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sábado, 27 de noviembre de 2010

Jean-Paul Sartre

Sartre, Jean-Paul, La Náusea (1946), Buenos Aires, Losada, 1966.

Traducción de Aurora Bernárdez.

 

Lunes

“(...) No necesito hacer frases. Escribo para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura. Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras”.

Lunes

“(...) Dan las cuatro. Hace una hora que estoy aquí, en la silla, con los brazos colgando. Comienza a oscurecer. Fuera de esto nada ha cambiado en el cuarto: el papel blanco sigue en la mesa, al lado de la estilográfica y el tintero... Pero nunca más escribiré en la hoja empezada. Nunca más me dirigiré por la calle des Mutilés y el boulevar de la Redoute a la biblioteca para consultar los archivos.

Tengo ganas de dar un salto y salir, tengo ganas de hacer cualquier cosa para aturdirme. Pero bien sé lo que me sucederá si levanto un dedo, si no me estoy absolutamente tranquilo. No quiero que eso me suceda todavía. Siempre demasiado pronto. No me muevo; leo maquinalmente, en la hoja del block, el párrafo que dejé inconcluso:

‹‹Se difundieron de intento los más siniestros rumores. M. de Rollebon debió de caer en el lazo, pues escribió a su sobrino, con fecha trece de septiembre, que acababa de redactar su testamento››.

El gran asunto Rollebon ha terminado, como una gran pasión. Habrá que buscar otra cosa. Hace unos años, salí de un sueño, me desperté. Después soñé de nuevo: vivía en la corte de los zares, en viejos palacios tan fríos que en invierno se formaban estalactitas de hielo encima de las puertas. Hoy me despierto frente a un block de papel blanco. Los blandones, las fiestas glaciales, los uniformes, los bellos hombros temblorosos han desaparecido. En su lugar algo en el cuarto tibio, algo que no quiero ver.

M. de Rollebon era mi socio: él me necesitaba para ser, y yo lo necesitaba para no sentir mi ser. Yo proporcionaba la materia bruta, esa materia bruta que tenía para la reventa, con la cual no sabía qué hacer: la existencia, mi existencia. Su parte era representar. Permanecía frente a mí y se había apoderado de mi vida para representarme la suya, Yo ya no me daba cuenta de que existía, ya no existía en mí sino en él; por él comía, por él respiraba, cada uno de mis movimientos tenía sentido fuera, allí, justo frente a mí en él; ya no veía mi mano trazando las letras en el papel, ni siquiera la frase que había escrito; detrás, más allá del papel, veía al marqués que había reclamado este gesto, cuya existencia consolidaba este gesto. Yo era sólo un medio de hacerlo vivir, él era mi razón de ser, me había librado de mí. ¿Qué haré ahora?

Sobre todo no moverse, no moverse... ¡Ah!

No puedo contener ese encogimiento de hombros...

La cosa, que aguardaba, me ha dado la voz de alarma, me ha caído encima, se escurre en mí, estoy lleno de ella. La Cosa no es nada: la Cosa soy yo. La existencia liberada, desembaraada, refluye sobre mí. Existo.

Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y leve; como si se mantuviera solo en el aire. Se mueve. Por todas partes, roces que caen y se desvanecen. Muy suave, muy suave. Tengo la boca llena de agua espumosa. La trago, se desliza por mi garganta, me acaricia y renace en mi boca. Hay permanentemente en mi boca un charquito de agua blancuzca —discreta— que me roza la lengua. Y este charco también soy yo. Y la lengua. Y la garganta soy yo.

