sábado, 30 de octubre de 2010

Alejandra Pizarnik


Sólo un nombre

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debajo estoy yo
alejandra

La última inocencia (1956)

jueves, 21 de octubre de 2010

Sigmund Freud, "El malestar en la cultura".


Freud, Sigmund, “El malestar en la cultura” (1930), Obras completas (XXI), Buenos Aires, Amorrortu editores, 1992. 

Título original: Das Unbehagen in der Kultu

Traducción directa del alemán a cargo de José L. Etcheverry. 

Las anotaciones entre corchetes son de James Strachey

El ensayo de Freud se divide en ocho partes. El texto que sigue corresponde a la segunda de ellas.


En El porvenir de una ilusión (1927 c) no traté tanto de las fuentes más profundas del sentimiento religioso como de lo que el hombre común entiende por su religión; el sistema de doctrinas y promesas que por un lado le esclarece con envidiable exhaustividad los enigmas de este mundo, y por otro le asegura que una cuidadosa Providencia vela por su vida y resarcirá todas las frustraciones padecidas en el más acá. El hombre común no puede representarse esta Providencia sino en la persona de un Padre de grandiosa envergadura. Sólo un Padre así puede conocer las necesidades de la criatura, enternecerse con sus súplicas, aplacarse ante los signos de arrepentimiento. Todo esto es tan evidentemente infantil, tan ajeno a toda realidad efectiva, que quien profese un credo humanista se dolerá pensando en que la gran mayoría de los mortales nunca podrán elevarse por encima de esa concepción de la vida. Y abochorna aún más comprobar cuántos de nuestros contemporáneos, aunque ya ha inteligido lo insostenible de esa religión, se empeñan en defenderla palmo a palmo en una lamentable retirada. Uno querría mezclarse entre los creyentes para arrojar a la cara de los filósofos que creen salvar al Dios de la religión sustituyéndolo por un principio impersonal, vagarosamente abstracto, esta admonición: `¡No mencionarás el Santo Nombre de Dios en vano!´ Pues si algunos de los más excelsos espíritus del pasado hicieron lo mismo, no es lícito invocar su ejemplo: sabemos por qué se vieron obligados a ello.

Volvamos entonces al hombre común y a su religión, la única que debe llevar ese nombre. Lo primero que nos sale al paso es la famosa afirmación de uno de nuestros más grandes literatos y sabios, que se pronuncia sobre el vínculo de la religión con el arte y la ciencia. Dice:

“Quien posee ciencia y arte,

tiene también religión;

y quien no posee aquellos dos,

¡pues que tenga religión!”[1]

Por un lado, esta sentencia opone la religión a las dos realizaciones supremas del ser humano; por el otro, asevera que son compatibles o sustituibles entre sí en cuanto a su valor vital. De modo que si queremos impugnarle al hombre común [que no posee ciencia ni arte] su religión, es evidente que la autoridad del poeta no está de nuestra parte. Ensayemos un cierto camino para aproximarnos a una apreciación de su enunciado. La vida, como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla, no podemos prescindir de calmantes (`Eso no anda sin construcciones auxiliares´, nos ha dicho Theodor Fontane.[2]) Los hay, quizá, de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas, que la reduzcan, y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas. Algo de este tipo indispensable.[3] A las distracciones apunta Voltaire cuando, en su Cándido, deja resonando el consejo de cultivar cada cual su jardín; una tal distracción es también la actividad científica. Las satisfacciones sustitutivas, como las que ofrece el arte, son ilusiones respecto de la realidad, mas no por ello menos efectivas psíquicamente, merced al papel que la fantasía se ha conquistado en la vida anímica. Las sustancias embriagadoras influyen sobre nuestro cuerpo, alteran su quimismo. No es sencillo indicar el puesto de la religión dentro de esta serie. Tendremos que proseguir nuestra busca.

Innumerables veces se ha planteado la pregunta por el fin de la vida humana; todavía no ha hallado una respuesta satisfactoria, y quizá ni siquiera la consienta. Entre quienes la buscan, muchos han agregado: Si resultara que la vida no tiene fin alguno, perdería su valor. Pero esta amenaza no modifica nada. Parece, más bien, que se tiene derecho a desautorizar la pregunta misma. Su premisa parece ser esa arrogancia humana de que conocemos ya tantísimas manifestaciones. Respecto de la vida de los animales, ni se habla de un fin, a menos que su destinación consista en servir al hombre. Lástima que tampoco esto último sea sostenible, pues son muchos los animales con que el hombre no sabe qué hacer —como no sea describirlos, clasificarlos y estudiarlos—, y aun incontables especies escaparon a este uso, pues vivieron y se extinguieron antes que el hombre estuviera ahí para verlas. También aquí, sólo la religión sabe responder a la pregunta por el fin de la vida. Difícilmente se errará si se juzga que la idea misma de un fin de la vida depende por completo del sistema de la religión.

Por eso pasaremos a una pregunta menos pretenciosa: ¿Qué es lo que los seres humanos mismos dejan discernir, por su conducta, como fin y propósito de su vida? ¿Qué e lo que exigen de ella, lo que en ella quieren alcanzar? No es difícil acertar con la respuesta: quieren alcanzar la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla. Esta aspiración tiene dos costados, una meta positiva y una negativa: por una parte, quieren la ausencia de dolor y de displacer; por la otra, vivenciar intensos sentimientos de placer. En su estricto sentido literal, “dicha” se refiere sólo a lo segundo. En armonía con esta bipartición de las metas, la actividad de los seres humanos se despliega siguiendo dos direcciones, según que busque realizar, de manera predominante o aún exclusiva, una u otra de aquellas.

Es simplemente, como bien se nota, el programa del principio de placer el que fija su fin a la vida. Este principio gobierna la operación del aparato anímico desde el comienzo mismo; sobre su carácter acorde a fines no caben dudas, no obstante lo cual su programa entra en querella con el mundo entero, con el macrocosmos tanto como con el microcosmos. Es absolutamente irrealizable, las disposiciones del Todo —sin excepción— lo contrarían; se diría que el propósito de que el hombre sea “dichoso” no está contenido en el plan de la “Creación”. Lo que en sentido estricto se llama “felicidad” corresponde a la satisfacción más bien repentina de necesidades retenidas, con alto grado de éxtasis, y por su propia naturaleza sólo es posible como un fenómeno episódico. Si una situación anhelada por el principio de placer perdura, en ningún caso se obtiene más que un sentimiento de ligero bienestar; estamos organizados de tal modo que sólo podemos gozar con intensidad el contraste, y muy poco el estado.[4] Ya nuestra constitución, pues, limita nuestras posibilidades de dicha. Mucho menos difícil es que lleguemos a experimentar desdicha. Desde tres lados amenaza el sufrimiento; desde el cuerpo propio, que, destinado a la ruina y la disolución, no puede prescindir del dolor y la angustia como señales de alarma; desde el mundo exterior, que puede abatir sus furias sobre nosotros con fuerzas hiperpotentes, despiadadas, destructoras; por fin, desde los vínculos con otros seres humanos. Al padecer que viene de esta fuente lo sentimos tal vez más doloroso que a cualquier otro; nos inclinamos a verlo como un suplemento en cierto modo superfluo, auque acaso no sea menos inevitable ni obra de un destino menos fatal que el padecer de otro origen.

