan por nuestra producción actual y algunas editoriales poderosas dan espacios. Después de la crisis de 2001 surgen muchos pequeños sellos, revistas como Mil Mamuts o La Mujer de mi Vida dedican sus páginas a esta literatura (Mil Mamuts, además, nos contacta con obras latinoamericanas de nuevas generaciones que asombran por su alto nivel). Algo se está gestando, pero todavía no alcanza.

Entre 2005 y 2007 se publican por lo menos cuatro antologías de cuentos de nueva literatura argentina: antes de las dos mencionadas, salen La joven guardia (compilada por Maximiliano Tomas) y Una terraza propia (por Florencia Abbate). Si se piensa que a las dos primeras las publicó Norma, durante mucho tiempo única editorial grande que demostraba interés (ya en los 90 se daba el lujo de publicar literatura argentina, aunque no fuera rentable), que una de las dos últimas, En celo, es de Sudamericana y la primera de una serie, y si se mira el reciente catálogo de Emecé, se ve que la actitud de las empresas editoriales está virando. Por otro lado, que Buenos Aires escala 1:1, sobre los barrios porteños, aparezca en Entropía (uno de los pequeños emprendimientos editoriales autogestionarios, de nacimiento reciente) completa saludablemente el panorama. Pasado en limpio: la nueva literatura argentina ya tiene cierta presencia en las vidrieras del mercado. Ahora necesitamos que los que leen en los subtes y llenan a libro abierto bares de las grandes cadenas en los fines de semana, la elijan. ¿Elijan qué? Este es el momento de repetir la pregunta inicial.

Argentina, no te creo nada. Los que nacieron alrededor de los años 70 tienen para decir cosas demasiado diferentes de las que podemos decir quienes fuimos adolescentes o jóvenes cuando ellos nacían. ¿Elegimos escucharlas? Nueva narrativa argentina, que ya se empieza a abreviar: NNA. Y nueva poesía argentina, consciente de sí desde hace más tiempo. ¿Existen? Sebastián Hernaiz, uno de sus críticos jóvenes, advierte: no se trata de usar lo nuevo como argumento de marketing, etiqueta que se aplica previamente a las obras para venderlas como a un nuevo celular; tampoco de refugiarse en la ambigüedad que nos permite el adjetivo y sostener que es literatura nueva porque la escriben escritores que antes no estaban. “Lo nuevo es interesante cuando es constituyente del hoy, en el hoy –dice Hernaiz–; no es algo bueno o malo en sí, sino algo que pide ser pensado histórica y políticamente.”

Entonces: ¿existe una literatura argentina que no sólo se escribe hoy sino que lo constituye, lo contiene? Respondo: sí. Y (robando la frase a Elvio Gandolfo) diría que, como toda literatura que realmente existe, tiene un piso de obras malas, franja amplia de obras dignas, pirámide de notables, Todo eso es imprescindible, todo eso va nutriendo, de un modo u otro, nuevas producciones.

Aunque con variantes en experiencias y producción, la NNA incluye escritores nacidos después de los 70 pero también después de los 60. Es en estas franjas donde tiende a aparecer ese diferente “constituyente del hoy” que es requisito, no porque no esté en escritores de generaciones anteriores sino porque casi nunca está así.

¿Así, cómo? Diría que la característica más distintiva de la NNA pasa por la entonación. La entonación es eso que más conecta el lenguaje con las vísceras, el cuerpo, el contexto inmediato, la valoración o actitud ante lo que nos rodea. Gritar, susurrar, acusar, quejarse, ordenar, proclamar, denunciar, explicar, dudar, bromear, ponerse serio, todo eso se manifiesta también con los tonos de la voz y la literatura también hace sonar entonaciones de papel. La narrativa anterior entona grito, acusación, proclama, denuncia, reflexión, explicación sesuda; si bromea, es con un fin serio: criticar y denunciar; si juega (como jugaron, cada uno a su modo, Cortázar o Borges), es para hacer preguntas filosóficas que no son juego. Serio concierto sinfónico que inevitablemente tendrá timbales en su parte culminante: ésa es la música de gran parte de la buena literatura anterior. La nueva se toma menos en serio. Predomina la socarronería, una semisonrisa que puede llegar a carcajada o apenas sobrevolar, pero señala siempre una distancia que no se desea recorrer: la que llevaría a tomarse demasiado en serio.