Veo mi mano que se extiende en la mesa. Vive, soy yo. Se abre, los dedos se despliegan y apuntan. Está apoyada en el dorso. Me muestra su vientre gordo. Parece un animal boca arriba. Los dedos son las patas. Me divierto haciéndolos mover muy rápidamente, como las patas de un cangrejo que ha caído de espaldas. El cangrejo está muerto, las patas se encogen, se doblan sobre el vientre de mi mano. Veo las uñas, la única cosa mía que no vive. Y de nuevo, mi mano se vuelve, se extiende boca abajo, me ofrece ahora el dorso. Un dorso plateado, un poco brillante, como un pez, si no fuera por los pelos rojos en el nacimiento de las falanges. Siento mi mano. Yo soy esos dos animales que se agitan en el extremo de mis brazos. Mi mano rasca una de sus patas con la uña de otra pata; siento su peso sobre la mesa, que no es yo. Esa impresión de peso es larga, larga, no termina nunca. No hay razón para que termine. Al final es intolerable... Retiro la mano, la meto en el bolsillo. Pero siento enseguida, a través de la tela, el calor del muslo. De seguido hago saltar la mano del bolsillo; la dejo colgando contra el respaldo de la silla. Ahora siento su peso en el extremo de mi brazo. Tira un poco, apenas, muellemente, suavemente; existe. No insisto; dondequiera que la mera continuará existiendo y yo continuaré sintiendo que existe; no puedo suprimirla ni suprimir el resto de mi cuerpo, el calor húmedo que ensucia mi camisa, no toda esta grasa cálida que gira perezosamente como si la revolvieran con la cuchara, ni todas las sensaciones que se pasean aquí dentro, que van y vienen, suben desde mi costado hasta la axila, o bien vegetan dulcemente, de la mañana a la noche, en su rincón habitual.

Me levanto sobresaltado; si por lo menos pudiera dejar de pensar, ya sería mejor. Los pensamientos son lo más insulso que hay. Más insulso aún que la carne. Son una cosa que ese estira interminablemente, y dejan un gusto raro. Y además, dentro de los pensamientos están las palabras, las palabras inconclusas, las frases esbozadas que retornan sin interrupción: ‹‹Tengo que termi... yo ex... Muerto... M. de Roll ha muerto... No soy... Yo ex... ›› Sigue, sigue, y no termina nunca. Es peor que lo otro, porque me siento responsable y cómplice. Por ejemplo, yo alimento esta especie de rumia dolorosa: existo. Yo. El cuerpo, una vez que empezado, vive solo. Pero soy yo quien continúa, quien desenvuelve el pensamiento. Existo. Pienso que existo. ¡Oh, qué larga serpentina es esa sensación de existir! Y la desenvuelvo muy despacito... ¡Si pudiera dejar de pensar! Intento, lo consigo: me parece que la cabeza se me llena de humo... y vuelve a empezar: ‹‹Humo... no pensar... No quiero pensar. No tengo que pensar que no quiero pensar. Porque es un pensamiento››. ¿Entonces no se acabará nunca?

Yo soy mi pensamiento, por eso no puedo detenerme. Existo porque pienso... y no puedo dejar de pensar. En este mismo momento —es atroz— si existo es porque me horroriza existir. Yo, yo me saco de la nada a la que aspiro; el odio, el asco de existir son otras tantas maneras de hacerme existir, de hundirme en la existencia. Los pensamientos nacen a mis espaldas, como vértigo, los siento nacer detrás de mi cabeza..., si cedo se situarán aquí delante, entre mis ojos, y sigo cediendo, y el pensamiento crece, crece, y ahora, inmenso, me llena por entero y renueva mi existencia.

Mi saliva está azucarada, mi cuerpo tibio; me siento insulso. Mi cortaplumas está sobre la mesa. Lo abro. ¿Por qué no? De todos modos, así introduciría algún cambio. Apoyo la mano izquierda en el anotador y me asesto un buen navajazo en la palma. El movimiento fue demasiado nervioso; la hoja se ha deslizado, la herida es superficial. Sangra. ¿Y qué? ¿Qué es lo que ha cambiado? Sin embargo, miro con satisfacción en la hoja blanca, a través de las líneas que tracé hace un rato, ese charquito de sangre que por fin ha cesado de ser yo. Cuatro líneas en una hoja blanca, una mancha de sangre: es un hermoso recuerdo. Tendré que escribir encima: ‹‹Ese día renuncié a escribir un libro sobre el marqués de Rollebon››.