No es asombroso, entonces, que bajo la presión de estas posibilidades de sufrimiento los seres humanos suelan atemperar sus exigencias de dicha, tal como el propio principio de placer se transformó, bajo el influjo del mundo exterior, en el principio de realidad, más modesto; no es asombroso que se consideren dichosos si escaparon a la desdicha, si salieron indemnes del sufrimiento, ni tampoco que dondequiera, universalmente, la tarea de evitar este relegue a un segundo plano la de la ganancia de placer. La reflexión enseña que uno puede ensayar resolver esta tarea por muy diversos caminos; todos han sido recomendados por las diversas escuelas de sabiduría de la vida, y fueron también emprendidos por los seres humanos. Una satisfacción irrestricta de todas las necesidades quiere ser admitida como la regla de vida más tentadora, pero ello significa anteponer el goce a la precaución, lo cual tras breve ejercicio recibe su castigo. Los otros métodos, aquellos cuyo principal propósito es es la evitación de displacer, se diferencian según la fuente de este último a qué dediquen mayor atención. Hay ahí procedimientos extremos y procedimientos atemperados; los hay unilaterales, y otros que atacan de manera simultánea varios frentes. Una soledad buscada, mantenerse alejado de los otros, es la protección más inmediata que uno puede procurarse contra las penas que depare la sociedad de los hombre. Bien se comprende: la dicha que puede alcanzarse por este camino es la del sosiego. Del temido mundo exterior no es posible protegerse excepto extrañándose de él de algún modo, si es que uno quiere solucionar por sí silo esta tarea. Hay por cierto otro camino, un camino mejor: como miembro de la comunidad, y con cuya ayuda de la técnica guiada por la ciencia, pasar a la ofensiva contra la naturaleza y someterla a la voluntad del hombre. Empero, los métodos más interesantes de precaver el sufrimiento son los que procuran influir sobre el propio organismo. Es que al fin todo sufrimiento es sólo sensación, no subsiste sino mientras lo sentimos, y sólo lo sentimos a consecuencia de ciertos dispositivos de nuestro organismo.

El método más tosco, pero también el más eficaz, para obtener ese influjo es el químico: la intoxicación. No creo que nadie haya penetrado su mecanismo, pero el hecho es que existen sustancias extrañas al cuerpo cuya presencia en la sangre y los tejidos nos procura sensaciones directamente placenteras, pero a la vez alteran de tal modo las condiciones de nuestra vida sensitiva que nos vuelven incapaces de recibir mociones de displacer. Ambos efectos no sólo son simultáneos; parecen ir estrechamente enlazados entre sí. Pero también dentro de nuestro quimismo propio deben de existir sustancias que provoquen parecidos efectos, pues conocemos al menos un estado patológico, el de la manía, en que se produce esa conducta como del alguien embriagado sin que se haya introducido el tóxico embriagador. Además, nuestra vida anímica normal presenta oscilaciones que van de una mayor a una menor dificultad en el desprendimiento de placer, paralelamente a las cuales sobreviene una receptividad reducida o aumentada para el displacer. Es muy de lamentar que este proceso tóxico de los procesos anímicos haya escapado hasta ahora a la investigación científica. Lo que se consigue mediante las sustancias embriagadoras en la lucha por la felicidad y por el alejamiento de la miseria es apreciado como un bien tan grande que individuos y aun pueblos enteros les han asignado una posición fija en su economía libidinal. No sólo se les debe la ganancia inmediata de placer, sino una cuota de independencia, ardientemente anhelada, respecto del mundo exterior. Bien se sabe que con la ayuda de los “quitapenas” es posible sustraerse en cualquier momento de la presión de la realidad y refugiarse en un mundo propio, que ofrece mejores condiciones de sensación. Es notorio que esa propiedad de los medios embriagadores determina justamente su carácter peligroso y dañino. En ciertas circunstancias, son culpables de la inútil dilapidación de grandes montos de energía que podrían haberse aplicado a mejorar la suerte de los seres humanos.

Ahora bien, el complejo edificio de nuestro aparato anímico permite toda una serie de modos de influjo, además del mencionado. Así como satisfacción pulsional equivale a dicha, así también es causa de grave sufrimiento cuando el mundo exterior nos deja en la indigencia, cuando nos rehúsa la saciedad de nuestras necesidades. Por tanto, interviniendo sobre estas mociones pulsionales uno puede esperar librarse de una parte del sufrimiento. Este modo de defensa frente al padecer ya no injiere en el aparato de la sensación; busca enseñorearse de las fuentes internas de las necesidades. De manera extrema, es lo que ocurre cuando se matan las pulsiones, como enseña la sabiduría oriental y lo practica el yoga. Si se lo consigue, entonces se ha resignado toda otra actividad (se ha sacrificado la vida), para recuperar, por otro camino, sólo la dicha del sosiego. Con metas más moderadas, es la misma vía que se sigue cuando uno se limita a proponerse el gobierno sobre la propia vida pulsional. Las que entonces gobiernan son las instancias psíquicas más elevadas, que se han sometido al principio de realidad. Así, en modo alguno se ha resignado el propósito de la satisfacción; no obstante, se alcanza cierta protección del sufrimiento por el hecho de que la insatisfacción de las pulsiones sometidas no se sentirá tan dolorosa como la de las no inhibidas. Pero a cambio de ello, es innegable que sobreviene una reducción de las posibilidades de goce. El sentimiento de dicha provocado por la satisfacción de una pulsión silvestre, no domeñada por el yo, es incomparablemente más intenso que el obtenido a raíz de la saciedad de una pulsión enfrenada. Aquí encuentra una explicación económica el carácter incoercible de los impulsos perversos, y acaso también el atractivo de lo prohibido como tal.