Ninguna entonación es un invento, menos en literatura. Esto no lo inventó la NNA, resuena de modos diversos en algunos pocos escritores de generaciones anteriores, que no casualmente están entre los que más leen los nuevos, o empiezan a ser valorados como merecen sólo a partir de los 90: Hebe Uhart, Fogwill, Ana María Shua, Silvina Ocampo, César Aira (que no me gusta). Pero era una entonación marginal, poco valorada en la narrativa anterior; ahora se desplazó al centro y sus posibilidades se despliegan. Es como si lo que la Argentina hubiera enseñado a los escritores nuevos fuera breve y simple: “No me crean nada”.


Cínicos, lúcidos, bizarros.

Como cualquier buena literatura, la NNA valiosa interpela con preguntas nuevas y, queriendo o no, no puede evitar poner en jaque a la sociedad que la produce. Socarronería y distancia se entienden si la gente que escribe fue bebé durante los apasionados 70 y creció mientras la mayoría de los adultos convalidaban (por acción u omisión) un genocidio y una guerra absurda, fue niña y adolescente cuando su patria se hundía sucesivamente en una sanguinolenta paz de cementerio obtenida por la dictadura, una guerra delirante también sanguinolenta, una democracia que pronto desnudó su corrupción e hipocresía, y una cínica fiesta menemista que, ante la euforia masiva, expulsó del sistema productivo a más de la mitad de los compatriotas. Si algo sabe la literatura que se gestó al calor de esta Argentina, es mirar críticamente, pero conoce en carne propia la impotencia de la crítica. Su lucidez sólo puede ser oscura; casi sin eco social, le queda gozar con su sarcasmo, cinismo e ironía. El marcado interés de la NNA por lo bizarro es, en este contexto, apenas un modo profundo de realismo.


Recorriendo novelas y cuentos.

Aunque estén incompletos, aunque falten nombres, aunque muchas de estas series se entrecrucen y no haya espacio para desarrollarlas, tracemos recorridos en la NNA:

Infancia e iniciación, narradas pocas veces desde el realismo “puro”, casi siempre desde uno agujereado por el exceso expresionista: Pablo Ramos, Selva Almada, Paula Varsavsky, Fabián Casas, Juan Incardona, Ariel Bermani.

Textos relacionados lejanamente con el “realismo social”, ahora despojado de dramatismo y urgencia, hasta teñido de humor (Marcos Herrera, Bermani, Fabián Casas, Alejandro Parisi, Ramos), o de absurdo, o siniestro, o casi de fantástico (Alejandra Zina, Mariana Enriquez, Beatriz Vignoli, Luis Sagasti, Claudia Feld).

Irrupciones del fantástico donde, a diferencia de Borges o Cortázar, no se busca ni un centro del mandala ni un saber (Gustavo Nielsen, Samanta Schweblin, Fernanda García Curten, Alejandro López).

Minimalismo para narrar (según autodefinición de Félix Bruzzone) una “juventud sin prioridades”: Eduardo Muslip, Federico Falco, Romina Doval, Ignacio Molina, Claudio Zeiger (en ellos funciona, pero se está volviendo receta). Pasado en el presente: el traumático 1976 como fantasma, generaciones con la conciencia atormentada por el peso de muertos que no conocieron y por la complicidad nunca asumida de los vivos (Bruzzone, Ignacio Apolo, Mariano Dupont, Alejandra Laurencich, Patricia Suárez, Martín Kohan, Carlos Gamerro, Patricia Ratto, Mariano Pensotti, Guillermo Martínez).