¿Me curaré la mano? Vacilo. Miro el ligero fluir monótono de la sangre. Justamente ahora se coagula. Se acabó. Mi piel parece enmohecida alrededor del tajo. Debao de la piel sólo queda una pequeña sensación semejante a las otras, quizá más insulsa todavía.

Dan las cinco y media. Me levanto, la camisa fría se me pega a la carne. Salgo. ¿Por qué? Bueno, porque tampoco tengo razones para no hacerlo. Aunque me quede, aunque me acurruque en silencio en un rincón, no me olvidaré. Estaré allí, pasaré sobre el piso. Soy.

Compro un diario al pasar. Sensacional. ¡Fue hallado el cuerpo de la pequeña Lucienne! Olor a tinta, el papel se aja entre mis dedos. El innoble individuo ha huido. La niña fue violada. Hallaron su cuero, sus dedos crispados en el barro. Estrujo el papel con mis dedos crispados; olor a tinta. Dios mío, con qué fuerza existen hoy las cosas. La pequeña Lucienne fue violada. Estrangulada. Su cuerpo, su carne magullada, existen aún. Ella ya no existe. Sus manos. Ella ya no existe. Las casas. Camino entre las casas, estoy entre las casas, muy derecho en el pavimento; el pavimento existe bajo mis pies, las cosas vuelven a cerrarse sobre mí, como el agua se cierra sobre mí, sobre el papel arrugado, soy. Soy, existo, pienso, luego soy; soy porque pienso, ¿por qué pienso? No quiero pensar más, soy porque pienso que no quiero ser, pienso que... porque... ¡puf! Huyo, el innoble individuo ha huido, su cuerpo violado. Ella sintió esa otra carne que se deslizaba en la suya. Yo..., ahora yo. Violada. Un dulce deseo sangriento de violación me atrapa por detrás, dulcemente, por detrás de las orejas, las orejas corren tras de mí, el pelo rojo, el pelo es rojo en mi cabeza, hierba mojada, hierba rojiza, ¿también soy yo? ¿Y el diario también soy yo? Sujetar el diario, existencia junto a existencia, las cosas existen unas junto a otras, suelto el diario. La casa surge, existe frente aí; camino a lo largo de la pared; existo a lo largo de la pared, existo frente a la pared, un paso, el muro existe frente a mí, uno, dos, detrás de mí, el muro está detrás de mí, un dedo que rasca en mi calzoncillo, rasca, rasca y saca el dedo de la niña manchado de barro en mi dedo que salía del arroyo barroso y vuelve a caer despacito, despacito, se ablanda, rascaba con menos fuerzas; los dedos de la niña a la que estaban estrangulando, innoble individuo, rascaban con menos fuerza el barro, la tierra, el dedo se desliza despacito, primero cae la cabeza, caricia caliente contra mi muslo; la existencia es blanda y rueda y se zarandea, yo me zarandeo entre las casas, soy, existo, pienso, luego me zarandeo, soy, la existencia es una caída acabada, no caerá, caerá, el dedo rasca en un tragaluz, la existencia es una imperfección. El señor. El señor guapo existe. El señor siente que existe. No, el señor guapo que pasa, orgulloso y dulce como un volúbilis, no siente que existe. Expandirse; me duele la mano cortada, existe, existe, existe. El señor guapo existe. Legión de Honor existe, bigote, eso es todo; qué felicidad ser tan sólo la cinta de la Legión de Honor y un bigote, y el resto nadie lo ve, él ve los dos cuerpos puntiagudos de su bigote. No ve ni su cuerpo magro ni sus grandes pies; hurgando en el fondo del pantalón se descubriría un par de gomitas grises. Tienen la cinta de la Legión de Honor, los Cochinos tienen derecho a existir: ‹‹existo porque es mi derecho››: Yo tengo derecho a existir, luego tengo derecho a no pensar; el dedo se levanta. ¿Acaso voy...? ¿Acariciar entre las sábanas blancas desplegadas la carne desplegada que cae otra vez, dulce, tocar los trasudores florecidos de las axilas, los elixires y los licores y las fluorescencias de la carne, entrar en la existencia del otro, en las mucosas rojas, hasta el pesado, dulce olor de existencia, sentirme existir entre los dulces labios mojados, los labios rojos de sangre pálida, los labios palpitantes que bostezan todos mojados de existencia, todos mojados de un pus claro entre los labios mojados, azucarados, que lagrimeas como ojos? Mi cuerpo de carne que vive, la carne que bulle, da vueltas, vueltas, vueltas, el agua dulce y azucarada de mi carne, la sangre de mi mano, me duele mi carne magullada que da vueltas, camino, camino, huyo, soy un innoble individuo de carne magullada, magullada de existencia entre estas paredes. Tengo frío, doy un paso, tengo frío, un paso, doblo a la izquierda, doblo a la izquierda, él piensa que dobla a la izquierda, loco, ¿estoy loco? Dice que tiene miedo de estar loco, la existencia, ¿ves, pequeño, en la existencia?, se detiene, el cuerpo se detiene, piensa que se detiene, ¿de dónde viene? ¿Qué hace? Prosigue, tiene miedo, mucho miedo, innoble individuo, el deseo como bruma, el deseo, el asco, dice que está asqueado de existir, ¿está asqueado?, fatigado de estar asqueado de existir. Corre. ¿Qué espera? ¿Corre para escapar, para arrojarse en el dique? Corre, el corazón, el corazón que late es una fiesta, el corazón existe, las piernas existen, el aliento existe, existe corriendo, alentando, latiendo blanda, suavemente, él se sofoca, me sofoco, dice que se sofoca; la existencia toma mis pensamientos por detrás y dulcemente los abre por detrás; meatrapan por detrás, me obligan por detrás a pensar, luego a ser algo, detrás de mí alguien me alienta en ligeras burbujas de existencia, él es burbuja de bruma de deseo, está pálido en el espejo como un muerto, Rollebon está muerto, Antoine Roquetin no está muerto, desvanecerme: dice que quisiera desvanecerse, corre, corre al hurón (por detrás) por detrás, por detrás, la pequeña Lucienne asaltada por detrás, violada por la existencia por detrás, él pide gracias, le da vergüenza pedir gracia, piedad socorro, socorro, luego existo, entra en el Bar de la Marine, los pequeños espejos del pequeño burdel, está pálido en los pequeños espejos del pequeño burdel el alto pelirrojo blando que se deja caer en el asiento, el pick-up funciona, existe, todo gira, existe el pick-up, el corazón late; girad, girad licores de la vida, girad jaleas, jarabes de mi carne, dulzuras... el pick-u:

When the mellow moon begin to bean

Every night I dream a little dream

La voz, grave y ronca, aparece bruscamente y el mundo, el mundo de las existencias, se desvanece. Una mujer de carne ha tenido esta voz, ha cantado delante de un disco, con su mejor ropa, y su voz quedaba registrada. La mujer, ¡bah!, existía como yo, como Rollebon; no tengo ganas de conocerla. Pero hay esto. No se puede decir que exista. El disco que gira existe, el aire golpeado por la voz que vibra, existe, la voz que impresionó el disco existió. Yo que escucho, existo. Todo está lleno, existencia en todas partes, densa y pesada y dulce. Pero más llá de toda esta dulzura, inaccesible, muy cercano, tan lejos, ¡ay!, joven despiadado y sereno está ese... ese rigor.

Martes

Nada. He existido”.

sábado, 22 de agosto de 2009

Jean-Paul Sartre, “Las pinturas de Giacometti”.

Sartre, Jean-Paul, “Las pinturas de Giacometti”, Literatura y arte (Situations IV) (1964), Buenos Aires, Losada, 1977. Traducción de María Scuderi. 

Algunos fragmentos del ensayo:

“A sus ojos, la distancia –lejos de ser un accidente- pertenece a la naturaleza íntima del objeto. (...) Sus figuritas son solitarias, pero si las colocáis juntas, de cualquier manera, su soledad les unirá en el acto, formarán una pequeña sociedad mágica.