Otra técnica para la defensa contra el sufrimiento se vale de los desplazamientos libidinales que nuestro aparato anímico consiente, y por los cuales su función gana tanto en flexibilidad. He aquí la tarea a resolver: es preciso trasladar las metas pulsionales de tal suerte que no puedan ser alcanzadas por la denegación del mundo exterior. Para ello, la sublimación de las pulsiones presta su auxilio. Se lo consigue sobre todo cuando uno se las arregla para elevar suficientemente la ganancia de placer que proviene de las fuentes de un trabajo psíquico e intelectual. Pero el destino puede mostrarse adverso. Satisfacciones como la alegría del artista en el acto de crear, de corporizar los productos de su fantasía, o como la que procura al investigador la solución de problemas y el conocimiento de la verdad, posee una cualidad particular que, por cierto, algún día podremos caracterizar metapsicológicamente. Por ahora sólo podemos decir, figuradamente, que nos aparecen “más finas y superiores”, pero su intensidad está amortiguada por comparación a la que produce saciar mociones pulsionales más groseras, primarias; no conmueven nuestra corporeidad. Ahora bien, los puntos débiles de este método residen en que no es de aplicación universal, pues sólo es asequible para pocos seres humanos. Presupone particulares disposiciones y dotes, no muy frecuentes en el grado requerido. Y ni siquiera a esos pocos pueden garantizarles una protección perfecta contra el sufrimiento; no les procura una coraza impenetrable para los fardos del destino y suele fallar cuando la fuente del padecer es el cuerpo propio.[5]

Si ya en el procedimiento anterior era nítido el propósito de independizarse del mundo exterior, pues uno buscaba sus satisfacciones en procesos internos, psíquicos, esos mismos rasgos cobran todavía mayor realce en el que sigue. En él se afloja aún más el nexo con la realidad; la satisfacción se obtiene con ilusiones admitidas como tales, pero sin que esta divergencia suya respecto de la realidad efectiva arruine el goce. El ámbito del que provienen estas ilusiones es el de la vida de la fantasía; en su tiempo, cuando se consumó el desarrollo del sentido de la realidad, ella fue sustraída expresamente de las exigencias del examen de realidad y quedó destinada al cumplimiento de deseos de difícil realización. Cimero entre estas satisfacciones de la fantasía está el goce de obras de arte, accesible, por mediación del artista, aun para quienes no son creadores.[6] Las personas sensibles al influjo del arte nunca lo estimarán demasiado como fuente de placer y consuelo en la vida. Empero, la débil narcosis que el arte nos causa no puede producir más que una sustracción pasajera de los apremios de la vida; no es lo bastante intensa para hacer olvidar una miseria objetiva {real}.

Hay otro procedimiento más enérgico y radical. Discierne el único enemigo en la realidad, que es la fuente de todo padecer y con la que no se puede convivir; por eso es preciso romper todo vínculo con ella, si es que uno quiere ser dichoso en algún sentido. El eremita vuelve la espalda a este mundo, no quiere saber nada con él. Pero es posible hacer algo más: pretender recrearlo, edificar otro en su reemplazo otro donde sus rasgos más insoportables se hayan eliminado y sustituido en el sentido de los deseos propios. Por regla general, no conseguirá nada quien emprenda este camina hacia la dicha en sublevación desesperada; la realidad efectiva es demasiado fuerte para él. Se convierte en un delirante que casi nunca halla quien lo ayude a ejecutar su delirio. Empero, se afirmará que cada uno de nosotros se comporta en algún punto como el paranoico, corrige algún aspecto insoportable del mundo por una formación de deseo e introduce este delirio en lo objetivo {die Realität}. Particular significatividad reclama el caso en que un mayor número de seres humanos emprenden en común el intento de crearse un seguro de dicha y de protección contra el sufrimiento por medio de una transformación delirante de la realidad efectiva. No podemos menos que caracterizar como unos tales delirios de masas a las religiones de la humanidad. Quien comparte el delirio, naturalmente, nunca lo discierne como tal.

No creo que sea exhaustivo este recuento de los métodos mediante los cuales los seres humanos se empeñan en obtener la felicidad y mantener alejado el sufrimiento. Sé, además, que el material admitiría otros ordenamientos. Todavía no he mencionado uno de esos métodos, no por haberlo olvidado, sino porque nos ocupará en otro contexto. ¡Y cómo se podría olvidar justamente esta técnica del arte de vivir! Se distingue por la más asombrosa reunión de rasgos característicos. Desde luego, también aspira a independizarnos del “destino” —es el mejor nombre que podemos darle— y, con tal propósito, sitúa la satisfacción en procesos anímicos internos; para ello se vale de la ya mencionada desplazabilidad de la libido [cf. Pág. 79], pero no se extraña del mundo exterior, sino que, al contrario, se aferra a sus objetos y obtiene la dicha a partir de un vínculo de sentimiento con ellos. Tampoco se da por contento con la meta de evitar displacer, fruto por así decir de un resignado cansancio; más bien no hace caso de esa meta y se atiene a la aspiración originada, hacia un cumplimiento positivo de la dicha. Y quizá se la aproxime efectivamente más que cualquier otro método. Me estoy refiriendo, desde luego, a aquella orientación de la vida que sitúa al amor en el punto central, que espera toda satisfacción del hecho de amar y ser amado. Una actitud psíquica de esta índole está al alcance de todos nosotros; una de las formas de manifestación del amor, el amor sexual, nos ha procurado la experiencia más intensa de sensación placentera avasalladora, dándonos así el arquetipo para nuestra aspiración a la dicha. Nada más natural que obstinarnos en buscar la dicha por el mismo camino siguiendo el cual una vez la hallamos. El lado débil de esta técnica de vida es manifiesto; si no fuera por él, a ningún ser humano se le habría ocurrido cambiar por otro este camino hacia la dicha. Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas que cuando amamos; nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido al objeto amado o a su amor. Pero la técnica de vida fundada en el valor de felicidad del amor no se agota con esto: queda aún mucho por decir. [Cf. Pág. 99]

Aquí puede situarse el interesante caso en que la felicidad en la vida se busca sobre todo en el goce de la belleza, dondequiera que ella se muestre a nuestros sentidos y a nuestro juicio: la belleza de formas y gestos humanos, de objetos naturales y paisajes, de creaciones artísticas y aun científicas. Esta actitud estética hacia la meta vital ofrece escasa protección contra la posibilidad de sufrir, pero puede resarcir muchas cosas. El goce de la belleza se acompaña de una sensación particular, de suave efecto embriagador. Por ninguna parte se advierte la utilidad de la belleza; tampoco se alcanza a inteligir su necesidad cultural, a pesar de lo cual la cultura no podría prescindir de ella. La ciencia de la estética indaga las condiciones bajo las cuales se siente lo bello; no ha podido brindar esclarecimiento alguno acerca de la naturaleza y origen de la belleza; como es habitual, la ausencia de resultados encubre mediante un gesto de palabras altisonantes y de magro contenido. Por desdicha, también el psicoanálisis sabe decir poquísimo sobre la belleza. Al parecer, lo único seguro es que deriva del ámbito de la sensibilidad sexual; sería un ejemplo arquetípico de una moción de meta inhibida. La “belleza” y el “encanto”[7] son originariamente propiedades del objeto sexual. Digno de notarse es que los genitales mismos, cuya visión tiene siempre efecto excitador, casi nunca se aprecian como bellos; en cambio, el carácter de la belleza parece adherir a ciertos rasgos sexuales secundarios.