Visita cuidadosa a géneros masivos: ciencia-ficción (Alejandro Alonso), policial clásico (Guillermo Martínez, cuentos de Eloísa Suárez), policial negro expresionista (Gamerro, Vignoli, Pablo Toledo).

El viaje, reformulado respecto de la antigua y brillante serie que trazara David Viñas (Gabriel Vommaro, Suárez, José María Brindisi, Carlos Schilling, Patricio Pron, Maximiliano Matayoshi).

La pregunta por vivir y escribir en las fronteras, en las obras de dos orillas de Ana Kazumi Stahl y Andrés Neuman.

La frustración política argentina: Miguel Vitagliano, Florencia Abbate, Gamerro y Pedro Mairal (en cruce con ciencia-ficción).

Los excesos del cuerpo, como si a falta de certezas fueran lo único confiable (Fernanda García Lao, García Curten, Gabriela Liffschitz, Andrea Rabih, Viviana Lysyj, López, Gamerro).

Fascinación crítica ante los medios masivos (Juan Terranova, Ingrid Proietto, Bettina Keizman, Mairal, Vignoli).

Claro que muchos recorridos se entrecruzan y hay otros posibles, ¡y más nombres! Además, en las cuatro antologías de cuentos (centradas en los más jóvenes) hay obsesiones: el exilio económico y el futuro clausurado en La joven guardia; la perversión y lo bizarro en Una terraza propia; cercanías entre el sexo y el consumo mercantil, preguntas por los límites y los riesgos del placer, historias de iniciación en En celo; fascinación por los márgenes de la ciudad porteña, sarcasmo ante sus pretensiones de Primer Mundo y Europa en Buenos Aires escala 1:1.

Como pasa con cualquier antología, las cuatro muestran panoramas con piso y techo, aunque la única que fija un límite al piso es La joven guardia, y las otras tres son demasiado permisivas. En todas faltan prólogos más profundos, y hubiéramos preferido que el gran cuentista Abelardo Castillo, en La joven guardia, leyera los escritores que presenta y no los subestimara con paternalismo (también preferiríamos que los nuevos no permitieran ese prólogo). Sin embargo, el valor de muchos cuentos (a veces la mayoría) justifica plenamente los cuatro emprendimientos. En En celo y Buenos Aires escala 1:1 sobresalen de modos distintos, junto con otros escritores, los textos de Oliverio Coelho (definitivamente, lo suyo es el cuento corto), Maximiliano Tomas, Nicolás Mavrakis, Leonardo Longhi, Federico Levín, Joaquín Linne, Sebastián Martínez Daniell, Hernán Vanoli, Josefina Licitra, Mariela Ghenadenik, Natalia Moret y Hernán Arias.


Entre el genocidio y la boda.

“En marzo del ’76 desapareció papá. En agosto nací yo, el 23. Y en noviembre, dos días antes del nacimiento de mi prima Lola –con quien me casé a los veintisiete–, desapareció mamá. Mi tío Hugo –padre de Lola– dice que en el ’78 yo, frente a una TV recién comprada, ya gritaba ‘tin-tina, tin-tina’. Después de eso, y antes de casarme, pasaron varias cosas.”

Así comienza un cuento de Félix Bruzzone, revelación de las dos últimas antologías. Y así podríamos dibujarle el marco –metafórico, metonímico, más allá de cualquier obra literaria específica, de cualquier trama y estilo– a toda la NNA: pasaron varias cosas y hay una literatura nueva que las está pensando.

A lo mejor la sociedad argentina admite que esa tarea es urgente y le pertenece, y entonces lee lo que sus jóvenes escriben. Así, tal vez, este país deje de impartir a los que siguen naciendo su triste enseñanza: “No me creas nada”.

3.10.09

Vivaldi por Ferenc Cakó