(...) Una exposición de Giacometti es un pueblo. Esculpió hombres que atraviesan una plaza sin verse; se cruzan irremediablemente solos y, sin embargo, están juntos, van a perderse para siempre, pero no se perderían si no se hubiesen buscado. (...) ¿Qué es, pues, esa distancia circular –que solo puede ser franqueada por la palabra- sino la noción negativa, el vacío? (...) Giacometti se hizo escultor porque tiene la obseción del vacío.



(...) La propia estatua decide la distancia a la cual hay que verla (...). La escultura crea el vacío a partir de lo pleno; ¿acaso puede mostrar lo pleno surgiendo en medio de un vacío anterior? Giacometti intentó cien veces responder esta pregunta. Su composición La jaula corresponde 'al deseo de abolir el pedestal y de tener un espacio limitado para realizar una cabeza y una figura'. Porque aquí está todo el problema: el vacío será anteior a los seres que pueblan, será inmemorial, si –desde el principio- se lo encierra entre muros. (...) Giacometti enmarca sus personajes con relación a nosotros, conserva una distancia imaginaria, pero tales personajes viven en un espacio cerrado impuesto por sus propias distancias, en un vacío prefabricado que no llegan a llenar y que soportan en lugar de crearlo. Por consiguiente, ¿qué es ese vacío enmarcado y poblado sino un cuadro? Lírico cuando esculpe, Giacometti llega a ser objetivo cuando pinta.

(...) ¿Cómo pintar el vacío? Parece que nadie lo había intentado antes que Giacometti. Desde hace quinientos años, los cuadros están extremadamente llenos: se introdujo, en ellos, el universo por la fuerza. Giacometti comienza por expulsar el mundo de sus lienzos.



(...) En cada uno de sus cuadros, Giacometti nos remonta al momento de la creación ex nihilo. Cada uno de ellos renueva la vieja interrogación metafísica: ¿por qué hay algo y no nada? Y sin embargo, hay algo: esa aparición obstinada, injustificable y redundante. El personaje pintado es alucinante porque se presenta bajo la forma de una aparición interrogativa.

(...) La línea semeja una huida interrumpida, representa un equilibrio entre lo exterior y lo interior; se anuda alrededor de la forma que adopta el objeto bajo presión de fuerzas de fuera; es un símbolo de la inercia, de la pasividad. Pero Giacometti no intenta la finitud como una limitación sufrida: la cohesión de lo real, su plenitud y su determinación son un único y mismo efecto de su potencia interna de afirmación. Las 'apariciones' se afirman y se limitan definiéndose.

(...) Giacometti sugerirá una perfecta precisión del ser bajo la imprecisión del conocer.”

jueves, 13 de agosto de 2009

"¿Qué es la literatura?"

Sartre, Jean-Paul, “Presentación de los tiempos modernos”, ¿Qué es la literatura? (1948); Buenos Aires, Losada, 1981. Traducción de Aurora Bernárdez.
 

Jean-Paul Sartre y Simone De Beauvoir

Introducción


Hernán Diez

En la primera parte de ¿Qué es la literatura?, “Presentación de los tiempos modernos”, Jean-Paul Sartre distingue dos modos de pensar al ser humano y su realidad. “Los que se atienen por encima de todo a la dignidad de la persona humana, a su libertad, a sus derechos imprescriptibles, se inclinan, lógicamente, a pensar según el espíritu de análisis, que concibe los individuos con independencia de sus condiciones reales de existencia, que les dota de una naturaleza inmutable y abstracta, que los aísla y cierra los ojos delante de la solidaridad. Los que han comprendido bien que el hombre está arraigado en la colectividad y quieren subrayar la importancia de los factores económicos, técnicos e históricos, se inclinan hacia el espíritu de síntesis, que cerrando los ojos ante las personas, sólo es capaz de ver los grupos.” Para Sartre, la conciencia contemporánea está atravesada, “desgarrada”, por esa antinomia que no reconoce en el hombre un “centro de indeterminación irreductible”, su libertad. Por eso propone una concepción total del hombre (totalmente libre y comprometido). “En ciertas situaciones, no hay sitio más que para una alternativa, uno de cuyos términos es la muerte. Hay que obrar de modo que el hombre pueda, en todas las circunstancias, elegir la vida.”El texto que presentamos a continuación es una selección de distintos pasajes de “Presentación de los tiempos modernos”. Sartre contrasta dos concepciones de lo humano: una se rige por el “espíritu analítico”; otra, por el "espíritu de síntesis”. Por último, propone su concepción de “hombre total”.