A pesar del carácter no exhaustivo [del recuento (cf. Pág. 81)], me atrevo a exponer ya algunas puntualizaciones como cierre de nuestra indagación. El programa que nos impone el principio de placer, el de ser felices, es irrealizable; empero, no es lícito —más bien: no es posible— resignar los empeños por acercarse de algún modo a su cumplimiento. Para esto pueden emprenderse muy diversos caminos, anteponer el contenido positivo de la meta, la ganancia de placer, o su contenido negativo, la evitación de displacer. Por ninguno de ellos podemos alcanzar todo lo que anhelamos. Discernir la dicha posible en ese sentido moderado es un problema de la economía libidinal del individuo. Sobre este punto no existe consejo válido para todos; cada quien tiene que ensayar por sí mismo la manera en que puede alcanzar la bienaventuranza.[8] Los más diversos factores intervendrán para indicarle el camino de su opción. Lo que interesa es cuánta satisfacción real pueda esperar del mundo exterior y la medida en que sea movido a independizarse de él; en último análisis, por cierto, la fuerza con que él mismo crea contar para modificarlo según sus deseos. Ya en esto, además de las circunstancias externas, pasará a ser decisiva la constitución psíquica del individuo. Si es predominantemente erótico, antepondrá los vínculos de sentimiento con otras personas; si tiende a la autosuficiencia narcisista, buscará las satisfacciones sustanciales en sus procesos anímicos internos; el hombre de acción no se apartará del mundo exterior, que le ofrece la posibilidad de probar su fuerza.[9] En el caso de que quien tenga una posición intermedia entre estos tipos, la índole de sus dotes y la medida de sublimación de pulsiones que pueda efectuar determinarán dónde haya de situar sus intereses. Toda decisión extrema sería castigada, exponiéndose el individuo a los peligros que conlleva la suficiencia de la técnica de vida elegida con exclusividad. Así como el comerciante precavido evita invertir todo su capital en un solo lugar, podría decirse que la sabiduría de la vida aconseja no esperar toda satisfacción de una aspiración única. El éxito nunca es seguro; depende de la coincidencia de muchos factores, y quizás en grado eminente la capacidad de la constitución psíquica para adecuar su función al medio circundante y aprovecharlo para la ganancia de placer. Quien nazca con una constitución pulsional particularmente desfavorable y no haya pasado de manera regular por la transformación y reordenamiento de sus componentes libidinales, indispensables para su posterior productividad, encontrará arduo obtener felicidad de su situación exterior, sobre todo si se enfrenta a tareas algo difíciles. Como última técnica de vida, que le promete al menos satisfacciones sustitutivas, se le ofrece el refugio en la neurosis, refugio que en la mayoría de los casos consuma ya en la juventud. Quien en una época posterior de su vida vea fracasados sus empeños por obtener la dicha, hallará consuelo en la ganancia de placer de la intoxicación crónica, o emprenderá el desesperado intento de rebelión de la psicosis.[10]

La religión perjudica este juego de elección y adaptación imponiendo a todos por igual su camino para conseguir dicha y protegerse del sufrimiento. Su técnica consiste en deprimir el valor de la vida y en desfigurar de manera delirante la imagen del mundo real, lo cual presupone el amedrentamiento de la inteligencia. A este precio, mediante la violenta fijación a un infantilismo psíquico y la inserción en un delirio de masas, la religión consigue ahorrar a muchos seres humanos la neurosis individual. Pero difícilmente obtenga algo más; según dijimos, son muchos los caminos que pueden llevar a la felicidad tal como es asequible al hombre, pero ninguno que lo guíe con seguridad hasta ella. Tampoco la religión puede mantener su promesa. Cuando a la postre el creyente se ve precisado a hablar de los “inescrutables designios” de Dios, no hace sino confesar que no le ha quedado otra posiblidad de consuelo ni fuente de placer en el padecimiento que la sumisión incondicional. Y toda vez que está dispuesto a ella, habría podido ahorrarse, verosímilmente, aquel rodeo.

1 Goethe, Zabmen Xenien IX (obra póstuma).

2 [En su novela Effi Briest (1895).]

3 Lo mismo dice Wilhelm Busch en Die Fromme Helene, en un nivel más bajo: `Quien tiene cuitas, también tiene licor´.

4 Goethe hasta llega a advertirnos que “nada es más difícil de soportar que una sucesión de días hermosos” [Weimar, 1810-12]. Tal vez sea una exageración.

5 Cuando no hay una disposición particular que prescriba imperiosamente la orientación de los intereses vitales, el trabajo profesional ordinario, accesible a cualquier persona, puede ocupar el sitio que le indica el sabio consejo de Voltaire [cf. Pág. 75, “cultivar cada cual su jardín”]. En el marco de un panorama sucinto no se puede apreciar de manera satisfactoria el valor del trabajo para la economía libidinal. Ninguna otra técnica de conducción de la vida liga al individuo tan firmemente a la realidad como la insistencia en el trabajo, que al menos lo inserta en forma segura en un fragmento de la realidad, a saber, la comunidad humana. La posibilidad de desplazar sobre el trabajo profesional y sobre los vínculos humanos que con él se enlazan una considerable medida componentes libidinosos, narcisistas, agresivos y hasta eróticos le confiere un valor que no le va en zaga a su carácter indispensable para afianzar y justificar la vida en sociedad. La actividad profesional brinda una satisfacción particular cuando ha sido elegida libremente, o sea, cuando permite volver utilizables mediante sublimación inclinaciones existentes, mociones pulsionales proseguidas o reforzadas constitucionalmente. No obstante, el trabajo es poco apreciado, como vía hacia la felicidad, por los seres humanos. Uno no se esfuerza hacia él como hacia otras posibilidades de satisfacción. La gran mayoría de los seres humanos sólo trabajan forzados a ello y de esta natural aversión de los hombres al trabajo derivan los más difíciles problemas sociales. 

6 Cf. “Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico” (1911b) y la 23ª de mis Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17).

7 [La palabra alemana “Reiz” significa tanto “encanto” como “estímulo”. Freud había expuesto una argumentación similar en la primera edición de los Tres ensayos de teoría sexual (1905d), AE, 7, pág. 1901, así como en una nota agregada a esa obra en 1915, ibid. Pág. 142.]

8 [Se alude aquí a una frase atribuida a Federico el Grande: “En mi dominio cada hombre puede alcanzar la bienaventuranza a su manera”. Freud ya la había citado poco antes en ¿Pueden los legos ejercer el análisis? (1926e), AE, 20, pág. 222.]

9 [Freud desarroll más sus ideas acerca de estos diferentes tipos humanos en su trabajo “Tipos libidinales” (1931a), infra, págs. 219 y sig.]

10 [Nota agregada en 1931:] Me urge indicar al menos una de las lagunas que han quedado en la exposición del texto. Una consideración de las posibilidades humanas de dicha no debiera omitir tomar en cuenta la proporción relativa del narcisismo respecto de la libido del objeto. Es preciso saber qué significa para la economía libidinal bastarse, en lo esencial, a sí mismo.

lunes, 11 de octubre de 2010

Julio Cortázar, "Estación de la mano".

Cortázar, Julio, La otra orilla (1945), Cuentos completos I, Buenos Aires, Punto de lectura, 2007. 
 
La dejaba entrar por la tarde, abriéndole un poco la hoja de mi ventana que da al jardín, y la mano descendía ligeramente por los bordes de la mesa de trabajo, apoyándose apenas en la palma, los dedos sueltos y como distraídos, hasta venir a quedar inmóvil sobre el piano o el marco de un retrato, o a veces sobre la alfombra color vino.

Amaba yo aquella mano porque nada tenía de voluntariosa y sí mucho de pájaro y hoja seca. ¿Sabía ella algo de mí? Sin titubear llegaba a la ventana por las tardes, a veces de prisa -con su pequeña sombra que de pronto se proyectaba sobre los papeles- y como urgiendo que le abriese; y otras lentamente, ascendiendo por los peldaños de la hiedra donde, a fuerza de escalarla, había calado un camino profundo. Las palomas de la casa la conocían bien; con frecuencia escuchaba yo de mañana un aullar ansioso y sostenido, y era que la mano andaba por los nidos, ahuecándose para contener los pechos de tiza de las más jóvenes, la pluma áspera de los machos celosos. Amaba las palomas y los bocales de agua fresca; cuántas veces la encontré al borde del vaso de cristal, con los dedos levemente mojados en el agua que se complacía y danzaba. Nunca la toqué; comprendía que aquello hubiera sido desatar cruelmente los hilos de un acaecer misterioso. Y muchos días anduvo la mano por mis cosas, abrió libros y cuadernos, puso su índice – con el cual sin duda leía- sobre mis más bellos poemas y los fue aprobando uno a uno.

El tiempo transcurría. Los sucesos exteriores a los cuales debía mi vida someterse con dolor, principiaron a ondularse como curvas que sólo de sesgo me alcanzaban. Descuidé la aritmética, vi cubrirse de musgo mi más prolijo traje; apenas salía ahora de mi cuarto, a la espera cadenciosa de su mano, atisbando con ansiedad el primer –y más lejano y hundido- roce en la hiedra.

Le puse nombres; me gustaba llamarla Dg, porque era un nombre sólo para pensarse. Incité su probable vanidad dejando anillos y pulseras sobre las repisas, espiando su actitud con secreta constancia. Varias veces creí que se adornaría con las joyas, pero ella las estudiaba dando vueltas en torno y sin tocarlas, a semejanza de una araña desconfiada; y aunque un día llego a ponerse un anillo de amatista fue sólo un instante y lo abandonó como si le quemara. Yo me apresuré a esconder las joyas en su ausencia y desde entonces me pareció que estaba más complacida.

Así declinaron las estaciones, unas esbeltas y otras con semanas ceñidas de luces violetas, sin que sus llamadas premiosas llegaran hasta nuestro ámbito. Todas las tardes volvía la mano, mojada con frecuencia por las lluvias otoñales y la veía ponerse de espaldas sobre la alfombra, secarse prolijamente un dedo con otro, a veces con menudos saltos de cosa satisfecha. En los atardeceres de frío su sombra se teñía de violeta. Yo colocaba entonces un brasero a mis pies y ella se acurrucaba y apenas bullía, salvo para recibir, displicente, un álbum con grabados o un ovillo de lana que le gustaba anudar y retorcer. Era incapaz, lo advertí de pronto, de estarse largo rato quieta. Un día encontró una artesa con arcilla, y se precipitó sobre la novedad; horas y horas modeló arcilla mientras yo, de espaldas, fingía no preocuparme por su tarea. Naturalmente, modeló una mano. La dejé secar y la puse sobre el escritorio para probarle que su obra me agradaba. Pero era error: como todo artista, a Dg terminó por molestarle la contemplación de esa otra mando rígida y algo convulsa. Al retirarla de la habitación, ella fingió por pudor no haberlo advertido.

Mi interés se tornó bien pronto analítico. Cansado de maravillarme, quise saber; he ahí el invariable y funesto fin de toda aventura. Surgían las preguntas acerca de mi huésped: ¿Vegeta, siente, comprende, ama? Imagine tests, tendí lazos, apronté experimentos. Había advertido que la mano, aunque capaz de leer, jamás escribía. Una tarde abrí la ventana y puse sobre la mesa un lapicero, cuartillas en blanco, y cuando entro Dg me marché para dejarla libre de toda timidez. Por la cerradura vi que hacía sus paseos habituales y luego, vacilante, iba hasta el escritorio y tomaba el lapicero. Oí l arañar de la pluma, y después de un tiempo ansioso entré en el cuarto. Sobre el papel, en diagonal y con letra perfilada, Dg había escrito: Esta resolución anula todas las anteriores hasta un nuevo orden. Jamás pude lograr que volviese a escribir.