* * *

Algunos fragmentos del libro: 

(…) El escritor tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute. Y cada silencio también. Considero a Flaubert y Goncourt responsables de la represión que siguió a la Comuna porque no escribieron una sola palabra para impedirla. Se dirá que no era asunto suyo. Pero, ¿es que el proceso de Calas era asunto de Voltaire? ¿Es que la condena de Dreyfus era asunto de Zola? ¿Es que la administración del Congo era asunto de Gide? Cada uno de estos autores, en una circunstancia especial de su vida, ha medido su responsabilidad de escritor.

(…) La inmortalidad es una terrible coartada: no es fácil vivir con un pie más allá de la tumba y con el otro más acá. ¿Cómo resolver los asuntos del día cuando son mirados desde tan lejos? ¿Cómo apasionarse por un combate o disfrutar con una victoria? Todo es lo mismo. Nos miran sin vernos; hemos muerto ya a sus ojos y vuelven a la novela que escriben para hombres que no verán jamás. Se han dejado robar sus vidas por la inmortalidad. Nosotros escribimos para nuestros contemporáneos y no queremos ver nuestro mundo con ojos futuros –sería el modo más seguro de matarlo-, sino con nuestros ojos reales, con nuestros verdaderos ojos perecederos. No queremos ganar nuestro proceso en la apelación y no sabemos qué hacer con una rehabilitación póstuma; es aquí mismo, mientras vivimos, donde los pleitos se ganan o pierden (…). Cada época descubre un aspecto de la condición humana, en cada época el hombre decide de sí mismo frente a los demás, al amor, a la muerte, al mundo.

(…) Creo que la clase burguesa puede ser definida intelectualmente por el empleo que hace del espíritu de análisis, cuyo postulado inicial es que los compuestos deben necesariamente reducirse a una ordenación de elementos simples. Entre sus manos, este postulado fue antes un arma ofensiva que sirvió para desmantelar los bastiones del Antiguo Régimen. Todo fue analizado; en el mismo movimiento fueron reducidos el aire y el agua a sus elementos, el espíritu a la suma de sus impresiones que lo componen, la sociedad a la suma de los individuos que la forman. Los conjuntos se desvanecieron; ya no eran más que sumas abstractas debidas al azar de las combinaciones. La realidad se refugió en los términos últimos de la descomposición. Estos, en efecto –es el segundo postulado del análisis-, guardan inalterablemente sus propiedades esenciales, tanto si entran en un compuesto como si existen en estado libre. (…) Estos principios han presidido la Declaración de los Derechos del Hombre. En la sociedad que concibe el espíritu de análisis, el individuo, partícula sólida e indescomponible, vehículo de la naturaleza humana, reside como un guisante en una lata de guisante: redondo, encerrado en sí mismo, incomunicable. Todos los hombres son iguales: hay que entender por esto que todos los hombres participan igualmente en la esencia del hombre. Todos los hombres son hermanos: la fraternidad es un lazo pasivo entre moléculas distintas que ocupa el lugar de una solidaridad de acción o de clase que el espíritu de análisis no puede ni siquiera concebir. Es una relación completamente exterior y puramente sentimental que oculta la simple yuxtaposición de los individuos en la sociedad analítica. Todos los hombres son libres: libres de ser hombres, por supuesto. Lo que significa que la acción del político debe ser totalmente negativa; el político no tiene que hacer la naturaleza humana; basta que separe los obstáculos que podrían impedir el desarrollo de la misma. De este modo, deseosa de echar abajo el derecho divino, el derecho de nacimiento y de sangre, el derecho de primogenitura, todos los derechos basados en la idea de que hay diferencia de naturaleza entre los hombres, la burguesía ha confundido su causa con la del análisis y construido para su propio uso el mito de lo universal. Contrariamente a los revolucionarios contemporáneos, solo ha podido realizar sus reivindicaciones renunciando a su conciencia de clase: los hombres del Tercer Estado de las Constituyentes eran burgueses porque se consideraban sencillamente hombres.