Transcurrido el período de análisis, comencé a querer de veras a Dg. Amaba su manera de mirar las flores de los búcaros, su rotación acompasada en torno a una rosa, aproximando la yema de los dedos hasta rozar los pétalos, y de ese modo, ahuecarse para envolver un flor, sin tocarla, acaso su manera de aspirar la fragancia. Una tarde que yo cortaba las páginas de un libro recién comprado, observé que Dg parecía secretamente deseosa de imitarme. Salí entonces a buscar más libros, y pensé que tal vez le agradaría formar su propia biblioteca. Encontré curiosas obras que parecían escritas para manos, como otras para labios o cabellos, y adquirí también un puñal diminuto. Cuando puse todo sobre la alfombra –su lugar predilecto- Dg lo observó con su cautela acostumbrada. Parecía temerosa del puñal, y recién días después se decidió a tocarlo. Yo seguía cortando mis libros para infundirle confianza, y una noche (¿he dicho que sólo al alba se marchaba llevándose las sombras?) principió ella a abrir sus libros y separar las páginas. Pronto se empeñó con una destreza extraordinaria; el puñal entraba en las carnes blancas u opalinas con gracia centellante. Terminada la tarea, colocaba el cortapapel sobre una repisa –donde había acumulado objetos de su preferencia: lanas, dibujos, fósforos usados, un reloj de pulsera, montoncitos de ceniza- y descendía para acostarse de bruces en la alfombra y principiar, la lectura. Leía a gran velocidad, rozando las palabras con un dedo; cuando hallaba grabados, se echaba entera sobre la página y parecía como dormida. Noté que mi selección de libros había sido acertada; volvía una y otra vez a ciertas páginas (Étude de Mains de Gautier; un lejano poema mío que comienza:”Poder tomar tus manos…”; Le Gant du Crin de Reverdy) y colocaba hebras de lana para recordarlas. Antes de irse, cuando yo dormía ya en mi diván, encerraba sus volúmenes en un pequeño mueble que a tal propósito le destiné ; y nunca hubo nada de desorden al despertar.

De esta manera sin razones –plenamente basada en la simplicidad del misterio- convivimos un tiempo de estima y correspondencia. Toda indagación superada, toda sorpresa abolida, ¡que acaecer total de perfección nos contenía! Nuestra vida, así, era una alabanza sin destino, canto puro y jamás presupuesto. Por mi ventana entraba Dgy con ella era el ingreso de lo absolutamente mío, recatado al fin de la limitación de los parientes y las obligaciones, recíproco en mi voluntad de complacer a aquella que de tal forma me liberaba. Y vivimos así, por un tiempo que no podía contar, hasta que la sanción de lo real vino a incidir en mi flaqueza, ardida de celos por tanta plenitud fuera de sus cárceles pintadas. Una noche soñé: Dg se había enamorado de mis manos –la izquierda, sin duda, pues ella era diestra- y aprovechaba mi sueño para raptar a la amada cortándola de mi muñeca con su puñal. Me desperté aterrado, comprendiendo por primera vez la locura de dejar un arma en el poder de aquella mano.

Busqué a Dg, aún batido por las turbias aguas de la visión; estaba acurrucada en la alfombra y en verdad parecía atenta a los movimientos de mi siniestra. Me levanté y fui a guardar el puñal donde no pudiera alcanzarlo, pero después me arrepentí y se lo traje, haciéndome amargos reproches. Ella estaba como desencantada y tenía los ojos entreabiertos con una misteriosa sonrisa de tristeza.

Yo sé que no volverá más. Tan torpe conducta puso en su inocencia la altivez y el rencor. ¡Yo sé que no volverá más! ¿Por qué reprochármelo, palomas, clamando allá arriba por la mano que no retorna a acariciarlas? ¿Por qué afanarse así, rosa de Flandes, si ella no te incluirá ya nunca en sus dimensiones prolijas? Haced como yo, que he vuelto a sacar cuentas, a ponerme mi ropa, y que paseo por la ciudad el perfil de un habitante correcto.

jueves, 7 de octubre de 2010

Dos conferencias de Tzvetan Todorov

Tzvetan Todorov / Conferencia: Barbarie, civilización, culturas

Si se considera la palabra “bárbaro”, no en un sentido relativo, que alude simplemente a los extranjeros, a las costumbres desconocidas, sino en un sentido absoluto, que designa el comportamiento violento y cruel, podemos decir que “bárbaro” es quien no reconoce la plena humanidad de los otros.

Como contrapartida es civilizado, no aquel que ha leído muchos libros, sino quien reconoce plenamente esa humanidad, aun cuando los otros sean diferentes de uno mismo.

Si la civilización tiene un valor universal, las culturas son plurales. Cada individuo recibe su cultura en la infancia sin haberla elegido; muchas de ellas coexisten cómodamente tanto en un individuo como en una sociedad. Cada cultura está en transformación constante. No hay que confundir la cultura con la pertenencia cívica, ni con un sistema de valores libremente elegido (convicciones políticas o morales o filosóficas). La convivencia de estas distintas pertenencias colectivas pueden crear tensiones, pero estas no son insalvables.


Fecha: 2 de noviembre

Horario: 18 horas

Lugar: Salón Auditorio Ing. Héctor Amorosi, Av. L. N. Alem 1067, 2° subsuelo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Retransmisión simultánea por videoconferencia a las filiales OSDE de todo el país

Informes e inscripción: Tel.: 0810-333-36733 / El seminario es gratuito



Tzvetan Todorov / Conferencia: Totalitarismo y ultraliberalismo

La caída del Muro de Berlín nos lleva a reflexionar sobre las grandes direcciones que ha tomado la historia europea en el curso de los dos últimos siglos. La doctrina comunista, en sus múltiples versiones, ha jugado allí un rol predominante.

Todorov se propone despejar sus principales características y preguntarse tanto sobre sus antecesores como también sobre las doctrinas que han tomado hoy su lugar, el mesianismo democrático y el ultraliberalismo.


Fecha: 4 de noviembre

Horario: 18 horas

Lugar: Auditorio Ing. Héctor Amorosi, Alem 1067, segundo subsuelo. Con retransmisión simultánea en filiales OSDE del resto del país.

Informes e inscripción: Tel.:0810-333-36733 / El seminario es gratuito


Más información: Fundación OSDE


miércoles, 6 de octubre de 2010

César Vallejo, "Los heraldos negros".

[César_Vallejo_Descontexto.jpg]


Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o lo heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!

martes, 28 de septiembre de 2010

Dino Buzzati, "El hundimiento de la Baliverna".


Dentro de una semana comienza el juicio por el hundimiento de la Baliverna. ¿Qué será de mí? ¿Vendrán a detenerme?

Tengo miedo. En vano me repito que nadie se presentará a declarar porque me tenga inquina, que el juez instructor no ha tenido siquiera la más mínima sospecha de mi responsabilidad; que, aunque me viera incriminado, sin duda me absolverían; que mi silencio no puede hacer daño a nadie; que, aun cuando me presentara espontáneamente para confesar, el acusado no se beneficiaría de ningún descargo. Nada de esto me consuela. Por lo demás, fallecido hace tres meses a causa de una enfermedad el comisario de cuentas Dogliotti, sobre quien pesaba la principal acusación, ahora sólo estará en el banquillo de los acusados el entonces asesor municipal de Asistencia. Pero se trata de una incriminación pro forma; ¿cómo se le podría condenar, en realidad, si había tomado posesión de su cargo apenas cinco días antes? Si acaso, podría considerarse responsable al asesor precedente, pero éste había fallecido el mes anterior. Y la venganza de la ley no penetra en la oscuridad de las tumbas.

Aunque han pasado ya dos años del espantoso suceso, todo el mundo guarda de él un vivo recuerdo. La Baliverna era un enorme y más bien lúgubre edificio de ladrillo construido extramuros en el siglo XVII por los hermanos de San Celso. Desaparecida esta orden, en el XIX la construcción sirvió de cuartel y antes de la guerra seguía perteneciendo aún a la administración militar. Abandonado posteriormente, se había instalado en él, con la tácita aquiescencia de las autoridades, una muchedumbre de refugiados y de pobre gente que había perdido su hogar a causa de las bombas, vagabundos, pordioseros, gente que se había quedado sin nada, e incluso una pequeña comunidad de gitanos. Sólo con el tiempo el Municipio, al entrar en posesión del inmueble, había impuesto allí cierto orden, censando a los inquilinos, organizando los servicios indispensables y alejando a los individuos conflictivos. Pese a todo, la Baliverna, a causa también de diversos atracos habidos en la zona, tenía mala fama. Decir que era una cueva de ladrones seria una exageración. Pero no había nadie que pasara de buena gana de noche por sus alrededores.

Aunque en su origen la Baliverna surgió en pleno campo, con los siglos los suburbios de la ciudad prácticamente habían llegado hasta ella. Sin embargo, no había otras casas en su inmediata vecindad. Desolado y torvo, el cuartelón dominaba el terraplén del ferrocarril, los prados incultos y las miserables barracas de chapa, moradas de mendigos, esparcidas entre los cascotes y los desperdicios. Recordaba al mismo tiempo una prisión, un hospital y una fortaleza. De planta rectangular, medía alrededor de ochenta metros de largo por la mitad de ancho. En su interior, un vasto patio sin porticar.

Allí acompañaba yo a menudo los sábados o domingos por la tarde a mi cuñado Giuseppe, entomólogo, que encontraba en aquellos prados muchos insectos. Era un pretexto como otro cualquiera para que me diera un poco de aire y tener compañía.

Debo decir que el estado del sombrío edificio me había llamado la atención desde la primera vez que lo vi. El mismo color de los ladrillos, los numerosos ventanucos abiertos en sus muros, sus remiendos, ciertas vigas dispuestas como puntales, daban a conocer su decrepitud. Y especialmente impresionante era su muro posterior, uniforme y desnudo, que no tenía más que unas pocas, irregulares y pequeñas aberturas más parecidas a aspilleras que a ventanas; por eso parecía mucho más alta que la fachada, a la que aligeraban galerías y ventanales. «¿No te parece que el muro se inclina un poco hacia fuera?», recuerdo que pregunté un día a mi cuñado. Él rió: «Esperemos que no. Pero es impresión tuya. Los muros altos siempre dan esa sensación».

Un sábado de julio nos hallábamos allí en una de estas excursiones. Mi cuñado se había llevado a sus dos hijas, todavía unas niñas, y a un colega suyo de la universidad, el profesor Scavezzi, también zoólogo, un tipo de unos cuarenta años, pálido y blando, que nunca me había resultado simpático por sus maneras jesuíticas y los humos que se daba. Mi cuñado decía de él que era un pozo de ciencia, además de una bellísima persona. A mí, sin embargo, me parece un imbécil: de otro modo no mostraría hacia mí esa suficiencia, y todo porque él es científico y yo sastre.

Llegados a la Baliverna, nos pusimos a rodear el muro posterior que ya he descrito. Se extiende allí una amplia superficie de terreno polvoriento donde los chavales solían jugar al fútbol. De hecho, en cada extremo había plantados unos palos para señalar las dos porterías. Aquel día, sin embargo, no había chavales. En su lugar, había varias mujeres con niños que tomaban el sol en el borde del campo, a lo largo del escalón herboso en que muere la gravilla de la carretera.

Era la hora de la siesta y del interior del falansterio no llegaban más que algunas voces aisladas. Sin ninguna brillantez, un sol perezoso golpeaba el oscuro murallón; de las ventanas salían palos cargados de ropa tendida a secar, la cual colgaba como muertas banderas absolutamente inmóviles; no corría, de hecho, ni un soplo de viento.

Mientras los otros estaban absortos buscando insectos, a mí, viejo aficionado al alpinismo, me entraron ganas de probar a escalar por el destartalado muro: los agujeros, los bordes salientes de algunos ladrillos, viejos hierros empotrados aquí y allá en las fisuras, ofrecían asideros adecuados. No tenía la menor intención de subir hasta arriba del todo. No era más que por el gusto de estirarme, de ejercitar los músculos. Un deseo, si se quiere, algo pueril.

Sin dificultad, me elevé un par de metros a lo largo de la pilastra de un portón ahora tapiado. Llegado a la altura del arquitrabe, extendí la mano derecha hacia un abanico de herrumbrosos barrotes de hierro con forma de lanza que cerraba el luneto (en aquella cavidad quizá hubiera habido antiguamente la imagen de algún santo).

Una vez bien aferrada la punta de una lanza, quise izarme a pulso, pero ésta cedió, rompiéndose en pedazos. Por suerte, no me hallaba más que a un par de metros del suelo. Intenté, si bien en vano, sujetarme con la otra mano. Perdido el equilibrio, salté hacia atrás y caí de pie sin ninguna otra consecuencia que un fuerte golpe. El barrote de hierro, desmenuzado, me siguió.

Prácticamente al mismo tiempo, detrás del barrote de hierro se desprendió otro, más largo, que ascendía verticalmente del centro del abanico hasta una especie de ménsula que estaba encima. Debía de tratarse de una especie de puntal colocado allí con fines de refuerzo. Privada así de su sostén, también la ménsula –imaginad una lámina de piedra larga como tres ladrillos– cedió, si bien no llegó a caer; quedó allí inclinada, medio colgada en el vacío.

No terminó aquí, no obstante, el estropicio que provoqué de forma involuntaria. La ménsula sostenía un viejo palo de cerca de metro y medio de alto que a su vez contribuía a soportar una especie de balcón (sólo entonces se me revelaban todos estos desperfectos que a primera vista se perdían en la extensión del muro). Este palo no estaba más que encajado entre los dos salientes, no fijado al muro. Con la ménsula fuera de su sitio, al cabo de dos o tres segundos el palo se venció hacia fuera y yo apenas tuve tiempo de saltar hacia atrás para evitar que me diera en la cabeza. Se estrelló en el suelo con un ruido sordo.

¿Había acabado todo? Por si acaso, me alejé del muro hacia el grupo de mis compañeros, distante una treintena de metros. Estos se hallaban de pie, vueltos los cuatro hacia mí. Con todo, no me miraban. Con una expresión que nunca olvidaré, tenían la vista lavada en el muro, muy por encima de mi cabeza. Y de repente mi cuñado gritó: «¡Dios mío, mira! ¡Mira!».