Después de ciento cincuenta años, el espíritu de análisis sigue siendo la doctrina oficial de la democracia burguesa, pero este espíritu se ha convertido en un arma defensiva.

(…) En realidad, uno se hace burgués al optar, de una vez para siempre, por cierta visión del mundo analítica que se intenta imponer a todos los hombres y que excluye la percepción de las realidades colectivas.

(…) Como los mismos autores burgueses se consideran guisantes en una lata, la solidaridad que les une a los otros hombres aparece estrictamente mecánica, es decir, de simple yuxtaposición. Aunque tengan un sentido elevado de su misión literaria, piensan haber hecho bastante cuando han descrito su propia naturaleza o la de sus amigos, pues todos los hombres son de la misma manera, se presta servicio a todos al esclarecer lo de uno mismo. Y como el postulado de donde parten es el del análisis, les parece muy sencillo utilizar para conocerse el método analítico. Tal es el origen de la psicología intelectualista cuyo ejemplo más logrado está constituido por las obras de Proust. Como pederasta, Proust ha creído poder ayudarse con su experiencia homosexual cuando ha querido describir el amor de Swann y Odette; como burgués, presenta ese sentimiento de un burgués rico y ocioso por una mujer mantenida cual el prototipo del amor. Cree, pues, en la existencia de pasiones universales cuyo mecanismo no varía de modo sensible cuando se modifican los caracteres sexuales, la condición social, la nación o la época de los individuos que la experimentan. Después de haber “aislado” así esos efectos inmutables, podrá dedicarse a reducirlos a su vez a las partículas elementales. Fiel a los postulados del espíritu de análisis no se imagina siquiera que pueda haber una dialéctica de los sentimientos; solo hay un mecanismo. De este modo, el atomismo social, posición de repliegue de la burguesía contemporánea lleva al atomismo psicológico. Proust se ha hecho burgués, se ha hecho cómplice de la propaganda burguesa ya que su obra contribuye a difundir el mito de la naturaleza humana.

Estamos convencidos de que el espíritu de análisis ha cumplido ya su tiempo y que su única misión de hoy es turbar la conciencia revolucionaria y asilar a los hombres en beneficio de las clases privilegiadas. Ya no creemos en la psicología intelectualista de Proust y la consideramos nefasta.

(…) Así, frente al espíritu de análisis, recurrimos a una concepción sintética de la realidad cuyo principio es que un todo, sea el que sea, es diferente en naturaleza de la suma de sus partes. Para nosotros, lo que los hombres tienen en común no es una naturaleza, sino una condición metafísica, y por esto entendemos el conjunto de sujeciones que los limitan a priori, la necesidad de nacer y morir, la de ser finito y de existir en el mundo en medio de otros hombres. En lo demás, constituyen realidades indescomponibles, cuyos humores, ideas y actos son estructuras secundarias y dependientes y cuyo carácter esencial es estar situadas; se diferencian entre ellos como se diferencias sus situaciones. La unidad de todos esos significantes es el sentido que manifiestan. Escriba o reme en una galera, elija una mujer o una corbata, el hombre se manifiesta siempre; manifiesta su medio profesional, su familia, su clase y, finalmente, cómo está situado en relación con el mundo entero. Manifiesta el mundo. El hombre es toda la tierra. Se halla presente y actúa por doquiera, es responsable de todo y tiene un destino que se está jugando en todas partes, en París, en Potsdam, en Vladivotok.