Yo me volví. Por encima del balconcillo, pero más a la derecha, el murallón, en aquel punto compacto y regular, se hinchaba. Imaginad un trozo de tela extendido detrás del cual empuja una punta. Al principio de todo hubo un leve temblor que serpenteó por la pared; luego apareció una gibosidad larga y sutil; luego los ladrillos se separaron, abriendo sus estropeadas dentaduras; y, entre regueros de polvorientos desprendimientos, se abrió una grieta tenebrosa.

¿Duró unos minutos o unos instantes? No sabría decirlo. En aquel momento –llamadme loco–, de la profunda cavidad del edificio salió un estruendo triste, semejante a un son de trompeta bastarda. Y por todos los alrededores en una gran extensión se oyó un prolongado aullar de perros.

En este punto mis recuerdos se agolpan: yo, corriendo a más no poder para tratar de alcanzar a mis compañeros ya lejanos; las mujeres del borde del campo, en pie de un salto, chillando, una de ellas revolcándose por el suelo; la figura de una muchacha medio desnuda asomándose, movida por la curiosidad, por uno de los ventanucos más altos mientras debajo de ella se abría ya de par en par el abismo; y, por una décima de segundo, la visión alucinante del muro viniéndose abajo en el vacío. Entonces, detrás de los jirones de la cumbre, también la entera masa que se hallaba detrás, más allá del patio, se movió lentamente, arrastrada por la fuerza irresistible de la ruina.

Siguió un trueno aterrador, como cuando centenares de Liberator descargaban sus bombas al mismo tiempo. Y mientras se expandía velocísima una nube de polvo amarillenta que ocultó aquella inmensa tumba, la tierra tembló.

Me veo luego de camino hacia casa, ansioso de alejarme del lugar funesto, con la gente, a la cual había llegado la noticia con velocidad asombrosa, mirándome horrorizada, quizá por mi ropa llena de polvo. Pero lo que no olvido de ningún modo son las miradas cargadas de espanto y de piedad de mi cuñado y de sus dos hijas. Mudos, me miraban como se mira a un condenado a muerte (¿o era pura sugestión mía?).

Una vez en casa, cuando supieron lo que había visto, no se asombraron de que estuviera trastornado, ni de que durante algunos días permaneciese encerrado en mi cuarto sin hablar con nadie, negándome incluso a leer los periódicos (entreví sólo uno, en las manos de mi hermano que había entrado a interesarse por mí; en primera plana había una fotografía enorme con una hilera interminable de furgones negros).

¿Había provocado yo la hecatombe? ¿Acaso la rotura del barrote de hierro había propagado, por una monstruosa progresión de causas a efectos, la ruina a toda la mastodóntica edificación? ¿O quizá sus primeros constructores habían dispuesto con diabólica maldad un secreto juego de masas en equilibrio por el cual bastaba mover aquel insignificante barrote para que todo se viniera abajo? ¿Y mi cuñado, o sus hijas, o Scavezzi? ¿Habían reparado en lo que yo había hecho? Y, suponiendo que no fuera así, ¿por qué desde entonces Giuseppe parece evitarme? ¿O acaso soy yo mismo el que, por temor a traicionarme, he maniobrado de forma inconsciente para verlo lo menos posible?

Por otro lado, ¿acaso no resulta inquietante la insistencia del profesor Scavezzi en frecuentarme? Pese a su modesta situación económica, desde entonces se ha mandado hacer en mi sastrería una decena de trajes. Siempre que viene a probarse luce su sonrisita hipócrita y no cesa de observarme. Es, además, puntilloso hasta la exasperación; aquí hay una arruguita que no tiene por qué estar, allí una espalda que no cae bien, o los botones de las mangas, o la longitud de las solapas, siempre hay algo que arreglar. Para cada traje son seis o siete pruebas. Y de cuando en cuando me pregunta: “¿Recuerda aquel día?». «¿Qué día?», replico yo. «¡Pues el día de la Baliverna!» Parece que guiñe los ojos con astutos sobreentendidos. Yo digo: «¿Cómo podría olvidarlo?». El menea la cabeza: «Claro... ¿cómo podría?».

Naturalmente, yo le hago descuentos extraordinarios, acabo incluso perdiendo dinero. Pero él aparenta no darse cuenta de nada. «Desde luego», dice, «usted es caro, pero vale la pena, lo confieso». Y yo entonces me pregunto: ¿es un idiota, o se divierte con estas pequeñas y viles extorsiones?

Si. Es posible que sólo él me viera en el acto de romper el fatal barrote de hierro. Quizá lo ha entendido todo, podría denunciarme, desatar contra mí el odio de la gente. Pero es taimado y no habla. Viene a encargarse un traje nuevo, no me pierde de vista, saborea por anticipado la satisfacción de dejarme suspenso cuando menos me lo espero. Yo soy el ratón y él el gato. Juguetea conmigo y al final, de improviso, me soltará el zarpazo. Y aguarda el juicio, disponiéndose a dar un golpe de efecto. En el momento más oportuno se pondrá de pie. «Yo soy el único que sabe quién provocó el hundimiento», gritará, “yo lo vi con mis propios ojos».

Hoy ha venido otra vez para probarse un temo de franela. Más melifluo que de costumbre. «¡Esto da ya las boqueadas!» «¿A qué se refiere?» «Que a qué me refiero? ¡Al juicio! ¡En la ciudad no se habla de otra cosa! Cualquiera diría que vive usted en las nubes, je, je.» «¿Habla usted del hundimiento de la Baliverna?» «Eso es, de la Baliverna... Je, je, ¿quién sabe si no saldrá al final el verdadero culpable?»

Luego se va, saludándome con exageradas ceremonias. Lo acompaño hasta la puerta. Espero a que haya bajado un tramo entero de escaleras para cerrar. Se ha ido. Silencio. Tengo miedo.

lunes, 2 de agosto de 2010

Dos poemas de Idea Vilariño



La piel

Tu contacto
tu piel
suave fuerte tendida
dando dicha
apegada
al amor a lo tibio
pálida por la frente
sobre los huesos fina
triste en las sienes
fuerte en las piernas
blanda en las mejillas
y vibrante
caliente
llena de fuegos
viva
con una vida ávida de traspasarse
tierna
rendidamente íntima.
Así era tu piel
lo que tomé
Que diste.

Poemas de amor (1957)
  


Es negro

Es negro para siempre.
Las estrellas
los soles y las lunas
y pingajos de luz diversos
son pequeños errores
suciedad pasajera
en la negrura espléndida
sin tiempo
silenciosa.
 
Nocturnos (1955)