(…) Sin embargo, esta visión sintética tiene graves peligros: si el individuo es una selección arbitraria efectuada por el espíritu de análisis, ¿no se corre el riesgo de sustituir, al renunciar a las concepciones analíticas, el reino de la persona por el reino de la conciencia colectiva? No se hace sitio al espíritu de síntesis: el hombre-totalidad, apenas entrevisto, va a desaparecer, tragado por la clase; solo existe la clase y es la clase lo que hay que liberar. Pero, se dirá ¿es que acaso, al liberar la clase, no se libera a los hombres que la componen? No necesariamente; ¿es que el triunfo de la Alemania hitleriana ha sido el triunfo de cada alemán? Y, además, ¿dónde se detendrá la síntesis? Mañana, vendrán a decirnos que la clase es una estructura secundaria, dependiente de un conjunto más basto que será, por ejemplo, la nación. El gran atractivo que el nazismo ha ejercido sobre ciertos izquierdistas se debe sin duda a que ha llevado la concepción totalitaria a lo absoluto: sus teóricos también denunciaban los daños del análisis y el carácter abstracto de las libertades democráticas; su propaganda también pretendía forjar un hombre nuevo y conserva las palabras Revolución y Liberación. Únicamente, se sustituía el proletariado de clase por un proletariado de naciones. Se reducía a los individuos a ser únicamente funciones dependientes de la clase, a las clases a ser únicamente funciones de la nación y a las naciones a ser únicamente funciones del continente europeo. Si, en los países ocupados, se ha levantado contra el invasor la totalidad de la clase obrera se debe, sin duda, a que ésta se sentía herida en sus aspiraciones revolucionarias pero también a que tenía una repugnancia invencible por la disolución de la persona en la colectividad.

De este modo, la conciencia contemporánea parece desgarrada por una antinomia. Los que se atienen por encima de todo a la dignidad de la persona humana, a su libertad, a sus derechos imprescriptibles, se inclinan, lógicamente, a pensar según el espíritu de análisis, que concibe los individuos con independencia de sus condiciones reales de existencia, que les dota de una naturaleza inmutable y abstracta, que los aísla y cierra los ojos delante de la solidaridad. Los que han comprendido bien que el hombre está arraigado en la colectividad y quieren subrayar la importancia de los factores económicos, técnicos e históricos, se inclinan hacia el espíritu de síntesis, que cerrando los ojos ante las personas, sólo es capaz de ver los grupos. Esta antinomia se manifiesta, por ejemplo, en la creencia muy extendida de que el socialismo está en las antípodas de la libertad individual.

(…) Ahora bien, como lo hemos visto, el ideal democrático se presenta históricamente en la forma de un contrato social suscrito entre los individuos libres. Así, las reivindicaciones analíticas de Rousseau se mezclan frecuentemente en las conciencias con las reivindicaciones sintéticas del marxismo.

(…) Nosotros nos negamos a dejarnos descuartizar entre la tesis y la antítesis. Concebimos sin dificultad que un hombre, aunque su situación esté totalmente condicionada, puede ser un centro de indeterminación irreductible. Ese sector imprevisible que se muestra así en el campo social es lo que llamamos libertad y la persona no es otra cosa que su libertad. Esta libertad no debe ser considerada un poder metafísico de la “naturaleza” humana ni tampoco la licencia de hacer lo que se quiere, siempre nos quedaría algún refugio interior, hasta encadenados. No se hace lo que se quiere y, sin embargo, se es responsable de lo que se es. Así son las cosas. El hombre, que se explica simultáneamente por tantas causas, debe, sin embargo, llevar sobre sus hombros la carga de sí mismo. En este sentido, la libertad podría pasar por una maldición. Y es una maldición. Pero es también la única fuente de la grandeza humana.

(…) Tal es el hombre que concebimos: un hombre total. Totalmente comprometido y totalmente libre. Sin embargo, es a este hombre libre al que hay que liberar, aumentando sus posibilidades de elección. En ciertas situaciones, no hay sitio más que para una alternativa, uno de cuyos términos es la muerte. Hay que obrar de modo que el hombre pueda, en todas las circunstancias, elegir la vida.”